Master Sexologia La Coruña Galicia

Master Sexologia Online

INSTITUTO SUPERIOR DE ESTUDIOS SEXOLÓGICOS I.S.E.S.

Secció 1ª del Registre de Barcelona. Nº d'Inscripció : 37932 ©
Coordina Xavier Conesa. Psicòleg - Sexòleg Col. nº 4.977 BARCELONA


Formación en Sexologia (Master Online):


Formación on line de Sexologia. Formación Complementaria para estudiantes de Psicologia o Psicólogos (o estudios afines) para el ejercicio de la  Sexologia.

Reconocimientos Institucionales: Departament de Salut de la Genetalitat de Catalunya


info: conesa@gmail.com

Tel. 93 570 71 54 / 653 811 887





PROGRAMACION ON-LINE:

MASTER EN SEXOLOGIA on line

Para el ejercicio de la Sexologia

Para estudiantes de Psicología, Medicina i estudios afines, Licenciados o Diplomados. Estudiantes en general.

-Màximos Reconeixementos Institucionales-


INSTITUTO SUPERIOR DE ESTUDIOS SEXOLÓGICOS I.S.E.S.

Reconocimientos:

Generalitat de Catalunya

(Registre 9002S/4545/2009)

Ministerio de Sanitadad como Formación Continuada (Contenidos)

(Exp. 99-068-08/0002-A)


Información y Preinscripción:


conesa@gmail.com

Tel. 93 570 71 54 / 653 811 887


http://www.sexologia.ppcc.cat/


Precio: 500 €

- Se aceptan pagos fraccionados a lo largo de lo que dure el Máster. A título orientativo la duración mínima es de 3 meses y la máxima de 9 meses.

 El primer pago coincidiendo con el inicio del Máster será de un mínimo de 200 € -

Forma de pago:

Ingreso Bancario
Cta. Cte.: Banco de Sabadell: ES96 0081 0096 8100 0110 9411
Nº BIC: BSABESBBXXX

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 Western Unión :

Xavier Conesa Lapena . DNI 37681799W  Sant Fost



INICIOAl no ser presencial, matriculaciones permanentes.


METODOLOGIAEnvio de Bibliografia básica. Le indicaremos los dos libros básicos que debe comprar sobre Terapia Sexual. Control del aprendizaje y asmilación de contenidos a través de 15/20 trabajos propuestos.


Envio por mail de los temas desarrollados por escrito. Presentacion de un trabajo final de tematica y extensión acordada entre el alumno y el ISES.


DURACIONIndeterminada (al ser on line). A título orientativo, entre 3y 9 meses aprox.


TITULACION: Tal como se espacifica anteriormente: "Master en Sexologia del Instituto Superior de Estudios Sexológicos (ISES), con el Reconocimiento del Departament de Salut de la Generalitat de Catalunya. Además, la Institución ISES cuenta con los reconocimientos y colaboraciones de:

- Ministerio de Sanidad y Consumo Actividad Acreditada por la Comisión de Formación Continuada - Generalitat de Catalunya.Departament de SalutReconeixement d' Interès Sanitari per l'Institut d'Estudis de la Salut - Colegi Oficial de PsicòlegsActividad Reconocida de Interès Tcnico - Profesional por el COPCV - Universitat de Barcelona Conveni de col.laboració a través del Pràcticum - Universitat de Girona Crèdits de Lliure Elecció -Universitat Ramon LLull Conveni de col.laboració a través del Pràcticum - Universitat Oberta de Catalunya Conveni de col.laboració a través del Pràcticum


CONTENIDOS:

  1. 1. Disfunciones Sexuales Masculinas. La Falta de Erección.

  2. 2. Disfunciones Sexuales Femeninas. La Falta de Deseo sexual.

  3. 3. Estudio del Vaginismo

  4. 4. La Complejidad Sexual. Las Parafilias

  5. 5. Generalización de los Transtornos Sexuales

  6. 6. Estudio del Orgasmo y sus Disfunciones

  7. 7. Evaluación de las Disfunciones Sexuales en General

  8. 8. El Diagnostico en Sexualidad

  9. 9. Disfunciones Sexuales Masculinas. La Eyaculación Precoz

  10. 10. La Entrevista Psico-Sexual

  11. 11. El Encuadre Terapeutico .La actitud del Terapeuta

  12. 12. Farmacologia y Sexologia

  13. 13. Sesión de Devolución. Entrevista clarificadora

  14. 14. Trabajo Final de libre elecció


Formación y Titulación Propia del Instituto Superior de Estudios Sexológicos I.S.E.S



+ info: conesa@gmail.com


Tel. 93 570 71 54 / 653 811 887

Web: http://www.sexologia.ppcc.cat/

c /   Santa Anna, 28 Barcelona

Precio: 500 €.

(Se aceptan pagos fraccionados a lo largo del Master)


Pre-inscripción

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 Diploma acreditativo al finalizar el Master:


PREGUNTAS Y RESPUESTAS

Cuanto dura el Master?
Entre 5 y 6 meses
Como lo debo pagar?
200€ al empezar, 200€ a la mitad de la formación y 100€ al final
Se puede ejercer la Sexologia al finalizar?
No existe la Facultad de Sexologia, como si existe la de Medicina, Psicologia, Biologia, etc..
Los Sexólogos han realizado formaciones diversificadas para completar sus estudios, ya sean en el ámbito privado o público. Y esta formación es una de ellas.
Que reconocimientos tiene?
Lo encontrará en esta web y también clicando aquí. Especialmente dispone en el año 2009 el Reconocimiento de Interés Sanitario de la Generalitat de Catalunya. ISES como entidad, dispone de mas reconocimientos.
Que estudios previos se requieren?
Sencillamente, ser Universitario o haber finalizado la formación. 
Los libros los envian Vds.?
En el primer mail que le enviemos recibirá un listado de libros. Los dos obligatorios los puede conseguir on line sin ningún problema, si no están disponibles en su población.
Habrá clases presenciales?
No, toda la formación se realiza a distancia.
Habrá exámenes?
No, tiene que realizar 14 trabajos que tiene que ser debidamente aceptados. Los enviará por mail a:  conesa@gmail.com. Al dar por valido su trabajo, le enviamos el siguiente.
Como puedo pagarlo?
Generalmente desde España se paga por ingresos bancarios y desde América a través de Western Union. Se pueden concretar otras formulas. En esta web encontrará los detalles.
Si me demoro en la entrega de trabajos habrá algún problema?. Si tardo en total un año, por ejemplo?
No, al ser online puede dilatar el tiempo de entrega sin problemas. Interrumpir unos meses y después continuar

La Historia nos muestra que los hombres siempre han ejercido todos los poderes concretos; desde los primeros tiempos del patriarcado, han juzgado útil mantener a la mujer en un estado de dependencia; sus códigos se han establecido contra ella; y de ese modo la mujer se ha constituido concretamente como lo Otro. Esta condición servía los intereses económicos de los varones; pero también convenía a sus pretensiones ontológicas y morales. Desde que el sujeto busca afirmarse, lo Otro que le limita y le niega le es, no obstante, necesario, pues no se alcanza sino a través de esa realidad que no es él. Por ese motivo, la vida del hombre no es jamás plenitud y reposo, es carencia y movimiento, lucha. Frente a sí, el hombre tiene a la Naturaleza; tiene poder sobre ella, trata de apropiársela. Pero ella no podría satisfacerlo; o bien no se realiza sino en tanto que oposición puramente abstracta, es obstáculo y permanece extraña, o bien sufre pasivamente el deseo del hombre y se deja asimilar por él; este no la posee más que consumiéndola, es decir, destruyéndola. En ambos casos, permanece solo; está solo cuando toca una piedra, solo cuando digiere un fruto. No hay presencia de lo otro nada más que si lo otro está presente ante sí mismo: es decir, que la verdadera alteridad es la de una conciencia separada de la mía e idéntica a ella. Es la existencia de los otros hombres la que arranca cada hombre a su inmanencia y le permite cumplir la verdad de su ser {65}, cumplirse como trascendencia, como escapada hacia el objeto, como proyecto. Pero esa libertad extraña, que confirma mi libertad, entra también en conflicto con ella: es la tragedia de la conciencia desdichada; cada conciencia pretende plantearse sola como sujeto soberano.



Cada una procura realizarse reduciendo a esclavitud a la otra. Pero, en el trabajo y el miedo, el esclavo también se experimenta como esencial, y, por un viraje dialéctico, es el amo quien aparece como inesencial. El drama puede superarse mediante el libre reconocimiento de cada individuo en el otro, planteándose cada cual a sí mismo y al otro, a la vez, como objeto y como sujeto en un movimiento recíproco. Pero la amistad y la generosidad, que realizan concretamente ese reconocimiento de las libertades, no son virtudes fáciles; seguramente son la más excelsa realización del hombre, y, por eso mismo, este se encuentra en su verdad: pero esta verdad es la de una lucha incesantemente abolida, que exige que el hombre se supere a cada instante. Puede decirse también, en otro lenguaje, que el hombre alcanza una actitud auténticamente moral cuando renuncia a ser para asumir su existencia; en virtud de esa conversión, renuncia 70 70 también a toda posesión, ya que la posesión es un modo de buscar el ser; pero la conversión mediante la cual alcanza la verdadera sabiduría no está nunca realizada: hay que realizarla sin cesar, exige una tensión constante. De tal modo que, incapaz de realizarse en la soledad, el hombre está continuamente en peligro en sus relaciones con sus semejantes: su vida es una empresa difícil cuyo éxito no está jamás asegurado. Pero no le gustan las dificultades y teme al peligro. Aspira contradictoriamente a la vida y al reposo, a la existencia y al ser; sabe bien que la «inquietud del espíritu» es el rescate que paga por su desarrollo, que su distancia al objeto es el rescate de su presencia en sí mismo; pero sueña con la quietud en la inquietud y con una plenitud opaca que habitaría, no obstante, la conciencia. Ese sueño encarnado es justamente la mujer; esta es la intermediaria deseada entre la Naturaleza extraña al hombre y lo semejante que le es {166} demasiado idéntico (1). Ella no le opone ni el silencio enemigo de la Naturaleza, ni la dura exigencia de un recíproco conocimiento; por un privilegio único, ella es una conciencia y, no obstante, parece posible poseerla en su carne. Gracias a ella, hay medio de escapar a la implacable dialéctica del amo y el esclavo, que tiene su origen en la reciprocidad de libertades. (1) «... La mujer no es la inútil repetición del hombre, sino el lugar encantado donde se cumple la viva alianza entre el hombre y la Naturaleza. Que desaparezca ella, y los hombres se quedarán solos, extranjeros sin pasaporte en un mundo glacial. La mujer es la tierra misma transportada a la cima de la vida, la tierra convertida en sensible y gozosa; y, sin ella, la tierra está muda y muerta para el hombre», escribe Michel Carrouges. («Les pouvoirs de la femme», Cahier du Sud, núm. 292). Ya se ha visto que no hubo en principio mujeres emancipadas a quienes los hombres hubiesen esclavizado, y que la división de sexos jamás ha fundado una división en castas. Asimilar la mujer a la esclava es un error; entre los esclavos ha habido mujeres, pero siempre han existido mujeres libres, es decir, revestidas de una dignidad religiosa y social: aceptaban la soberanía del hombre y este no se sentía amenazado por una revuelta que pudiese transformarle, a su vez, en objeto. Aparecía así la mujer como lo inesencial que no retorna jamás a lo esencial, como lo Otro absoluto, sin reciprocidad. Todos los mitos de la creación expresan esta convicción preciosa para el varón, y, entre otros, la leyenda del Génesis, que, a través del cristianismo, se ha perpetuado en la civilización occidental. Eva no fue moldeada al mismo tiempo que el hombre; no fue fabricada con una sustancia diferente, ni del mismo barro que sirvió para modelar a Adán: fue extraída del flanco del primer varón. 





Su mismo nacimiento no fue autónomo; Dios no optó espontáneamente por crearla como un fin en sí misma y para que, a cambio, le adorase directamente: la destinó al hombre; fue para salvar a Adán de su soledad por lo que se la dio; ella tiene en su esposo su origen y su fin, es su complemento. sobre el modo de lo inesencial. Así aparece como una presa privilegiada. Es la Naturaleza elevada a lo translúcido de la conciencia, es {167} una conciencia naturalmente sumisa. Y esa es la maravillosa esperanza que a menudo ha puesto el hombre en la mujer: espera realizarse como ser al poseer carnalmente a un ser, al mismo tiempo que se hace confirmar en su libertad por una libertad dócil. Ningún hombre consentiría en ser mujer, pero todos desean que haya mujeres. «Demos gracias a Dios por haber creado a la mujer.» «La Naturaleza es buena, puesto que ha dado la mujer a los hombres.» En estas frases y otras análogas, el hombre afirma una vez más, con ingenua arrogancia, que su presencia en este mundo es un hecho ineluctable y un derecho, mientras que la de la mujer es un mero accidente, aunque un accidente afortunado. Al aparecer como lo Otro, la mujer aparece al mismo tiempo como una plenitud de ser por oposición a esta existencia cuya nada experimenta el hombre en sí mismo; al plantearse como objeto a los ojos del sujeto, lo Otro se plantea como en sí y, por consiguiente, como ser. En la mujer se encarna positivamente la carencia que el existente lleva en su corazón, y, tratando de encontrarse a través de ella, es como el hombre espera realizarse. 71 71 Sin embargo, la mujer no ha representado para él la única encarnación de lo Otro y no siempre ha tenido la misma importancia en el curso de la Historia. Momentos ha habido en que ha sido eclipsada por otros ídolos. Cuando la ciudad, el Estado, devoran al ciudadano, este ya no tiene la posibilidad de ocuparse de su destino privado. Consagrada al Estado, la espartana tiene una condición superior a la de las demás mujeres griegas. Pero tampoco la transfigura ningún sueño masculino. El culto al jefe, ya sea Napoleón, Mussolini o Hitler, excluye todo otro culto. En las dictaduras militares, en los regímenes totalitarios, la mujer deja de ser un objeto privilegiado. Se comprende que la mujer sea divinizada en un país rico y cuyos ciudadanos no saben muy bien qué sentido dar a su vida. Eso es lo que sucede en Norteamérica. En desquite, las ideologías socialistas que reclaman la asimilación de todos los seres humanos rehusan para el porvenir y desde el presente que ninguna categoría humana sea objeto o ídolo: en la sociedad auténticamente democrática {168}que anuncia Marx, no hay lugar para lo Otro. Sin embargo, pocos hombres coinciden exactamente con el soldado, el militante, que han elegido ser; en la medida en que permanecen individuos, la mujer conserva a sus ojos un valor singular. Yo he visto cartas escritas por soldados alemanes a prostitutas francesas, en las cuales, a despecho del nazismo, la tradición sentimental se revelaba ingenuamente vivaz. Escritores comunistas, como Aragon en Francia y Vittorini en Italia, dan en sus obras un lugar destacado a la mujer amante y madre. Tal vez el mito de la mujer se extinga algún día: cuanto más se afirman las mujeres como seres humanos, tanto más muere en ellas la maravillosa cualidad de lo Otro. Pero hoy todavía existe en el corazón de todos los hombres. Todo mito implica un Sujeto que proyecta sus esperanzas y sus temores hacia un cielo trascendente. Al no plantearse las mujeres a sí mismas como Sujeto, no han creado un mito viril en el cual se reflejarían sus proyectos; carecen de religión y de poesía que les pertenezca por derecho propio: todavía sueñan a través de los sueños de los hombres. Adoran a los dioses fabricados por los hombres. Estos han forjado para su propia exaltación las grandes figuras viriles: Hércules, Prometeo, Parsifal; en el destino de esos héroes, la mujer solo representa un papel secundario. Sin duda, existen imágenes estilizadas del hombre en tanto se le tome en sus relaciones con la mujer: el padre, el seductor, el marido, el celoso, el buen hijo, el mal hijo; pero también han sido los hombres quienes los han fijado, y ellas no llegan a la dignidad del mito; apenas son otra cosa que clichés. La mujer, en cambio, es exclusivamente definida en su relación con el hombre.




 La asimetría de ambas categorías, varón y hembra, se manifiesta en la constitución unilateral de los mitos sexuales. A veces se dice «el sexo» para designar a la mujer; ella es la carne, sus delicias y sus peligros: que para la mujer sea el hombre el sexuado y el carnal es una verdad jamás proclamada, porque no hay nadie para proclamarla. La representación del mundo, como el mundo mismo, es operación de los hombres; ellos lo describen desde el punto de {169} vista que les es propio y que confunden con la verdad absoluta. Siempre es difícil describir un mito; no se deja asir ni cercar; asedia a las conciencias sin jamás haberse plantado ante ellas como un objeto fijo. Es tan ondulante, tan contradictorio, que al principio no se descubre su unidad: Dalila y Judit, Aspasia y Lucrecia, Pandora y Atenea, la mujer es al mismo tiempo Eva y la Virgen María. Es un ídolo, una sirvienta, la fuente de la vida, una potencia de las tinieblas; es el silencio elemental de la verdad, es artificio, charlatanería y mentira; es la curandera y la hechicera; es la presa del hombre, es su pérdida, es todo cuanto él no es y quiere ser, su negación y su razón de ser. «Ser mujer -dice Kierkegaard (1)- es algo tan extraño, tan mezclado, tan complicado, que ningún predicado llega a expresarlo, y los múltiples predicados que se quisiera emplear se contradirían de tal modo, que solo una mujer podría soportarlos.» Eso proviene de que no está considerada positivamente, tal cual es para sí, sino negativamente, tal y como se le aparece al hombre. Porque si hay otros Otro que no sean la mujer, esta no deja nunca por ello de ser definida como lo Otro. Y su ambigüedad es la misma de la idea de lo Otro: es la de la 72 72 condición humana en tanto se define en su relación con lo Otro. Ya se ha dicho que lo Otro es el Mal; pero necesario para el Bien, retorna al Bien; mediante él, accedo yo al Todo, pero es él quien me separa de ello; él es la puerta de lo infinito y la medida de mi finitud. Y por ese motivo, la mujer no encarna ningún concepto fijo; a través de ella, se cumple sin tregua el paso de la esperanza al fracaso, del odio al amor, del bien al mal, del mal al bien. Bajo cualquier aspecto que se la considere, lo que primero sorprende es esa ambivalencia. (1) Estadios en el camino de la vida. El hombre busca en la mujer lo Otro en tanto que Naturaleza y como su semejante. Pero ya es sabido qué sentimientos {170} ambivalentes inspira la Naturaleza al hombre. El la explota, pero ella le aplasta; él nace de ella y en ella muere; ella es la fuente de su ser y el reino que él somete a su voluntad; es una ganga material en la cual está prisionera el alma, y es la realidad suprema; es la contingencia y la Idea, la finitud y la totalidad; es lo que se opone al Espíritu y a él mismo. Alternativamente aliada y enemiga, se presenta como el tenebroso caos de donde brota la vida, como esa vida misma y como el más allá hacia el cual tiende: la mujer resume la Naturaleza en tanto que Madre, Esposa e Idea; estas figuras tan pronto se confunden como se oponen; y cada una de ellas tiene una doble faz. El hombre hunde sus raíces en la Naturaleza; ha sido engendrado como los animales y las plantas; sabe muy bien que solo existe mientras vive. Pero, desde el advenimiento del patriarcado, la Vida ha revestido a sus ojos un doble aspecto: es conciencia, voluntad, trascendencia, es espíritu; y es materia, pasividad, inmanencia, es carne. Esquilo, Aristóteles e Hipócrates han proclamado que tanto en la tierra como en el Olimpo es el principio masculino el verdaderamente creador: de él han nacido la forma, el número y el movimiento; por Deméter se multiplican las espigas, pero el origen de la espiga y su verdad están en Zeus; la fecundidad de la mujer solo se considera como una virtud pasiva. Ella es la tierra; y el hombre, la simiente; ella es el Agua y él es el Fuego. 




La creación ha sido a menudo imaginada como un matrimonio entre el fuego y el agua; es la cálida humedad la que da nacimiento a los seres vivos; el Sol es esposo de la Mar; Sol y Fuego son divinidades masculinas; y la Mar es uno de los símbolos maternales que más universalmente se encuentran. Inerte, el agua sufre la acción de los flamígeros rayos que la fertilizan. De igual modo, la tierra roturada por el labrador recibe, inmóvil, los granos en sus surcos. Sin embargo, su papel es necesario: es ella la que nutre al germen, lo abriga y le hace subsistir. Por eso, incluso una vez destronada la Gran Madre, el hombre ha seguido rindiendo culto {171} a las diosas de la fertilidad (1), y debe a Cibeles sus cosechas, sus rebaños, su prosperidad. Le debe su propia vida. Exalta el agua lo mismo que el fuego. «¡Gloria a la mar! ¡Gloria a sus ondas rodeadas de fuego sagrado! ¡Gloria a la onda! ¡Gloria al fuego! ¡Gloria a la extraña aventura!», escribe Goethe en el Segundo Fausto. Venera a la tierra: «The matron Clay», como la denomina Blake. Un profeta indio aconseja a sus discípulos que no caven la tierra, porque «es un pecado herir o cortar, desgarrar a nuestra madre común por medio de labores agrícolas... ¿Tomaría yo un cuchillo para hundirlo en el seno de mi madre?... ¿Mutilaría yo sus carnes para llegar hasta sus huesos?... ¿Cómo osaría cortar los cabellos de mi madre?» En la India central, los baija también consideran pecado «desgarrar el seno de su tierra-madre con el arado». En cambio, Esquilo dice de Edipo que «ha osado sembrar el surco sagrado donde él se ha formado». Sófocles habla de los «surcos paternos» y del «labrador, amo de un campo lejano que solo visita una vez en la época de la sementera». La bien amada de una canción egipcia declara: «¡Yo soy la tierra!» En los textos islámicos, a la mujer se la llama «campo ... viñedo». San Francisco de Asís, en uno de sus himnos, habla de «nuestra hermana, la tierra, nuestra madre, que nos conserva y nos cuida, que produce los frutos más variados con las flores multicolores y las hierbas». Michelet, mientras toma baños de légamo 73 73 en Acqui, exclama: «¡Querida madre común! Somos uno. ¡De ti vengo, a ti vuelvo!...» Y hasta hay épocas en las cuales se afirma un romanticismo vitalista que desea el triunfo de la Vida sobre el Espíritu: entonces la mágica fertilidad de la tierra, de la mujer, parece más maravillosa que las operaciones concertadas del varón; entonces el hombre sueña con volver a confundirse con las tinieblas maternas para encontrar allí las verdaderas fuentes de su ser. La madre es la raíz hundida en las profundidades del cosmos cuyos jugos {172} extrae, es el manantial de donde brota el agua viva que también es leche nutricia, un manantial cálido, un barro hecho de tierra y agua, rico en fuerzas regeneradoras (2). (1) «Cantaré a la tierra, madre universal de sólidos cimientos, abuela venerable que nutre sobre su suelo a todo lo existente», dice un himno homérico. Esquilo también glorifica a la tierra que «alumbra a todos los seres, los nutre y después recibe nuevamente de ellos el germen fecundo». (2) «Literalmente, la mujer es Isis, la Naturaleza fecunda. Ella es el río y el lecho del río, la raíz y la rosa, la tierra y el cerezo, la cepa y la uva.» (M. Carrouges, artículo citado.) Pero más general es en el hombre su revuelta contra su condición carnal; se considera un dios fracasado: su maldición consiste en haber caído desde un cielo luminoso y ordenado a las caóticas tinieblas del vientre materno. Ese fuego, ese soplo activo y puro en el cual desea reconocerse, es la mujer que le aprisiona en el barro de la tierra. El se querría necesario como una pura Idea, como el Uno, el Todo, el Espíritu absoluto; y se halla encerrado en un cuerpo limitado, en un lugar y un tiempo que no ha elegido, adonde no ha sido llamado: inútil, embarazoso, absurdo. La contingencia carnal es la de su ser mismo, al que sufre en su desamparo, en su injustificable gratuidad. También le consagra ella a la muerte. Esa gelatina trémula que se elabora en la matriz (la matriz secreta y cerrada como una tumba) evoca demasiado la muelle viscosidad de las carroñas para que él no se aparte de ella con un estremecimiento. Por dondequiera que la vida está en vías de hacerse, germinación, fermentación, provoca repugnancia, porque no se hace sino deshaciéndose; el viscoso embrión abre el ciclo que se cierra con la podredumbre de la muerte. Porque tiene horror a la gratuidad y a la muerte, el hombre se horroriza de haber sido engendrado; desearía renegar de sus ataduras animales; por el hecho de su nacimiento, la Naturaleza asesina tiene poder sobre él. Entre los primitivos, el parto está rodeado de los más severos tabúes; en particular, la placenta debe ser cuidadosamente quemada o arrojada al mar, porque cualquiera que de ella se apoderase tendría en sus manos el destino del recién nacido; esa ganga donde se ha formado el feto es el signo de su dependencia; al aniquilarla, se permite al individuo arrancarse al magma vivo y realizarse como ser autónomo. La mancilla del nacimiento recae sobre la madre. El Levítico y {173} todos los códigos antiguos imponen a la parturienta ritos purificadores; y en muchos medios rurales la ceremonia religiosa de purificación conserva esa tradición. Sabida es la espontánea turbación, turbación que se enmascara frecuentemente con risas, que experimentan los niños, las muchachitas, los hombres, ante el vientre de una mujer encinta y los senos henchidos de una madre lactante. En los museos de Dupuytren, los curiosos contemplan los embriones de cera y los fetos en conserva con el morboso interés con que asistirían a la violación de una sepultura. A pesar de todo el respeto con que la rodea la sociedad, la función de la gestación inspira una repulsión espontánea.




 Y si en su primera infancia el niño permanece sensualmente adherido a la carne materna, cuando crece, cuando se socializa y adquiere conciencia de su existencia individual, esa carne le atemoriza; quiere ignorarla y no ver en su madre más que una persona moral; si se obstina en pensarla pura y casta, es menos por celos amorosos que por la negativa a reconocerle un cuerpo. Un adolescente se desconcierta y ruboriza si, paseándose con sus camaradas, se encuentra con su madre, sus hermanas, algunas mujeres de su familia: esa confusión se debe a que la presencia de ellas le llama hacia las regiones de la inmanencia de donde quiere escapar, porque descubre las raíces de las que quiere arrancarse. La irritación del muchacho cuando su madre le besa y acaricia tiene el mismo significado: reniega de la familia, de la madre, del seno 74 74 materno. Querría, al modo de Atenea, haber venido al mundo ya adulto. armado de pies a cabeza, invulnerable (1). Haber sido concebido, parido, he ahí la maldición que pesa sobre su destino, la impureza que mancilla su ser. Y es el anuncio de su muerte. El culto de la germinación siempre ha estado asociado al culto de los muertos. La Tierra-Madre engulle en su seno las osamentas de sus hijos. Son mujeres -Parcas y Moiras- las que tejen el destino humano; pero también son ellas quienes cortan los hilos. En la mayor parte de las representaciones {174} populares, la Muerte es mujer, y a las mujeres corresponde llorar a los muertos, puesto que la muerte es obra suya (2). (1) Véase un poco más adelante nuestro estudio sobre Montherlant, que encarna de manera ejemplar esta actitud. (2) Deméter es el tipo de la mater dolorosa. Pero otras diosas -Istar, Artemisa- son crueles. Kali sostiene en la mano un cráneo lleno de sangre. «Las cabezas de tus hijos que han sido muertos recientemente penden de tu cuello como un collar... Tu forma es bella como las nubes tormentosas, tus pies están manchados de sangre», le dice un poeta hindú. Así, la Mujer-Madre tiene un rostro de tinieblas: ella es el caos de donde todo ha surgido y adonde todo debe volver algún día; ella es la Nada. En la noche se confunden los múltiples aspectos del mundo que revela el día: noche del espíritu encerrado en la generalidad y la opacidad de la materia, noche del sueño y de la nada. En el corazón del mar es de noche: la mujer es la Mare tenebrarum temida por los antiguos navegantes; es de noche en las entrañas de la Tierra. Esa noche, en la que el hombre está amenazado de hundirse y que es lo contrario de la fecundidad, le espanta. El aspira al cielo, a la luz, a las cimas soleadas, al frío puro y cristalino de lo azul; y bajo sus pies se abre un abismo húmedo, cálido y oscuro, dispuesto a tragárselo; multitud de leyendas nos muestran al héroe que se pierde para siempre al caer en las tinieblas maternas: caverna, abismo, infierno. Pero aquí interviene nuevamente la ambivalencia: si la germinación está siempre asociada a la muerte, esta lo está también a la fecundidad. La muerte detestada aparece como un nuevo nacimiento, y hela entonces bendita. El héroe muerto resucita, cual Osiris, cada primavera, y es regenerado por un nuevo alumbramiento. La suprema esperanza del hombre, afirma Jung (1), «consiste en que las sombrías aguas de la muerte se conviertan en las aguas de la vida, en que la muerte y su helado abrazo sean el regazo materno, así como el mar que, aunque se traga al sol, lo realumbra en sus profundidades». Tema común a numerosas mitologías es el del sepultamiento del dios-sol en el seno del mar y su deslumbrante reaparición. 




Y el hombre, a la vez que quiere vivir, aspira al reposo, al sueño, a la nada. No se desea {175} inmortal, y por eso mismo puede aprender a amar a la muerte. «La materia inorgánica es el seno materno -escribe Nietzsche-. Librarse de la vida es hacerse verdadero, es rematarse. Quienquiera que comprendiese eso, consideraría como una fiesta el regreso al polvo insensible.» Chaucer pone esta súplica en labios de un anciano que no puede morir: Con mi bastón, noche y día, golpeo la tierra, puerta de mi madre, y digo: «¡Oh, madre querida: déjame entrar!» (1) Metamorfosis de la libido. El hombre quiere afirmar su existencia singular y descansar orgullosamente en su «diferencia esencial», pero también desea derribar las barreras del yo, confundirse con el agua, la tierra, la noche, con la Nada, con el Todo. La mujer que condena al hombre a la finitud le permite también sobrepasar sus propios límites: y de ahí proviene la magia equívoca de que está revestida. 75 75 En todas las civilizaciones, y todavía en nuestros días, la mujer inspira horror al hombre: es el horror de su propia contingencia carnal que proyecta en ella. La niña todavía impúber no encierra amenaza, no es objeto de ningún tabú y no posee un carácter sagrado. En muchas sociedades primitivas, su mismo sexo aparece como inocente: desde la infancia se permiten los juegos eróticos entre niños y niñas de ambos sexos. Solo cuando es susceptible de engendrar, la mujer se hace impura. Se han descrito con frecuencia los severos tabúes que en las sociedades primitivas rodean a la muchacha en el día de su primera menstruación; incluso en Egipto, donde se trataba a la mujer con singulares miramientos, permanecía confinada durante todo el tiempo que duraban sus reglas (1). A menudo la exponen sobre el tejado {176} de una casa, se la relega a una cabaña situada fuera de los límites de la aldea, no debe vérsela, ni tocarla: más aún, ni siquiera ella debe tocarse con la mano; en los pueblos donde despiojarse es una práctica cotidiana, le envían un bastoncillo con el cual puede rascarse; no debe tocar los alimentos con las manos; en ocasiones, se le prohibe tajantemente comer; en otros casos, la madre y la hermana son autorizadas para alimentarla por medio de un instrumento; pero todos los objetos que han entrado en contacto con ella durante ese período deben ser quemados. Pasada esa primera prueba, los tabúes menstruales son un poco menos severos, pero siguen siendo rigurosos. Se lee, en particular, en el Levítico: «Y cuando la mujer tuviere flujo de sangre, y su flujo fuere en su carne, siete días estará apartada; y cualquiera que tocare en ella, será inmundo hasta la tarde. Y todo aquello sobre que ella se acostare mientras su separación, será inmundo: también todo aquello sobre que se sentare, será inmundo. Y cualquiera que tocare su cama, lavará sus vestidos, y después de lavarse con agua, será inmundo hasta la tarde.» Este texto es exactamente simétrico del que trata de la impureza producida en el hombre por la gonorrea. Y el sacrificio purificador es idéntico en ambos casos. Una vez purificada del flujo, hay que contar siete días y llevar dos tortolitas o dos palomas jóvenes al sacrificador, quien las ofrendará al Eterno. Es de notar que, en las sociedades matriarcales, las virtudes referidas a la menstruación son ambivalentes. Por un lado, paraliza las actividades sociales, destruye la fuerza vital, aja las flores, hace caer los frutos; pero también produce efectos bienhechores: los menstruos son utilizados en los filtros de amor, en los remedios, particularmente para curar las cortaduras y las equimosis. Todavía hoy, algunos indios, cuando parten para combatir contra los monstruos fantasmagóricos que acosan sus ríos, colocan en la proa de la embarcación un tampón de fibras impregnado de sangre menstrual: sus emanaciones son nefastas para sus enemigos sobrenaturales. Las jóvenes de ciertas ciudades griegas llevaban al templo de Astarté, como homenaje, la ropa manchada con su primera sangre. Pero {177}, desde el advenimiento del patriarcado, ya solo se han atribuido poderes nefastos al turbio licor que fluye del sexo femenino. En su Historia natural, dice Plinio: «La mujer que está en período de menstruación arruina las cosechas, devasta los huertos, mata las semillas, hace caer los frutos, mata las abejas; si toca el vino, lo convierte en vinagre; la leche se agría...» (1) La diferencia entre las creencias místicas y míticas, por un lado, y las convicciones vividas de los individuos, por otro, es por lo demás visible en el hecho siguiente: Lévi-Strauss señala que «los jóvenes nimmebago visitan a sus amantes aprovechándose del secreto a que las condena el aislamiento prescrito durante el período de sus reglas». 




Un viejo poeta inglés expresa el mismo sentimiento cuando escribe: Oh! menstruating woman, thou'st a fiend from whom all nature should be screened!* *«¡Oh, mujer! Tus menstruos son un azote del que sería preciso proteger a toda la Naturaleza.» Tales creencias se han perpetuado hasta nuestros días con mucha fuerza. En 1878, un miembro de la Asociación Médica británica presentó una comunicación al British Medical 76 76 Journal en la que declaraba: «Es un hecho indudable que la carne se corrompe cuando la tocan mujeres que tienen la regla», y afirmaba que conocía personalmente dos casos en que se habían estropeado unos jamones en tales circunstancias. Al principio de este siglo, en las refinerías del Norte, un reglamento prohibía a las mujeres entrar en la fábrica cuando padecían lo que los anglosajones llaman la curse, la «maldición», porque entonces el azúcar se ennegrecía. Y en Saigón no se emplean mujeres en las fábricas de opio: a causa de sus reglas, el opio se estropea y se vuelve amargo. Estas creencias sobreviven en muchos medios rurales de Francia. Toda cocinera sabe que le es imposible cuajar una salsa mahonesa si se halla indispuesta o simplemente está en presencia de una mujer indispuesta. En Anjou, recientemente, un viejo jardinero que había almacenado en una bodega la cosecha de sidra del año, escribía al dueño de la casa: «Hay que pedir a las muchachas de la casa y a las invitadas que no pasen por la bodega en ciertos días del mes, por {178} que impedirían que fermentase la sidra.» Puesta al corriente de esta carta, la cocinera se encogió de hombros y comentó: «Eso, no ha impedido nunca que la sidra fermente; solo es malo para el tocino: no se puede salar el tocino delante de una mujer indispuesta, porque se pudre» (1). (1) Un médico del Cher me dijo que en la región en que vive, el acceso a los criaderos de setas les está prohibido a las mujeres en las mismas circunstancias. Todavía se discute hoy la cuestión de saber si existe algún fundamento para tales prejuicios. El único hecho que aporta en favor de ellos el doctor Binet es una observación de Schink (citada por Vignes). Schink habría visto marchitarse unas flores entre las manos de una sirviente indispuesta; las tortas de levadura hechas por la misma mujer no habrían subido más que tres centímetros en vez de los cinco que normalmente alcanzaban. De todos modos, tales hechos son muy pobres y han sido muy vagamente establecidos, si se tiene en cuenta la importancia y la universalidad de las creencias cuyo origen es evidentemente místico. Sería franca ineptitud asimilar esas repugnancias a las que suscita la sangre en todos los casos; ciertamente, la sangre es en sí misma un elemento sagrado, impregnado más que ningún otro del misterioso maná que es a la vez vida y muerte. Pero los poderes maléficos de la sangre menstrual son más singulares. Esa sangre encarna la esencia de la feminidad. Por eso su flujo pone en peligro a la mujer misma cuyo maná se materializó de ese modo. Durante la iniciación de los chago, se exhorta a las muchachas a disimular cuidadosamente su sangre menstrual. «No la muestres a tu madre, porque moriría. No la muestres a tus compañeras, porque puede haber entre ellas una mala que se apodere del paño con el cual te has limpiado, y entonces tu matrimonio sería estéril. No la muestres a una mujer mala, que tomaría el paño para ponerlo en lo alto de su cabaña..., de modo que no podrías tener hijos. No arrojes el paño al sendero o en un matorral. Una persona perversa podría hacer cosas indignas con él. Entiérralo en el suelo. Oculta la sangre a la mirada de tu padre, de tus hermanos y hermanas. Si la dejas ver, cometes un pecado» (2). Entre los aleutianos, si el padre ve a su hija mientras esta tiene sus primeras reglas, la muchacha corre el riesgo de quedarse ciega o muda. Se piensa que, durante {179} ese período, la mujer está poseída por un espíritu y se halla en posesión de un poder peligroso. 



Ciertos primitivos creen que el flujo es provocado por la mordedura de una serpiente, pues la mujer tiene turbias afinidades con la serpiente y el lagarto: ese flujo participaría del veneno del animal rampante. El Levítico relaciona el flujo menstrual con la gonorrea; el sexo femenino sangrante no es solamente una herida, sino una llaga sospechosa. Y Vigny asocia la noción de mancha con la de enfermedad cuando escribe: «La mujer, niña enferma y doce veces impura.» Fruto de turbias alquimias internas, la hemorragia periódica que sufre la mujer está extrañamente de acuerdo con el ciclo de la Luna: también la Luna tiene caprichos peligrosos (3). La mujer forma parte del temible engranaje que rige el curso de los planetas y del Sol, es presa de las fuerzas cósmicas que regulan el destino de las estrellas, las mareas, y cuyas inquietantes radiaciones sufren los hombres. Pero, sobre todo, resulta chocante que la acción de la sangre menstrual esté ligada a ideas de leche 77 77 que se echa a perder, de salsas mahonesas que se cortan, de fermentación, de descomposición; también se pretende que es susceptible de provocar la ruptura de objetos frágiles, de hacer saltar las cuerdas de los violines y las arpas; pero, sobre todo, ejerce influencia en las sustancias orgánicas, a medio camino entre la materia y la vida; y todo ello menos porque es sangre que porque emana de los órganos genitales; aun sin conocer su función exacta, se sabe que está ligada a la germinación de la vida: ignorantes de la existencia del ovario, los antiguos veían en los menstruos el complemento del semen. En verdad, no es esa sangre lo que {180} hace de la mujer un ser impuro, sino más bien manifiesta su impureza; aparece en el momento en que la mujer puede ser fecundada; cuando desaparece, por lo general, vuelve a ser estéril; y brota de ese vientre en donde se elabora el feto. A través de ella, se expresa el horror que el hombre experimenta ante la fecundidad femenina. (2) Citado según LÉVI-STRAUSS: Les Structures élémentaires de la Parenté. (3) La Luna es fuente de fertilidad; aparece como «el amo de las mujeres»; se cree a menudo que, bajo la forma de hombre o de serpiente, se acopla con las mujeres. La serpiente es una epifanía de la Luna: muda y se regenera, es inmortal, es una fuerza que distribuye fecundidad y ciencia. La serpiente es quien custodia las fuentes sagradas, el árbol de la vida, la Fuente de la Juventud, etc. Pero también es ella quien ha arrebatado la inmortalidad al hombre. Se cuenta que se acopla con las mujeres. Las tradiciones persas y también las de los medios rabínicos pretenden que la menstruación se debe a las relaciones de la primera mujer con la serpiente. Entre los tabúes que conciernen a la mujer en estado de impureza, ninguno hay tan riguroso como la prohibición de todo comercio sexual con ella. El Levítico condena a siete días de impureza al hombre que viola esta regla. Las Leyes de Manú son más severas: «La sabiduría, la energía, la fuerza y la vitalidad de un hombre que se acerca a una mujer mancillada de excreciones menstruales perecen definitivamente.» Los penitentes ordenaban cincuenta días de penitencia a los hombres que habían tenido relaciones sexuales con mujeres en período de menstruación. Puesto que se considera que el principio femenino alcanza entonces el máximo de su fuerza, se teme que, en un contacto íntimo, triunfe sobre el principio masculino. De manera más imprecisa, al hombre le repugna hallar en la mujer poseída la esencia temida de la madre; se afana por disociar esos dos aspectos de la feminidad, y por ello la prohibición del incesto, bajo la forma de la exogamia o de figuras más modernas, es una ley universal. Por esa razón, el hombre se aleja sexualmente de la mujer en los momentos en que ella está más particularmente entregada a su papel reproductor: durante sus reglas, cuando se halla encinta, cuando está amamantando. El complejo de Edipo -cuya descripción, por otra parte, sería preciso revisar- no contradice esta actitud, sino que, por el contrario, la implica. El hombre se defiende contra la mujer en tanto que esta es fuente confusa del mundo y turbio devenir orgánico. Sin embargo, es también bajo esta figura como ella permite a la sociedad, que se ha separado del cosmos y de los dioses, que permanezca en comunicación con ellos. Todavía hoy asegura entre los beduinos y los iroqueses la fecundidad de los campos; en la Grecia antigua, percibe las voces subterráneas; capta el lenguaje del viento y de los árboles: es {181} Pitia, Sibila, profetisa; los muertos y los dioses hablan por su boca. Ha conservado en nuestros días esos poderes de adivinación: es médium, quiromántica, echadora de cartas, vidente, inspirada; oye voces y tiene apariciones. Cuando los hombres experimentan la necesidad de hundirse nuevamente en el seno de la vida vegetal y animal -tal un Anteo, que tocaba la tierra para recuperar fuerzas-, apelan a la mujer. A través de las civilizaciones racionalistas de Grecia y de Roma, subsisten los cultos chtonios. Por lo general, se realizan al margen de la vida religiosa oficial; incluso terminan, como en Eleusis, por adoptar la forma de misterios: su sentido es inverso al de los cultos solares en que el hombre afirma su voluntad de separación y de espiritualidad; pero son su complemento; el hombre trata de salir de su soledad mediante 78 78 el éxtasis: he ahí el fin de los misterios, de las orgías, de las bacanales. En el mundo reconquistado por los hombres, es un dios masculino, Dionisio, quien usurpa las virtudes mágicas y salvajes de Istar y Astarté; pero vuelven a ser mujeres las que se desencadenan en torno a su imagen: ménades, tíades, bacantes, llaman los hombres a la embriaguez religiosa, a la locura sagrada. El papel de la prostitución sagrada es análogo: se trata a la vez de desencadenar y de canalizar las potencias de la fecundidad. Todavía hoy las fiestas populares se caracterizan por explosiones de erotismo; la mujer no aparece en ellas simplemente como un objeto de placer, sino como medio de alcanzar esa hybris en que el individuo se supera. «Lo que un ser posee en el fondo de sí mismo de perdido y de trágico, la «maravilla cegadora», ya no puede encontrarse sino en un lecho», escribe G. Bataille. En el desencadenamiento erótico, al estrechar entre sus brazos a la amante, el hombre trata de perderse en el misterio infinito de la carne. Pero ya hemos visto que, por el contrario, su sexualidad normal disocia a la Madre y a la Esposa. Siente repugnancia por las misteriosas alquimias de la vida, mientras su propia vida se alimenta y deleita con los sabrosos frutos de la tierra; desea apropiárselos; codicia a Venus surgida toda nueva de las aguas. Como esposa es {182} como primeramente se descubre la mujer en el patriarcado, puesto que el creador supremo es varón. Antes de ser madre del género humano, Eva es compañera de Adán; le ha sido dada al hombre para que este la posea y la fecunde del mismo modo que posee y fecunda el suelo; y, a través de ella, hace de toda la Naturaleza su reino. No es solo un placer subjetivo y efímero lo que el hombre busca en el acto sexual. Quiere conquistar, tomar, poseer; tener una mujer es vencerla; penetra en ella como la reja del arado en los surcos; la hace suya como hace suya la tierra que trabaja; labora, planta, siembra: estas imágenes son tan viejas como la escritura; desde la Antigüedad hasta nuestros días, podrían citarse mil ejemplos: «La mujer es como el campo y el hombre como la simiente», dicen las Leyes de Manú. En un dibujo de André Masson, se ve a un hombre, con una pala en la mano, que cava el huerto de un sexo femenino (1). La mujer es la presa de su esposo, su bien. (1) Rabelais llama al sexo masculino «el labrador de la Naturaleza». Ya se ha visto el origen religioso e histórico de la asimilación falo-reja de arado, mujer-surco. La vacilación del varón entre el temor y el deseo, entre el miedo a ser poseído por fuerzas incontrolables y la voluntad de captarlas, se refleja de manera impresionante en los mitos de la Virginidad. 




Tan pronto temida por el varón, tan pronto deseada o incluso exigida, la virginidad se presenta como la forma más acabada del misterio femenino; así, pues, es su aspecto más inquietante y más fascinante a la vez. Según que el hombre se sienta aplastado por las potencias que le cercan o que se crea orgullosamente capaz de anexionárselas, rehusa o reclama que su esposa le sea entregada virgen. En las sociedades más primitivas, en las cuales se exalta el poder de la mujer, es el temor el que sale vencedor; conviene que la mujer haya sido desflorada antes de la noche de bodas. Marco Polo decía de los tibetanos que «ninguno de ellos querría tomar por esposa a una muchacha virgen». A veces se ha explicado esta negativa de una manera racional: el hombre no quiere una esposa que no haya {183} suscitado ya deseos masculinos. El geógrafo árabe El Bekri, hablando de los eslavos, informa que «si un hombre se casa y encuentra que su mujer es virgen, le dice: "Si valieses algo, otros hombres te habrían amado y alguno de ellos habría tomado tu virginidad", y a continuación la echa de su lado y la repudia». Se pretende incluso que ciertos primitivos no aceptan casarse más que con una mujer que ya haya sido madre, habiendo dado de ese modo prueba de su fecundidad. Pero los verdaderos motivos de la tan extendida costumbre de la desfloración son míticos. Ciertos pueblos se imaginan que en la vagina hay una serpiente que morderá al esposo en el momento de la ruptura del himen; se atribuyen terroríficas virtudes a la sangre vaginal, emparentada con la sangre menstrual y susceptible también ella de arruinar el vigor masculino. A través de estas imágenes, se expresa la idea de que el principio femenino tiene más fuerza y contiene más amenazas cuando está intacto (1). Hay casos en que la cuestión de la desfloración ni siquiera se plantea; por ejemplo, entre los indígenas descritos por 79 79 Malinowski, el hecho de que los juegos sexuales sean autorizados desde la infancia determina que las muchachas no sean nunca vírgenes. A veces la madre, la hermana mayor o alguna matrona desfloran sistemáticamente a la niña y, a lo largo de toda su infancia, ensanchan el orificio vaginal. Sucede también que la desfloración se practique en el momento de la pubertad por parte de las mujeres con ayuda de un palo, de un hueso o de una piedra, y que no se la considere sino como una operación quirúrgica. En otras tribus, cuando llega a la pubertad, la muchacha es sometida a una salvaje iniciación: los hombres se la llevan fuera del poblado y la desfloran con ayuda de instrumentos o violándola. Uno de los ritos más frecuentes es el que consiste en entregar las vírgenes a forasteros de paso, ya sea porque se considere que no son sensibles a ese manú solamente peligroso para los varones de la tribu, ya sea porque les tienen sin cuidado los males que se {184} desencadenen contra aquellos. Más frecuente aún es que el sacerdote, el curandero, el cacique o jefe de la tribu sea quien desflore a la muchacha la noche anterior a su boda; en la costa de Malabar, los brahmanes están encargados de esta operación, que, al parecer, ejecutan sin gozo y por la cual exigen un salario considerable. Sabido es que todos los objetos sagrados son peligrosos para el profano, pero que los individuos consagrados pueden manejarlos sin riesgo; se comprende, pues, que sacerdotes y jefes sean capaces de domeñar a las fuerzas maléficas contra las cuales debe protegerse al esposo. En Roma solo quedaba de tales costumbres una ceremonia simbólica: se sentaba a la novia sobre el falo de un Príapo de piedra, lo cual tenía el doble objeto de aumentar su fecundidad y absorber los fluidos demasiado poderosos, y por eso mismo nefastos, de que estaba cargada. El marido aún se defiende de otra manera: desflora él mismo a la virgen, pero lo hace en el curso de ceremonias que, en ese momento crítico, lo hacen invulnerable; por ejemplo, opera en presencia de todo el poblado con ayuda de un palo o un hueso. En Samoa usa el dedo previamente rodeado de un paño blanco, cuyos jirones manchados de sangre distribuye después a los asistentes. También sucede que sea autorizado a desflorar normalmente a su mujer, pero no debe eyacular en ella antes de que hayan transcurrido tres días, de manera que el germen generador no sea manchado por la sangre del himen. (1) De ahí proviene el poder que se atribuye a la virgen en los combates: las walkirias, la Doncella de Orleáns, por ejemplo. En virtud de un clásico viraje en el dominio de las cosas sagradas, la sangre virginal se convierte en símbolo propicio en las sociedades menos primitivas. Todavía hay en Francia aldeas donde, a la mañana siguiente de la boda, se exhibe ante padres y amigos la sábana ensangrentada. Es que en el régimen patriarcal, el hombre se ha convertido en amo de la mujer, y las mismas virtudes que espantaban en las bestias o en los elementos no domados, se convierten en preciosas cualidades para el propietario que ha sabido domesticarlas. De la fogosidad del caballo salvaje, de la violencia del rayo y las cataratas, el hombre ha hecho los instrumentos de su prosperidad. Del mismo modo quiere anexionarse la mujer {185} en toda su riqueza intacta. Motivos racionales representan ciertamente un papel en la consigna de virtud impuesta a la muchacha: al igual que la castidad de la esposa, la inocencia de la muchacha es necesaria para que el padre no corra el riesgo de legar sus bienes a un hijo extraño. Pero la virginidad de la mujer se exige de una manera más inmediata cuando el hombre considera a la esposa como su propiedad personal. En primer lugar, la idea de posesión es siempre imposible de realizar positivamente; en verdad, nunca se tiene nada ni a nadie; por tanto, uno intenta cumplirlo de un modo negativo; la manera más segura de afirmar que un bien es mío, consiste en impedirle a otro que lo use. Por otro lado nada parece al hombre más deseable que aquello que jamás ha pertenecido a ningún ser humano: entonces la conquista se presenta como un acontecimiento único y absoluto. Las tierras vírgenes siempre han fascinado a los exploradores; todos los años se matan varios alpinistas por haber querido violar una montaña intocada e incluso simplemente por haber intentado abrir un nuevo camino en su flanco; y hay curiosos que arriesgan su vida por descender bajo tierra hasta grutas jamás sondeadas. Un objeto ya dominado por los hombres se convierte en instrumento; 80 80 separado de sus vínculos naturales, pierde sus más profundas virtudes: hay más promesas en el agua no domada de los torrentes que en la de las fuentes públicas. Un cuerpo virgen tiene la frescura de los manantiales secretos, el matinal aterciopelado de una corola cerrada, el oriente de la perla que todavía no ha acariciado jamás el sol. Gruta, templo, santuario, jardín secreto, el hombre, al igual que el niño, se siente fascinado por los lugares umbríos y cerrados a los que jamás ha animado conciencia alguna y que esperan que alguien les preste un alma: aquello que únicamente él ha cogido y penetrado, parécele en verdad que él lo ha creado. Por lo demás, uno de los objetos que persigue todo deseo es el de la consumación del objeto deseado, lo cual implica su destrucción. Al romper el himen, el hombre posee el cuerpo femenino más íntimamente que mediante una penetración que lo deje intacto; en esa operación irreversible hace del mismo, sin equívocos, un {186} objeto pasivo, afirma su toma de él. Este sentido se manifiesta muy exactamente en la leyenda del caballero que se abre penosamente paso entre espinosos matorrales para coger una rosa cuyo perfume no ha respirado nunca nadie; no solamente la descubre, sino que le corta el tallo, y es entonces cuando la conquista. La imagen es tan clara, que, en lenguaje popular, «tomarle la flor» a una dama significa destruir su virginidad, y esa expresión ha dado nacimiento a la palabra «desfloración». Pero la virginidad solo tiene ese atractivo erótico si se alía con la juventud; de lo contrario, el misterio se hace inquietante. Muchos hombres de hoy experimentan una repulsión sexual ante virginidades demasiado prolongadas; no solo por razones psicológicas se considera a las «solteronas» como matronas amargadas y malignas. 





La maldición está en su carne misma, esa carne que no es objeto para ningún sujeto, a la que ningún deseo ha hecho deseable, que ha florecido y se ha marchitado sin hallar un lugar en el mundo de los hombres; desviada de su destino, se convierte en un objeto extravagante y que inquieta como inquieta el pensamiento incomunicable de un loco. Con respecto a una mujer de cuarenta años, todavía bella, pero presumida virgen, he oído comentar groseramente a un hombre: «Está llena de telarañas allí dentro...» En efecto, las cuevas y los graneros donde ya no entra nadie, que ya no sirven para nada, se llenan de un misterio sórdido; los fantasmas se complacen en visitarlos tenazmente; abandonadas por la Humanidad, las casas se convierten en morada de espíritus. A menos que la virginidad femenina haya sido consagrada a un dios, se cree de buen grado que implica alguna coyunda con el demonio. Las vírgenes a quienes el hombre no ha sometido, las solteronas que han escapado a su poder, son consideradas como brujas mucho más fácilmente que las otras; porque, siendo la suerte de la mujer el ser consagrada a otro, si no sufre el yugo del hombre, está dispuesta a aceptar el del diablo. Exorcizada por los ritos de la desfloración o, por el contrario, purificada por su virginidad, la esposa puede entonces aparecer como una presa deseable. Al estrecharla {187} entre sus brazos, son todas las riquezas de la vida las que el amante desea poseer. Ella es toda la fauna, toda la flora terrestre: gacela, cierva, lirio y rosas, melocotón recubierto de dulce pelusilla, perfumada frambuesa; ella es pedrerías, nácar, ágata, perla, seda, e: azul del cielo, la frescura de las fuentes, el aire, la llama, tierra y agua. Todos los poetas de Oriente y Occidente han metamorfoseado el cuerpo de la mujer en flores, en frutos, en aves. También aquí, a través de la Antigüedad, la Edad Media y la época moderna, sería preciso citar toda una densa antología. Conocidísimo es el Cantar de los Cantares, donde el bien amado dice a la bien amada: Tus ojos son como de paloma... Tus cabellos, como manada de cabras... Tus dientes son como manadas de trasquiladas ovejas ... Tu mejilla es una mitad de granada... Tus dos pechos, como dos cabritos mellizos de gama ... Miel y leche hay debajo de tu lengua... 81 81 En Arcane 17, André Breton vuelve a tomar este cántico eterno: «Mélusine en el instante del segundo grito: ha brotado de sus caderas sin globo, su vientre es toda la cosecha de agosto, su torso se lanza en fuego de artificio desde el talle arqueado, moldeado sobre dos alas de golondrinas, sus senos son armiños atrapados en su propio grito, cegadores a fuerza de iluminarse con el ardiente carbunclo de su boca incendiaria. Y sus brazos son el alma de los arroyos que cantan y perfuman...» El hombre reencuentra en la mujer las estrellas brillantes y la luna soñadora, la luz del sol, la sombra de las grutas; y, a su vez, las flores silvestres de los matorrales, la orgullosa rosa de los jardines, son mujeres. Ninfas, dríadas, sirenas, ondinas, hadas, pueblan los campos, los bosques, los lagos, los mares, las landas. Nada más anclado en el corazón de los hombres que este animismo. Para el marino, la mar es una mujer peligrosa, pérfida, difícil de conquistar, pero a quien mima a través de su esfuerzo para domarla. Orgullosa, rebelde, virginal y malvada, la montaña es mujer para el alpinista {188} que, con peligro de su vida, quiere violarla. A menudo se pretende que esas comparaciones manifiesten una sublimación sexual; expresan más bien entre la mujer y los elementos una afinidad tan original como la misma sexualidad. El hombre espera de la posesión de la mujer otra cosa que no sea la satisfacción de un instinto; ella es el objeto privilegiado a través del cual somete a la Naturaleza. Puede suceder que otros objetos representen ese papel. A veces el hombre busca la arena de las playas, el terciopelo de las noches, el perfume de las madreselvas en el cuerpo de los muchachos. Pero la penetración sexual no es el único medio por el cual puede realizarse una apropiación carnal de la tierra. En su novela To an unknown God, Steinbeck muestra a un hombre que ha elegido como mediadora entre él y la Naturaleza una roca musgosa; en La chatte, Colette describe a un joven casado que ha depositado su amor en una gata favorita, porque, a través de ese animal salvaje y dulce, adquiere sobre el universo sensual una presa que no logra darle el cuerpo demasiado humano de su compañera. En el mar, en la montaña, lo Otro puede encarnarse tan perfectamente como en la mujer; aquellos oponen al hombre la misma resistencia pasiva e imprevista que le permita realizarse; son un rechazo que es preciso vencer, una presa que hay que poseer. Si la mar y la montaña son mujeres, es porque la mujer es también para el amante la mar y la montaña (1) {189}. (1) La frase de Samivel citada por Bachelard (La Terre et les rêveries de la Volonté) es significativa: «Había cesado, poco a poco, de considerar a aquellas montañas acostadas en círculo a mi alrededor como enemigos a quienes combatir, como hembras a quienes pisotear o como trofeos que conquistar con objeto de procurarme a mí mismo y proporcionar a los demás un testimonio de mi propio valor.» La ambivalencia montaña-mujer se establece a través de la idea común de un «enemigo a quien combatir», de «trofeo», de «testimonio» de poder. Se ve manifestarse esta reciprocidad, por ejemplo, en estos dos poemas de Senghor: ¡Mujer desnuda, mujer oscura! Fruta madura de carne firme, sombríos éxtasis de vino tinto, boca que hace lírica mi boca. Sabana de puros horizontes, sabana que se estremece bajo las fervientes caricias del Viento del Este. Y: ¡Oh!, Congo acostado en tu lecho de selvas, reina sobre el África domeñada. 





Que los falos de los montes enarbolen tu pabellón. Porque eres mujer por mi cabeza, por mi lengua, porque eres mujer por mi vientre. Pero no es dado indiferentemente a no importa qué mujer el servir así de mediadora entre el hombre y el mundo; el hombre no se contenta con hallar en su compañera órganos sexuales complementarios de los suyos. Es preciso que encarne el maravilloso florecimiento de la vida y que, al mismo tiempo, disimule sus turbios misterios. Así, pues, se le pedirá, antes que nada, juventud y salud, porque, al estrechar entre sus brazos algo vivo, el hombre no puede extasiarse con ello si no olvida que toda vida está habitada por la muerte. 82 82 Quiere aún más: que la bien amada sea bella. El ideal de la belleza femenina es variable; pero ciertas exigencias permanecen constantes; entre otras, y puesto que la mujer está destinada a ser poseída, es preciso que su cuerpo ofrezca las cualidades inertes y pasivas de un objeto. La belleza viril es la adaptación del cuerpo a funciones activas, es la fuerza, la agilidad, la flexibilidad; es la manifestación de una trascendencia animadora de una carne que jamás debe recaer sobre sí misma. El ideal femenino no es simétrico más que en sociedades tales como Esparta, la Italia fascista y la Alemania nazi, que destinaba la mujer al Estado y no al individuo, que la consideraban exclusivamente como madre y no dejaban resquicio al erotismo. Pero, cuando la mujer es entregada al hombre como su bien, lo que este reclama es que en ella la carne esté presente en su pura artificiosidad. Su cuerpo no es tomado como la irradiación de una subjetividad, sino como algo cebado en su inmanencia; no es preciso que ese cuerpo desplace al resto del mundo, no debe ser promesa de otra cosa fuera de sí mismo: necesita detener el deseo. La forma más ingenua de esa exigencia es el ideal hotentote {190} de la Venus esteatopígica, ya que las nalgas constituyen la parte del cuerpo menos inervada, aquella en que la carne aparece como un elemento sin destino. El gusto de los orientales por las mujeres gruesas es de la misma especie; les encanta el lujo absurdo de esa proliferación adiposa que no anima ningún proyecto, que no tiene otro sentido que el de estar ahí (1). Incluso en las civilizaciones de una sensibilidad más sutil, en que intervienen nociones de forma y armonía, los senos y las nalgas siguen siendo objetos privilegiados a causa de lo gratuito y contingente de su desarrollo. Las costumbres y las modas se han aplicado a menudo a separar el cuerpo femenino de su trascendencia: la china de pies vendados apenas puede caminar; las uñas pintadas de la estrella de Hollywood la privan de sus manos; los tacones altos, los corsés, los miriñaques, los verdugados, las crinolinas, estaban destinados menos a acentuar el talle del cuerpo femenino que a aumentar su impotencia. Entorpecido por la grasa o, por el contrario, tan diáfano que todo esfuerzo le está prohibido, paralizado por incómodos ropajes y por los ritos del decoro, es entonces cuando se le presenta al hombre como su cosa. El maquillaje y las joyas sirven también para esa petrificación del cuerpo y del rostro. La función del ornato es muy compleja; entre ciertos primitivos, tiene un carácter sagrado; pero su papel más habitual consiste en terminar la metamorfosis de la mujer en ídolo. Ídolo equívoco: el hombre la quiere carnal, su belleza participará de la de las flores y los frutos; también debe ser lisa, dura y eterna como un guijarro. El papel del ornato consiste, a la vez, en hacerla participar más íntimamente de la Naturaleza y en {191} arrancarla a la misma; consiste en prestar a la vida palpitante la fosilizada necesidad del artificio. La mujer se hace planta, pantera, diamante, nácar, al mezclar con su cuerpo flores, pieles, pedrerías, conchas, plumas; se perfuma para exhalar un aroma como la rosa y el lirio: pero plumas, sedas, perlas y perfumes sirven también para disimular la crudeza animal de su carne, de su olor. Se pinta la boca y las mejillas para darles la inmóvil solidez de una máscara; aprisiona su mirada en el espesor del khôl y de la máscara, ya solo es ornato tornasolado de sus ojos; trenzados, rizados, esculpidos, sus cabellos pierden su inquietante misterio vegetal. En la mujer adornada está presente la Naturaleza, pero cautiva, modelada por una voluntad humana según el deseo del hombre. Una mujer es tanto más deseable cuanto más se ha expandido en ella la Naturaleza y más rigurosamente se ha esclavizado: es la mujer «sofisticada», que siempre ha sido el objeto erótico ideal. Y el gusto por una belleza más natural no es a menudo más que una forma especiosa de sofisticación. Remy de Gourmont desea que la mujer lleve los cabellos flotantes, libres como los arroyos y las hierbas de las praderas: pero es en la cabellera de una Verónica Lake donde se pueden acariciar las ondulaciones del agua y las espigas, y no en una pelambrera hirsuta genuinamente abandonada a la Naturaleza. Cuando más joven y sana es una mujer, más parece destinado su cuerpo nuevo y lustroso a una eterna lozanía y menos útil le es el artificio; pero siempre hay que disimular al hombre la debilidad carnal de esta presa que él estrecha entre sus brazos y la degradación que la amenaza. Es también porque teme el destino contingente de la mujer, porque la sueña inmutable, necesaria, por lo que el hombre busca en el rostro femenino, en su busto y sus piernas, la exactitud de una idea. Entre los pueblos primitivos, la idea es solamente la de la perfección del tipo popular: una raza de labios carnosos y nariz aplastada forja una Venus de labios carnosos y nariz aplastada; más 83 83 tarde, se aplican a las mujeres los cánones de una estética más compleja. Pero, en todo caso, cuanto más concertados parecen los rasgos y las proporciones de una mujer, más {192} regocija el corazón del hombre, porque parece escapar a los avatares de las cosas naturales. Se desemboca así en la extraña paradoja de que, deseando asir en la mujer a la Naturaleza, aunque transfigurada, el hombre consagra la mujer al artificio. 




Ya no es ella solamente physis, sino también y en la misma medida antiphysis; y eso no únicamente en la civilización de las permanentes eléctricas, de la depilación con cera, etc., sino también en el país de las negras de platillos en la boca, en China y en todos los lugares del planeta. Swift denunció, en su célebre oda a Celia, esta mistificación; describe con desagrado los perifollos de la coqueta y recuerda con disgusto las servidumbres animales de su cuerpo; se indigna doblemente sin motivo, porque el hombre quiere, al mismo tiempo, que la mujer sea bestia y planta y que se oculte detrás de una armazón fabricada; la ama cuando surge de las ondas y cuando sale de una casa de modas, vestida y desnuda, desnuda debajo de sus vestidos, tal y como precisamente la encuentra en el universo humano. El ciudadano busca la animalidad en la mujer; sin embargo, para el joven campesino que hace el servicio militar, el burdel encarna toda la magia de la ciudad. La mujer es campos y pastos, pero también es Babilonia. (1) «Los hotentotes, entre quienes la esteatopigia no está tan desarrollada ni es tan constante como entre las mujeres bosquimanas, consideran estética esta conformación y amasan las nalgas de sus hijas desde la infancia para que se desarrollen. Del mismo modo, en diversas regiones de África, se encuentra la práctica del engorde artificial de las mujeres, verdadera cebadura cuyos dos procedimientos esenciales son la inmovilidad y la abundante ingestión de alimentos adecuados, en particular la leche. Todavía se entregan a esta práctica los ciudadanos acomodados árabes e israelitas de Argelia, Túnez y Marruecos.» (LUQUET: Journal de Psychologie, 1934. «Las Venus de las cavernas».) Con todo, he ahí la primera mentira, la primera traición de la mujer: es la de la vida misma, que, aun revestida de las formas más atractivas, siempre está habitada por los fermentos de la vejez y la muerte. El uso mismo que el hombre hace de ella destruye sus más preciosas virtudes: entorpecida por las maternidades, pierde su atractivo erótico; incluso estéril, basta el paso de los años para alterar sus encantos. Achacosa, fea, vieja, la mujer produce horror. Se dice que está marchita, ajada, como se diría de una planta. Ciertamente, entre los hombres también la decrepitud espanta; pero el hombre normal no experimenta a los demás hombres en tanto que carne; no tiene con esos cuerpos autónomos y extraños más que una solidaridad abstracta. Es sobre el cuerpo de la mujer, ese cuerpo que le está destinado, sobre el que el hombre experimenta sensiblemente la decadencia de la carne. La «bella yelmera» de la balada de Villon con {193} templa la degradación de su cuerpo con los ojos hostiles del varón. La vieja, la fea, no son solamente objetos sin atractivo, sino que suscitan un aborrecimiento mezclado al miedo. En ellas vuelve a encontrarse la figura inquietante de la Madre, en tanto que los encantos de la Esposa se han desvanecido. Pero la Esposa misma es una presa peligrosa. Deméter se perpetúa en Venus surgida de las aguas, fresca espuma, rubia cosecha; al apropiarse la mujer por el placer que extrae de ella, el hombre le despierta también las turbias potencias de la fecundidad; el mismo órgano que él penetra es el que alumbra al niño. Por eso, en todas las sociedades, el hombre está protegido por tantos tabúes contra las amenazas del sexo femenino. Lo recíproco no es cierto, la mujer no tiene nada que temer del hombre; el sexo de este es considerado como laico, profano. El falo puede ser elevado a la dignidad de un dios: en el culto que se le rinde no entra ningún elemento de terror y, en el curso de la vida cotidiana, la mujer no tiene que ser místicamente defendida contra él, que solamente le es propicio. Por otra parte, es notable que en multitud de sociedades de derecho materno exista una sexualidad muy libre; pero solo durante la infancia de, la mujer y en su primera juventud, cuando el coito no está ligado a la idea de generación. Con cierto asombro cuenta Malinowski que los jóvenes que se acuestan libremente juntos en la «casa de los solteros» hagan voluntaria ostentación de sus amores; se debe ello a que la 84 84 joven no casada es considerada incapaz de parir, y el acto sexual no pasa de ser un tranquilo placer profano. Por el contrario, una vez casada la mujer, su marido no debe dar ya ninguna muestra de cariño en público, no debe tocarla, y toda alusión a sus relaciones íntimas es sacrilegio: es que entonces la mujer participa de la temible esencia de la madre, y el coito se ha convertido en un acto sagrado. A partir de entonces, se le rodea de prohibiciones y de precauciones. 




El coito está prohibido mientras se cultiva la tierra, cuando se siembra, cuando se planta: en este caso, es porque no se quiere que se malgasten en relaciones interindividuales las fuerzas fecundantes que son {194} necesarias para la prosperidad de las cosechas y, por consiguiente, para el bien de la comunidad; por respeto a los poderes adheridos a la fecundidad es por lo que se ordena economizarlas. Empero, en la mayoría de las ocasiones la continencia protege la virilidad del esposo; se la recomienda cuando el hombre parte para la pesca, para la caza y, sobre todo, cuando se prepara para la guerra; en la unión con la mujer, el principio masculino se debilita, y, por tanto, conviene que la evite cada vez que necesita íntegramente de sus fuerzas. En ocasiones, ha surgido la pregunta de si el horror que el hombre experimenta con respecto a la mujer procede del que le inspira la sexualidad en general o a la inversa. Se comprueba que, particularmente en el Levítico, la polución nocturna es considerada como una mancilla, aunque la mujer no esté mezclada en ello. Y en nuestras sociedades modernas, la masturbación está considerada como un peligro y un pecado: muchos de los niños y de los jóvenes que se entregan a ella no lo hacen sino a través de horribles angustias. Lo que hace un vicio del placer solitario es la intervención de la sociedad y singularmente de los padres; pero más de un muchacho se ha espantado espontáneamente ante sus primeras eyaculaciones: sangre o semen, todo flujo de su propia sustancia le parece inquietante; es su vida, su maná, lo que se escapa. Sin embargo, incluso si subjetivamente un hombre puede atravesar por experiencias en que la mujer no esté presente, ella está objetivamente implicada en su sexualidad: como decía Platón en el mito de los andróginos, el organismo del varón supone el de la mujer. Lo que descubre al descubrir su propio sexo es la mujer, aun cuando esta no le sea dada ni en carne y hueso ni en imagen; e, inversamente, la mujer es temible en tanto encarna la sexualidad. Nunca se pueden separar el aspecto inmanente y el aspecto trascendente de la experiencia viva: lo que yo temo o deseo siempre es un avatar de mi propia existencia, pero nada me sucede sino a través de lo que no soy yo. El no-yo está implicado en las poluciones nocturnas, en la erección, si no bajo la figura precisa de la mujer, sí al menos en tanto que Naturaleza y Vida: el individuo se siente poseído por una {195} magia extraña. De igual modo, la ambivalencia de los sentimientos que le inspira la mujer se halla en su actitud hacia su propio sexo: está orgulloso de él, ríe por su causa, por su culpa se avergüenza. El muchachito compara desafiante su pene con el de sus camaradas; su primera erección le enorgullece y le espanta a la vez. El hombre hecho considera su sexo como un símbolo de trascendencia y de poder; se envanece de él como de un músculo estriado y al mismo tiempo como de una gracia mágica: es una libertad rica con toda la contingencia del dato, un dato libremente querido; es bajo este aspecto contradictorio como le encanta; pero sospecha su añagaza; ese órgano por el que pretende afirmarse, no le obedece; cargado de deseos insatisfechos, irguiéndose inopinadamente, a veces aliviándose durante el sueño, manifiesta una vitalidad sospechosa y caprichosa. El hombre pretende hacer triunfar el Espíritu sobre la Vida, la actividad sobre la pasividad; su conciencia mantiene a distancia a la Naturaleza, su voluntad la modela; pero, bajo la figura del sexo, encuentra en él la vida, la Naturaleza y la pasividad. «Las partes sexuales son el verdadero hogar de la voluntad, cuyo polo opuesto es el cerebro», escribe Schopenhauer. Lo que él llama voluntad es el apego a la vida, que es sufrimiento y muerte, mientras que el cerebro es el pasado que se desprende de la vida al representársela: la vergüenza sexual, según él, es la vergüenza que experimentamos ante nuestra estúpida obstinación carnal. Aun recusando el pesimismo propio de sus teorías, tiene razón cuando ve en la oposición sexo-cerebro la expresión de la dualidad del hombre. En tanto que sujeto, plantea el mundo y, permaneciendo fuera del universo que plantea, se hace su soberano; si se capta como carne, como sexo, deja de ser conciencia autónoma, libertad transparente: está comprometido en el mundo, es un objeto limitado y perecedero. Y, sin duda, el acto generador sobrepasa las fronteras del cuerpo; pero, en el 85 85 mismo instante, las constituye.




 El pene, padre de generaciones, es simétrico de la matriz materna; surgido de un germen nutrido en el vientre de la mujer, el hombre es él mismo portador de gérmenes, y, por esa simiente que da la vida, es también su propia {196} vida la que se niega. «El nacimiento de los hijos es la muerte de los padres», dice Hegel. La eyaculación es promesa de muerte, afirma a la especie frente al individuo; la existencia del sexo y su actividad niegan la orgullosa singularidad del sujeto. Es esta oposición de la vida con respecto al espíritu lo que hace del sexo un objeto de escándalo. El hombre exalta el falo en la medida en que lo toma como trascendencia y actividad, como modo de apropiación de lo otro; pero se avergüenza del mismo cuando solamente lo ve como una carne pasiva a través de la cual es juguete de las oscuras fuerzas de la Vida. Esta vergüenza se disfraza voluntariamente de ironía. El sexo de otro suscita fácilmente la risa; puesto que imita un movimiento concertado y, no obstante, es sufrida, la erección parece a menudo ridícula; y la simple presencia de los órganos genitales, tan pronto como se la evoca, provoca regocijo. Cuenta Malinowski que a los salvajes entre los cuales vivía les bastaba pronunciar el nombre de aquellas «partes vergonzosas» para despertar risas inextinguibles; multitud de chistes picantes apenas van más allá de esos rudimentarios juegos de palabras. Entre ciertos primitivos, y durante los días consagrados a la escarda de los huertos, las mujeres tienen derecho a violar brutalmente a todo forastero que se aventure en el poblado; le atacan todas juntas y a menudo le dejan medio muerto: los hombres de la tribu se ríen de la hazaña; por esa violación, la víctima ha sido constituida como carne pasiva y dependiente; ha sido a él a quien han poseído las mujeres y, a través de ellas, también lo han poseído los maridos, mientras que en el coito normal el hombre quiere afirmarse como poseedor. Pero es entonces cuando va a experimentar con la mayor evidencia lo ambiguo de su condición carnal. El hombre no asume orgullosamente su sexualidad sino en tanto que es un modo de apropiación del Otro: y ese sueño de posesión solo desemboca en fracaso. En una auténtica posesión, lo otro es abolido como tal, es consumido y destruido: únicamente el sultán de Las mil y una noches tiene poder para cortar la cabeza a sus amantes tan pronto como el alba las expulsa de su {197} lecho; la mujer sobrevive a los abrazos del hombre y por eso mismo se le escapa; tan pronto como él abre los brazos, su presa se convierte en una extraña; hela ahí toda nueva, intacta, dispuesta a ser poseída por un nuevo amante de una manera igualmente efímera. Uno de los sueños del varón consiste en «marcar» a la mujer de manera que permanezca suya para siempre; pero el más arrogante de ellos sabe muy bien que jamás le dejará más que recuerdos y que las imágenes más ardientes resultan frías al precio de una sensación. Toda una literatura ha denunciado este fracaso. Se objetiva en la mujer, a quien se dice inconstante y traidora, porque su cuerpo la consagra al hombre en general y no a un hombre singular. Su traición es más pérfida aún, puesto que es ella quien hace una presa del amante. Solamente un cuerpo puede tocar a otro cuerpo; el varón no se adueña de la carne codiciada más que convirtiéndose él mismo en carne; Eva le es dada a Adán para que cumpla en ella su trascendencia, y ella le arrastra a la noche de la inmanencia; al igual que la madre ha formado para el hijo esa ganga tenebrosa de la cual este quiere escapar, la amante cierra en torno al hombre esa arcilla opaca en el vértigo del placer. El hombre quería poseer, y hele ahí poseído. Olor, humedad, fatiga, fastidio, toda una literatura ha descrito esa lúgubre pasión de una conciencia que se hace carne. El deseo, que a menudo arropa a la repugnancia, vuelve a la repugnancia una vez satisfecho. Post coitum homo animal triste. «La carne es triste.» Y, sin embargo, el hombre ni siquiera ha encontrado en los brazos de la amante un apaciguamiento definitivo. Muy pronto renace el deseo, y, a menudo, no es solamente deseo de la mujer en general, sino de esa mujer. Entonces se reviste ella de un poder singularmente inquietante. Porque, en su propio cuerpo, el hombre no encuentra la necesidad sexual sino como una necesidad general análoga al hambre o la sed y cuyo objeto no es particular: así, pues, el vínculo que le une a ese cuerpo femenino singular ha sido forjado por el Otro. Es un lazo misterioso, como el vientre impuro y fértil en donde tiene sus raíces, una suerte de fuerza pasiva: es mágico. 





El vocabulario trasnochado, de los folletines en {198} que la mujer es descrita como una hechicera que fascina al hombre y lo embruja, refleja el más antiguo, el 86 86 más universal de los mitos. La mujer está destinada a la magia. La magia, decía Alain, es el espíritu que hay en las cosas; una acción es mágica cuando, en lugar de ser producida por un agente, emana de una pasividad; precisamente los hombres han mirado siempre a la mujer como la inmanencia de lo dado; si produce cosechas e hijos, no es por un acto de su voluntad; no es sujeto, trascendencia, potencia creadora; es un objeto cargado de fluidos. En las sociedades en que el hombre adora estos misterios, la mujer, a causa de esas virtudes, es asociada al culto y venerada como sacerdotisa; pero, cuando el hombre lucha por hacer triunfar la sociedad sobre la Naturaleza, la razón sobre la vida, la voluntad sobre lo dado inerte, entonces la mujer es considerada una bruja. Sabida es la diferencia que distingue al sacerdote del mago: el primero domina y dirige las fuerzas que ha domeñado de acuerdo con los dioses y las leyes, para el bien de la comunidad, en nombre de todos sus miembros; el mago opera al margen de la sociedad, contra los dioses y las leyes, según sus propias pasiones. Ahora bien, la mujer no está plenamente integrada en el mundo de los hombres; en tanto que lo Otro, se opone a ellos; es natural que se sirva de las fuerzas que posee, no para extender a través de la comunidad de los hombres y en el futuro la influencia de la trascendencia, sino, estando separada, en oposición, para arrastrar a los varones a la soledad de la separación, a las tinieblas de la inmanencia. Es la sirena cuyos cantos precipitaban a los marinos contra los escollos; es Circe, que transformaba en bestias a sus amantes, la ondina que atrae al pescador al fondo de los estanques. El hombre, cautivo de sus encantos, ya no tiene voluntad, ni proyectos, ni porvenir; ya no es ciudadano, sino una carne esclava de sus deseos; está excluido de la comunidad, encerrado en el instante, zarandeado pasivamente entre la tortura y el placer; la maga perversa levanta la pasión contra el deber, el momento presente contra la unidad del tiempo, retiene al viajero lejos de su hogar, escancia el olvido. Al intentar apropiarse de lo Otro, es preciso {199} que el hombre siga siendo él mismo; pero, ante el fracaso de la posesión imposible, trata de convertirse en eso otro con lo que no logra unirse; entonces se aliena, se pierde, bebe el filtro que le hace extraño para sí mismo, se sumerge en aguas huidizas y mortales.





 La Madre consagra su hijo a la muerte al darle vida; la amante arrastra al amante a renunciar a la vida y abandonarse a un sueño supremo. Este lazo que une al Amor y la Muerte ha sido patéticamente iluminado en la leyenda de Tristán, pero encierra una verdad más original. Nacido de la carne, el hombre se realiza en el amor como carne, y la carne está prometida a la tumba. En su virtud, se confirma la alianza entre la Mujer y la Muerte; la gran segadora es la figura inversa de la fecundidad que hace crecer las espigas. Pero también aparece como la pavorosa desposada cuyo esqueleto se revela bajo una tierna carne mentirosa (1). (1) Por ejemplo, en el ballet de PRÉVERT Le rendez-vous*, y en el de Cocteau Le jeune homme et la mort, la Muerte es representada bajo los rasgos de la joven amada. *Rendez-vous: cita; lugar de la cita, sitio de la reunión. Encuentro; consultation sur rendezvous: consulta previa petición de hora; Donner rendez-vous: citar, dar cita. Así, pues, lo que primeramente anhela y detesta el hombre en la mujer, tanto amante como madre, es la imagen fija de su destino animal, es la vida necesaria a su existencia, pero que la condena a la finitud y la muerte. Desde el día en que nace, el hombre empieza a morir: esa es la verdad que encarna la Madre. Al procrear, afirma a la especie contra si mismo: eso es lo que aprende entre los brazos de la esposa; en la turbación y el placer, aun antes de haber engendrado, olvida su yo singular. Aunque intenta distinguirlas, en una y otra solo encuentra una evidencia: la de su condición carnal. Unas veces desea cumplirla: venera a su madre y desea a su amante; otras veces se rebela contra ellas en la repugnancia y el temor. Un texto significativo, en el que vamos a encontrar una síntesis de casi todos esos mitos, es aquel en el cual Jean-Richard Bloch, en La noche kurda, describe las copulaciones del joven 87 87 Saad con una mujer mucho mayor que él, pero todavía bella, durante el saqueo de una ciudad {200}: «La noche abolía los contornos de las cosas y de las sensaciones. Ya no estrechaba a una mujer contra sí. Llegaba, por fin, al término de un viaje interminable, perseguido desde los orígenes del mundo. Se aniquilaba poco a poco en una inmensidad que se mecía a su alrededor, sin fin y sin rostro. Todas las mujeres se confundían en un país gigantesco, replegado en sí mismo, lúgubre como el deseo, ardiente como el estío... No obstante, reconocía con temerosa admiración la potencia encerrada en la mujer, los largos muslos revestidos de raso, las rodillas semejantes a dos colinas de marfil. Cuando remontaba el terso eje de la espalda, desde los riñones hasta los hombros, parecíale recorrer la bóveda misma que sostiene al mundo. Pero era el vientre el que le atraía sin cesar, océano elástico y tierno donde toda vida nace y adonde retorna, asilo entre los asilos, con sus mareas, sus horizontes, sus ilimitadas superficies. Entonces le invadió el loco anhelo de rasgar aquella deliciosa envoltura para llegar, por fin, a la fuente misma de sus bellezas. Una conmoción simultánea los confundió al uno con el otro. La mujer ya no existió sino para henderse como el suelo, abrirle sus vísceras, colmarse con los humores del amado. El arrebato se hizo asesinato. Se unieron como quienes se apuñalan. ... El, el hombre aislado, el dividido, el separado, el cercenado, iba a brotar de su propia sustancia, evadirse de su prisión de carne y rodar, al fin, materia y alma, en la materia universal. A él estaba reservada la dicha suprema, jamás experimentada hasta ese día, de sobrepasar los límites de la criatura, de fundir en la misma exaltación el sujeto con el objeto, la pregunta y la respuesta, de anexionar al ser todo lo que no es el ser, y de alcanzar a través de una última convulsión el imperio de lo inasequible. ... Cada vaivén del arco despertaba en el precioso instrumento que tenía a su merced vibraciones cada vez más agudas. De pronto, un último espasmo desprendió a Saad del cenit y lo arrojó hacia la tierra y el fango.» Como el deseo de la mujer no ha sido satisfecho, aprisiona entre sus piernas a su amante, quien siente renacer su {201} deseo a pesar suyo: se le aparece entonces ella como una potencia enemiga que le arranca su virilidad, y, al poseerla de nuevo, la muerde en la garganta tan profundamente, que la mata. Así se cierra el ciclo que va de la madre a la amante, a la muerte, a través de complicados meandros. Muchas actitudes son posibles aquí para el hombre, según que ponga el acento sobre tal o cual aspecto del drama carnal. 





Si un hombre no tiene la idea de que la vida es única, si no tiene la preocupación de su destino singular, si no teme a la muerte, aceptará gozosamente su animalidad. Entre los musulmanes, la mujer está reducida a un estado de abyección a causa de la estructura feudal de la sociedad que no permite el recurso al Estado contra la familia, a causa de la religión que, expresando el ideal guerrero de esa civilización, ha consagrado directamente al hombre a la Muerte y ha despojado de su magia a la mujer. ¿Qué temerá en la Tierra el que está dispuesto a sumergirse, de un momento a otro, en las voluptuosas orgías del paraíso mahometano? Así, pues, el hombre puede gozar tranquilamente de la mujer sin tener que defenderse contra sí mismo, ni contra ella. Los cuentos de Las mil y una noches la consideran fuente de untuosas delicias, con el mismo título que las frutas, las confituras, los pasteles opulentos, los perfumados aceites. Se encuentra hoy esa misma benevolencia sensual en muchos pueblos mediterráneos: colmado por el instante, no pretendiendo la inmortalidad, el hombre del Mediodía que, a través del esplendor del cielo y del mar, capta la Naturaleza bajo su aspecto venturoso, amará a las mujeres con glotonería; por tradición, las desprecia lo bastante para no tomarlas como personas: no establece grandes diferencias entre el encanto de su cuerpo y el de la arena y el agua; ni en ellas ni en sí mismo experimenta el horror de la 88 88 carne. En Conversaciones en Sicilia, dice Vittorini, con tranquilo deslumbramiento, haber descubierto a la edad de siete años el cuerpo desnudo de la mujer. El pensamiento racionalista de Grecia y de Roma confirma esta actitud espontánea, La filosofía optimista de los griegos ha superado al maniqueísmo pitagórico, lo inferior está subordinado a lo superior y {202} como tal le es útil: estas ideologías armoniosas no manifiestan ninguna hostilidad con respecto a la carne. Orientado hacia el cielo de las Ideas, o bien hacia la Ciudad o el Estado, el individuo, al pensarse como Novs o como ciudadano, cree haber superado su condición animal: ya sea que se entregue a la voluptuosidad o que practique el ascetismo, la mujer sólidamente integrada en la sociedad masculina no tiene más que una importancia secundaria. Desde luego, el racionalismo no ha triunfado jamás enteramente y la experiencia erótica conserva en esas civilizaciones su carácter ambivalente: dan fe de ello ritos, mitologías, literatura. Pero los atractivos y los peligros de la feminidad no se manifiestan ahí sino en forma atenuada. Es el cristianismo el que reviste de nuevo a la mujer de un prestigio pavoroso: el temor al otro sexo es una de las formas que adopta para el hombre el desgarramiento de la conciencia desdichada. El cristiano está separado de sí mismo; se consuma la división entre el cuerpo y el alma, entre la vida y el espíritu: el pecado original hace del cuerpo el enemigo del alma; todas las ligaduras carnales se presentan como malignas (1). El hombre solo puede ser salvado en tanto rescatado por Cristo y orientado hacia el reino celestial; pero originariamente no es más que podredumbre; su nacimiento le destina, no solo a la muerte, sino también a la condenación; el cielo podrá serle abierto en virtud de una gracia divina; pero, en todos los avatares de su existencia natural, hay una maldición. El mal es una realidad absoluta, y la carne es pecado. Y, bien entendido, puesto que jamás la mujer deja de ser lo Otro, no se considera que recíprocamente macho y hembra sean carne: la carne que para el cristiano es lo Otro enemigo, no se distingue de la mujer. En ella es donde se encarnan las tentaciones {203} de la tierra, del sexo, del demonio. Todos los Padres de la Iglesia insisten sobre el hecho de que ella condujo a Adán al pecado. Preciso es volver a citar las palabras de Tertuliano: «¡Mujer!. Eres la puerta del diablo. Tú has persuadido a aquel a quien el diablo no osaba atacar de frente. Por tu causa hubo de morir el Hijo de Dios. Deberías ir siempre vestida de luto y harapos.» Toda la literatura cristiana se esfuerza por exasperar la repugnancia que el hombre puede experimentar por la mujer.





 Tertuliano la define Templum aedificatum super cloacam. San Agustín subraya con horror la promiscuidad de los órganos sexuales y excretores: Inter foeces et urinam nascimur. La repugnancia del cristianismo por el cuerpo femenino es tal, que consiente en destinar a su Dios a una muerte ignominiosa, pero que le evita la mancilla del nacimiento: el Concilio de Éfeso en la Iglesia oriental, el de Letrán en Occidente, afirman el alumbramiento virginal de Cristo. Los primeros Padres de la Iglesia -Orígenes, Tertuliano, Jerónimo- pensaban que María había dado a luz en medio de la sangre y la inmundicia, como las otras mujeres; pero es la opinión de San Ambrosio y San Agustín la que prevalece. El seno de la Virgen ha permanecido cerrado. Desde la Edad Media, el tener un cuerpo ha sido considerado en la mujer como una ignominia. La ciencia misma se ha visto durante mucho tiempo paralizada por esa repugnancia. En su tratado de la Naturaleza, Linneo deja a un lado por «abominable» el estudio de los órganos genitales de la mujer. El médico francés Di Laurens se pregunta escandalizado cómo «ese divino animal lleno de razón y de juicio llamado hombre puede sentirse atraído por esas partes obscenas de la mujer, manchadas de humores y vergonzosamente colocadas en la parte más baja del tronco». Hoy día, multitud de otras influencias interfieren con la del pensamiento cristiano; e incluso esta tiene más de un aspecto; sin embargo, en el mundo puritano, entre otros, el odio a la carne se perpetúa; por ejemplo, se exterioriza en Light in August de Faulkner; las primeras iniciaciones sexuales del héroe provocan en él terribles traumatismos. En toda la literatura es frecuente mostrar a un joven trastornado hasta el vómito {204} después del primer coito; y si, en verdad, semejante reacción es muy rara, no por azar se la describe con tanta frecuencia. En particular en los países anglosajones, impregnados de puritanismo, la mujer suscita en la mayor parte de los adolescentes y entre muchos hombres un terror más o menos confesado. Existe con bastante intensidad en Francia. Michel Leiris escribe en L'age d'homme: «Por lo común, tengo tendencia a considerar el órgano femenino como una cosa sucia o como una herida, no por 89 89 ello menos atrayente, pero peligrosa en sí misma, como todo lo que es sangriento, mucoso, contaminado.» La idea de enfermedad venérea traduce esos espantos; no es porque transmita esas enfermedades por lo que la mujer espanta; son las enfermedades las que parecen abominables porque provienen de la mujer: me han hablado de jóvenes que se imaginaban que las relaciones sexuales demasiado frecuentes bastaban para producir la blenorragia. También se cree de buen grado que, a través del coito, el hombre pierde su vigor muscular, su lucidez cerebral, que su fósforo se consume, su sensibilidad se embota. Es verdad que el onanismo implica los mismos peligros, e incluso, por razones morales, la sociedad lo considera más nocivo que la función sexual normal. El legítimo matrimonio y la voluntad de procreación defienden contra los maleficios del erotismo. Pero ya he dicho que en todo acto sexual está implicado lo Otro, y su rostro más habitual es el de la mujer. Frente a ella es como el hombre experimenta con la máxima evidencia la pasividad de su propia carne. La mujer es vampiro, gubia, devoradora, bebedora; su sexo se nutre glotonamente del sexo masculino. Ciertos psicoanalistas han querido dar bases científicas a estas fantasías: todo el placer que la mujer extrae del coito provendría de que castra simbólicamente al macho y se apropia de su sexo. Mas parece que estas teorías mismas exigen ser psicoanalizadas y que los médicos que las inventaron habrían proyectado en ellas terrores ancestrales (2) {205}. (1) Hasta el fin del siglo XII, los teólogos -con excepción de San Anselmo- consideran, de acuerdo con la doctrina de San Agustín, que la ley misma de la generación implica el pecado original: «La concupiscencia es un vicio...




 La carne humana que nace por ella es una carne de pecado», escribe San Agustín. Y Santo Tomás dice: «La unión de los sexos, estando acompañada de concupiscencia después del pecado, transmite al hijo el pecado original». (2) Ya hemos demostrado que el mito de la Mantis religiosa carece de todo fundamento biológico. La fuente de esos terrores radica en que, en lo Otro, y más allá de toda anexión, subsiste la alteridad. En las sociedades patriarcales, la mujer ha conservado muchas de las inquietantes virtudes que ostentaban en las sociedades primitivas. Esa es la razón de que jamás se la abandone a la Naturaleza y se la rodee de tabúes, se la purifique mediante ritos, se la coloque bajo el control de sacerdotes; se enseña al hombre a no abordarla jamás en su desnudez original, sino a través de ceremonias y sacramentos que la arrancan de la tierra, de la carne, y la metamorfosean en una criatura humana: entonces la magia que ella ostenta se canaliza como el rayo después de la invención del pararrayos y de las centrales eléctricas. Incluso resulta posible utilizarla en beneficio de la colectividad: se ve aquí otra fase de ese movimiento oscilatorio que define las relaciones del hombre con su hembra. La ama en tanto que es suya, la teme en tanto que permanece otra; pero precisamente siendo esa otra temible es como él busca hacerla más profundamente suya: eso será lo que le lleve a elevarla a la dignidad de una persona y a reconocerla como semejante. La magia femenina ha sido profundamente domesticada en la familia patriarcal. La mujer permite que la sociedad integre en ella las fuerzas cósmicas. En su obra Mitra-Varuna, Dumézil señala que tanto en la India como en Roma, el poder viril tiene dos maneras de afirmarse: en Varuna y Rómulo, en los Gandharvas y los Lupercales, hay agresión, rapto, desorden, hibris; entonces la mujer se presenta como un ser al que es preciso raptar, violentar; las Sabinas raptadas se muestran estériles, y entonces las azotan con correas de piel de macho cabrío, compensando con la violencia un exceso de violencia. Sin embargo, Mitra, Numa, los brahmanes y los flamines aseguran, por el contrario, el orden y el equilibrio razonables de la ciudad: entonces la mujer se une al marido por medio de un matrimonio de complicado ritual y, colaborando con él, le asegura el dominio de todas las fuerzas femeninas de la Naturaleza; en {206} Roma, si la flamina muere, el flamen dialis dimite de sus funciones. Es así como en Egipto, habiendo perdido Isis su poder supremo de diosa madre, sigue siendo, no obstante, generosa, sonriente, benévola y sabia, esposa magnífica de Osiris. Pero, cuando la mujer 90 90 aparece así asociada al hombre, su complemento, su mitad, necesariamente está dotada de una conciencia, de un alma; no podría depender tan íntimamente de un ser que no participase de la esencia humana. Ya se ha visto que las Leyes de Manu prometían a la esposa legítima el mismo paraíso que al esposo. Cuanto más se individualiza el varón y reivindica su individualidad, más reconocerá en su compañera un individuo y una libertad. El oriental, despreocupado de su propio destino, se contenta con una mujer que es para él objeto de placer; pero el sueño del occidental, una vez que se ha elevado a la conciencia de lo singular de su ser, se cifra en ser reconocido por una libertad extraña y dócil. El griego no encuentra en la prisionera del gineceo al semejante que reclama: por eso deposita su amor en compañeros masculinos cuya carne está habitada, como la suya, por una conciencia y una libertad; o bien se lo dedica a las hetairas, cuya independencia, cultura e inteligencia casi las hacen sus iguales.





 Pero, cuando las circunstancias lo permiten, quien mejor puede satisfacer las exigencias del hombre es la esposa. El ciudadano romano ve en la matrona una persona: en Cornelia, en Arria, posee a su doble. Paradójicamente, será el cristianismo el que proclame, en cierto plano, la igualdad entre el hombre y la mujer. Detesta en ella la carne; si la mujer se niega como carne, entonces, con los mismos títulos que el varón, es una criatura de Dios, rescatada por el Redentor: hela situada junto a los varones, entre las almas prometidas a las dichas celestiales. Hombres y mujeres son servidores de Dios, casi tan asexuados como los ángeles, y, juntos, con ayuda de la gracia, rechazan las tentaciones de la tierra. Si acepta renegar de su animalidad, la mujer, por el hecho mismo de encarnar el pecado, será también la más radiante encarnación {207} del triunfo de los elegidos que han vencido al pecado (1). Bien entendido, el divino Salvador que obra la Redención de los hombres, es varón; pero es preciso que la Humanidad coopere a su propia salvación: bajo su figura más humillada y más perversa será llamada a manifestar su buena voluntad sumisa. Cristo es Dios; pero es una mujer, la Virgen Madre, la que reina sobre todas las criaturas humanas. Sin embargo, solamente las sectas que se desarrollan al margen de la sociedad resucitan en la mujer los antiguos privilegios de las grandes diosas. La Iglesia expresa y sirve a una civilización patriarcal, en la que conviene que la mujer permanezca como anexo del hombre. Al convertirse en su dócil sirviente, se hará también santa bendecida. Así, en el corazón de la Edad Media, se yergue la más acabada imagen de la mujer propicia a los hombres: el rostro de la Madre de Cristo se circunda de gloria. Es la figura inversa de Eva la pecadora; aplasta a la serpiente bajo sus plantas; es la mediadora de la salvación, como Eva lo ha sido de la condenación. (1) De ahí proviene el lugar privilegiado que ocupa, por ejemplo, en la obra de Claudel. La mujer era temible en tanto que Madre; en la maternidad es donde hay que transfigurarla y esclavizarla. La virginidad de María tiene sobre todo un valor negativo: aquella por la que la carne ha sido rescatada, ya no es carnal; no ha sido tocada ni poseída. A la Gran Madre asiática tampoco se le reconocía esposo: había engendrado el mundo y reinaba solitaria sobre él; podía ser lúbrica por capricho, pero en ella la grandeza de la Madre no estaba disminuida por las servidumbres impuestas a la esposa. Así, pues, María no ha conocido la mancilla que implica la sexualidad. Emparentada con Minerva la guerrera, es torre de marfil, ciudadela, torreón inexpugnable. 





Las sacerdotisas de la Antigüedad, como la mayoría de las santas cristianas, eran también vírgenes: la mujer consagrada al bien debe serlo en todo el esplendor de sus fuerzas intactas; preciso es que conserve en su integridad no domeñada el principio de su feminidad. Si {208} a María se le niega su carácter de esposa, es para exaltar en ella más puramente a la Mujer-Madre. Pero únicamente será glorificada si acepta el papel subordinado que le ha sido asignado. «Soy la sierva del Señor.» Por primera vez en la Historia de la Humanidad, la madre se arrodilla delante de su hijo; reconoce libremente su inferioridad. He ahí la suprema victoria masculina, que se consuma en el culto de María: es este la 91 91 rehabilitación de la mujer mediante la realización de su derrota. Istar, Astarté y Cibeles eran crueles, caprichosas, lujuriosas: eran poderosas; fuente de muerte tanto como de vida, al alumbrar a los hombres, hacían de ellos sus esclavos. Como la vida y la muerte no dependen en el cristianismo nada más que de Dios, el hombre surgido del seno materno se ha evadido del mismo para siempre, la tierra no acecha nada más que sus huesos; el destino de su alma se decide en regiones donde los poderes de la madre han sido abolidos; el sacramento del bautismo hace irrisorias las ceremonias con que se quemaba o enterraba la placenta. Ya no hay sitio en la tierra para la magia: Dios es el único rey. La Naturaleza es originariamente mala: pero, ante la gracia, es impotente. La maternidad, en tanto que fenómeno natural, no confiere ningún poder. Así, pues, si la mujer quiere superar en sí misma la tara original, no tiene más remedio que inclinarse ante Dios, cuya voluntad la somete al hombre. Y, en virtud de esa sumisión, puede tomar en la mitología masculina un papel nuevo. Combatida, pisoteada, cuando se quería dominadora y en tanto que no había explícitamente abdicado, podrá ser ahora honrada como vasalla. No pierde ninguno de sus atributos primitivos, pero cambian de signo; de nefastos se hacen fastos; la magia negra se torna magia blanca. Sirviente, la mujer tiene derecho a las más espléndidas apoteosis. Y puesto que ha sido en calidad de Madre como ha sido sometida, será primeramente en tanto que madre como será querida y respetada. De los dos antiguos rostros de la maternidad, el hombre de hoy no quiere conocer sino el sonriente. Limitado en el tiempo y el espacio, no poseyendo más que un cuerpo y una vida finitos, el hombre solo es un individuo {209} en el seno de una naturaleza y una historia extrañas. Limitada como él, semejante a él, puesto que también está habitada por el espíritu, la mujer pertenece a la Naturaleza, está cruzada por la corriente infinita de la vida; de modo que aparece como mediadora entre el individuo y el cosmos. Cuando la figura de la madre se ha hecho tranquilizadora y santa, se comprende que el hombre se vuelva hacia ella con amor. Perdido en la Naturaleza, trata de salvarse de ella; pero separado de ella, aspira a reunírsele. Sólidamente asentada en la familia, en la sociedad, de acuerdo con las leyes y las costumbres, la madre es la encarnación misma del Bien: la Naturaleza de la cual participa se hace buena; ya no es enemiga del espíritu; y, si continúa siendo misteriosa, es un misterio sonriente, como el de las madonas de Leonardo da Vinci. El hombre no quiere ser mujer, pero sueña con abarcar en él todo cuanto es, y, por tanto, también a esa mujer que no es: en el culto que rinde a su madre, intenta apropiarse sus riquezas extrañas. Reconocerse hijo de su madre es reconocer a su madre en él, es integrar la feminidad en tanto que esta es ligazón con la tierra, la vida, el pasado. 





En las Conversaciones en Sicilia, de Vittorini, eso es lo que el héroe va a buscar cerca de su madre: el suelo natal, sus olores y sus frutos, su infancia, el recuerdo de sus antepasados, las tradiciones, las raíces de las que le ha separado su existencia individual. Es este mismo enraizamiento el que exalta en el hombre el orgullo de la superación; le place admirarse arrancándose de los brazos maternos para partir hacia la aventura, el porvenir, la guerra; esta partida sería menos conmovedora si no hubiese nadie que tratase de impedirla: entonces parecería un accidente, no una victoria duramente ganada. Y también le place saber que aquellos brazos permanecen prestos a acogerle. Tras la tensión de la acción, el héroe gusta de saborear nuevamente cerca de la madre el reposo de la inmanencia: ella es el refugio, el sueño; por la caricia de sus manos, se sumerge de nuevo en el seno de la Naturaleza, se deja llevar por la gran corriente de. la vida tan tranquilamente como en la matriz, como en la tumba. Y si la tradición quiere que muera llamando a su madre, es porque {210}, bajo la mirada maternal, la misma muerte está domesticada, simétrica al nacimiento, indisolublemente ligada a toda vida carnal. La madre permanece asociada a la muerte como en el antiguo mito de las Parcas; a ella corresponde enterrar a los muertos, llorarlos. Pero su papel consiste precisamente en integrar la muerte a la vida, a la sociedad, al bien. Así se estimula sistemáticamente el culto de las «madres heroicas»: si la sociedad obtiene que las madres cedan sus hijos a la muerte, se considera con derecho a asesinarlos. Debido a la influencia que la madre ejerce sobre sus hijos, a la sociedad le resulta ventajoso anexionársela: por esa razón se rodea a la madre de tantas muestras de respeto, se la dota de todas las virtudes, se crea respecto a ella una religión a la cual está 92 92 prohibido hurtarse, so pena de sacrilegio y de blasfemia; se la convierte en guardiana de la moral; sirviente del hombre, sirviente de los poderes, guiará dulcemente a sus hijos por los caminos trazados. Cuanto más resueltamente optimista es una colectividad, más dócilmente aceptará esa tierna autoridad, más se transfigurará en ella la madre. La «Mom» americana se ha convertido en ese ídolo que describe Philipp Wyllie en Generation of Vipers, porque la ideología oficial de Norteamérica es el más obstinado de los optimismos. Glorificar a la madre es aceptar el nacimiento, la vida y la muerte bajo su forma animal y social al mismo tiempo; es proclamar la armonía de la Naturaleza y de la sociedad. Porque sueña con la realización de esta síntesis es por lo que Auguste Comte hace de la mujer la divinidad de la futura Humanidad. Mas también es por eso por lo que todos los rebeldes se encarnizan con la figura de la madre; al escarnecerla, rechazan el dato que pretenden imponerles a través de la guardiana de las costumbres y las leyes (1) {211}. (1) Sería preciso citar aquí todo el poema de Michel Leiris intitulado La mère. He aquí algunos extractos característicos del mismo: La madre en negro, malva, violeta, / ladrona de noches, / es la hechicera cuya secreta industria os pone en el mundo, la que os acuna, os mima, os amortaja, cuando no abandona / postrer juguete / en vuestras manos, que lo depositan dulcemente en el féretro, su cuerpo encogido. (...) La madre / estatua ciega, fatalidad erguida en el centro del santuario inviolado / es la naturaleza que os acaricia, el viento que os inciensa, el mundo que os penetra todo entero, os eleva al cielo (arrebatado sobre múltiples espirales) y os pudre. (...) La madre / joven o vieja, bella o fea, misericordioso o terca / es la caricatura, el monstruo de la mujer celosa, el Prototipo fracasado, / tanto como la Idea (pitonisa marchita y encaramada en el trípode de su austera mayúscula) no es más que la parodia de los vivos, ligeros, tornasolados pensamientos... La madre / cadera rotunda o seca, seno temblequeante o firme / es el prometido declinar, desde el origen, a toda mujer, el desmenuzamiento progresivo de la roca chispeante bajo la oteada de menstruos, la lenta inhumación / bajo la arena del viejo desierto / de la caravana lujuriante y cargada de belleza. La madre / ángel de la muerte que acecha, del universo que enlaza, del amor al que rechaza la ola del tiempo / es la concha de insensato grafismo (signo de un seguro veneno) que hay que arrojar a los profundos estanques, generadora de círculos para las aguas olvidadas. La madre / charca sombría, eternamente de luto por todo y por nosotros mismos / es la pestilencia vaporosa que se irisa y revienta, hinchando pompa a pompa su enorme sombra bestial (vergüenza de carne y leche), rígido velo que un rayo aún no nacido debería desgarrar... ...............................






....... ................... ¿Le pasará jamás por las mientes a una de esas inocentes marranas arrastrarse descalza a través de los siglos para hacerse perdonar el crimen de habernos parido? El respeto que aureola a la Madre, las prohibiciones que la rodean, rechazan la hostil repugnancia que espontáneamente se mezcla con la ternura carnal que inspira. Sin embargo, el horror de la maternidad pervive bajo formas larvadas. En particular, es interesante observar que en Francia, desde la Edad Media, se ha forjado un mito secundario que permite a esas repugnancias expresarse libremente: es el mito de la Suegra. Desde los «fabliaux» hasta los «vaudevilles», es la maternidad en general lo que el hombre escarnece a través de la madre de su esposa, a la cual no defiende ningún tabú. Detesta que la mujer a quien ama haya sido engendrada: la suegra es la imagen evidente de la decrepitud a que ha condenado a su hija al darle el ser; su obesidad, sus arrugas, anuncian la obesidad y las arrugas prometidas a la joven casada, cuyo porvenir está así tristemente {212} prefigurado; al lado de su madre, ya no aparece ella como individuo, sino como el momento de una especie; ya no es la presa deseada, la compañera amada, porque su existencia singular se disuelve en la vida universal. Su particularidad es irrisoriamente contestada por la generalidad, la autonomía del espíritu por 93 93 su enraizamiento en el pasado y en la carne: esa irrisión es la que el hombre objetiva en un personaje grotesco; pero si hay tanto rencor en su risa es porque sabe muy bien que la suerte de su mujer es la de todo ser humano: es la suya. En todos los países, leyendas y cuentos han encarnado también en la segunda esposa el aspecto cruel de la maternidad. Es una madrastra la que busca la muerte de Blanca Nieves. En la suegra malvada -madame Fichini fustigando a Sophie a través de los libros de madame de Ségur- sobrevive la antigua Kali del collar de cabezas cortadas. Sin embargo, detrás de la Madre santificada, se apretuja la cohorte de magas blancas que ponen al servicio del hombre los jugos de las hierbas y las radiaciones astrales: abuelas, viejas con ojos llenos de bondad, sirvientas de gran corazón, hermanas de la caridad, enfermeras de manos maravillosas, mujer amante como la sueña Verlaine: Dulce, pensativa y morena y jamás extrañada, y que a veces te besa como un niño en la frente; se les presta el claro misterio de las cepas nudosas, del agua fresca; curan y sanan; su sabiduría es la silenciosa sabiduría de la vida, y comprenden sin palabras. A su lado, el hombre olvida todo orgullo; conoce la dulzura de abandonarse y de volver a ser niño, porque entre ellas y él no hay ninguna lucha de prestigio: no podría envidiar a la Naturaleza sus virtudes inhumanas; y, en su abnegación, las prudentes iniciadas que le cuidan se reconocen sus sirvientes; él se somete a su poder bienhechor, porque sabe que en esa sumisión sigue siendo su amo. Las hermanas, las amigas de la infancia, las puras muchachitas, todas las futuras madres, forman parte de esa bendita compañía. Y la esposa misma, una vez {213} disipada su magia erótica, aparece a los ojos de muchos hombres menos como amante que como madre de sus hijos. Desde el día en que la madre ha sido santificada y sometida, se puede sin temor reencontrarla en la compañera, igualmente santificada Y sumisa. Rescatar a la madre es redimir la carne y, por tanto, la unión carnal y la esposa. Privada de sus armas mágicas por los ritos nupciales, económica y socialmente subordinada a su marido, la «buena esposa» es para el hombre el más preciado tesoro. Le pertenece tan profundamente, que participa de la misma esencia que él: «Ubi tu Gaïus, ego Gaïa»; ella tiene su nombre, sus dioses, y él responde por ella: la llama su mitad. Se enorgullece de su mujer como de su casa, sus tierras, sus rebaños, sus riquezas, y, a veces, incluso más; a través de ella es como manifiesta su poder a los ojos del mundo: ella es su medida y su parte en la Tierra. Entre los orientales, la mujer debe ser gruesa: así se ve que está bien alimentada y hace honor a su dueño (1). Un musulmán es tanto más considerado cuanto mayor es el número de mujeres que posee y más floreciente es su aspecto. En la sociedad burguesa, uno de los papeles asignados a la mujer es el de representar: su belleza, su encanto, su inteligencia, su elegancia, son los signos exteriores de la fortuna del marido, con el mismo título que la carrocería de su automóvil.




 Rico, la cubre de pieles y alhajas. Más pobre, encomiará sus cualidades morales y su talento de ama de casa; el más desheredado, si ha conseguido una mujer que le sirva, cree poseer algo en la Tierra. Todo hombre resucita más o menos al rey Candaules: exhibe a su mujer, porque cree mostrar así sus propios méritos. (1) Véase la nota de la página 191. Pero la mujer no solo halaga la vanidad social del hombre; le permite también un orgullo más íntimo; le encanta el dominio que ejerce sobre ella; a las imágenes naturalistas de la reja del arado abriendo el surco, se superponen símbolos más espirituales cuando la mujer es una persona; no solo eróticamente, sino moral e intelectualmente, es como el marido «forma» a su esposa; la educa, la marca {214}, le impone su impronta. Uno de los sueños en los que el hombre se complace es el de la impregnación de las cosas por su voluntad, el modelado de su forma, la penetración de su sustancia: la mujer es, por excelencia, la «pasta maleable» que se 94 94 deja pasivamente amasar y moldear; al mismo tiempo que cede, resiste, lo cual permite que la acción masculina se perpetúe. Una materia demasiado plástica se anula por su docilidad; lo que hay de precioso en la mujer es que algo en ella escapa indefinidamente a todo abrazo; así, el hombre es dueño de una realidad tanto más digna de ser dominada cuanto que le desborda. La mujer despierta en él a un ser ignorado que reconoce con orgullo como a sí mismo; en las sabias orgías conyugales, descubre el esplendor de su animalidad: él es el Macho; correlativamente, la mujer es la hembra, pero esta palabra adquiere en ocasión las más lisonjeras resonancias: la hembra que incuba, amamanta, lame a sus pequeños, los defiende, los salva con peligro de su propia vida, es un ejemplo para la Humanidad; con emoción, el hombre reclama de su compañera esa paciencia, esa abnegación; es todavía la Naturaleza, pero penetrada de todas las virtudes útiles a la sociedad, a la familia, al jefe de la familia, lo que este cree tener en su hogar. Uno de los deseos comunes al niño y al hombre es el de desvelar el secreto escondido en el interior de las cosas; desde ese punto de vista, la materia es decepcionante: una muñeca rota deja su vientre al exterior, ya no tiene interioridad; la intimidad viva es más impenetrable; el vientre femenino es el símbolo de la inmanencia, de la profundidad; en parte revela estos secretos, entre otros cuando el placer se inscribe en el rostro femenino; pero también los retiene; el hombre capta a domicilio las oscuras palpitaciones de la vida, sin que la posesión destruya su misterio. En el mundo humano, la mujer traspone las funciones de la hembra animal: conserva la vida, reina en las regiones de la inmanencia; transporta al hogar el calor y la intimidad de la matriz; ella es quien guarda y anima la morada donde se ha depositado el pasado, donde se prefigura el porvenir; engendra la generación futura y alimenta a los hijos ya nacidos; gracias a ella, la existencia que {215} el hombre consume a través del mundo en el trabajo y la acción, se reúne al volver a sumergirse en su inmanencia: cuando el hombre regresa por la tarde a su casa, ya está anclado en la tierra; gracias a la mujer, está asegurada la continuidad de los días; cualesquiera que sean los azares que afronte en el mundo exterior, ella garantiza la repetición de las comidas, del sueño; ella repara todo cuanto la actividad destruye o gasta: prepara los alimentos del trabajador fatigado, le cuida si está enfermo, remienda, lava. Y en el universo conyugal que ella constituye y perpetúa, introduce todo un vasto mundo: enciende el fuego, pone flores en la casa, domina los efluvios del sol, del agua, de la tierra. Un escritor burgués citado por Bebel resume así seriamente este ideal: «El hombre quiere alguien cuyo corazón palpite por él, cuya mano le enjugue la frente, que haga irradiar paz, orden y tranquilidad, que ejerza una silenciosa autoridad sobre él mismo y sobre las cosas que encuentra todos los días al entrar en su casa; quiere alguien que difunda sobre todas las cosas ese indefinible perfume de mujer que es el calor vivificante de la vida en el hogar.» Ya se ve cuánto se ha espiritualizado la figura femenina desde la aparición del cristianismo; la bondad, el calor, la intimidad que el hombre desea captar a través de ella han dejado de ser cualidades sensibles; en lugar de resumir la sabrosa apariencia de las cosas, se convierte en su alma; más profunda que el misterio carnal, anida en su corazón una secreta y pura presencia en la cual se refleja la verdad del mundo. Ella es el alma de la casa, de la familia, del hogar. Es también el alma de las colectividades más vastas: ciudad, provincia o nación. Jung hace notar que las ciudades siempre han sido asimiladas a la Madre por el hecho de que contienen en su seno a los ciudadanos: por esa razón Cibeles aparece coronada de torres; por el mismo motivo se habla de la «madre patria»; pero no es solo el suelo nutricio, sino una realidad más sutil la que halla en la mujer su símbolo. 






En el Antiguo Testamento y en el Apocalipsis, Jerusalén y Babilonia no son exclusivamente madres: son también esposas {216}. Hay ciudades vírgenes y ciudades prostitutas, como Babel y Tiro. También se ha llamado a Francia la «hija mayor» de la Iglesia; Francia e Italia son hermanas latinas. En las estatuas que representan a Francia, Roma, Germania, y en las que, en la plaza de la Concordia, evocan a Estrasburgo y Lyon, no está especificada la función de la mujer, sino solo su feminidad. Esta asimilación no es exclusivamente alegórica: multitud de hombres la realizan afectivamente (1). 95 95 (1) Es alegórica en el vergonzoso poema que Claudel acaba de consumar en el que llama a Indochina «Esa mujer amarilla»; es afectiva, por el contrario, en los versos del poeta negro: El alma del negro país donde duermen los ancianos vive y habla esta noche en la fuerza inquieta a lo largo de tus riñones huecos. Es un hecho frecuente que el viajero pida a la mujer la clave de las regiones que visita: cuando tiene entre sus brazos a una italiana o una española, se le antoja poseer la sabrosa esencia de Italia o de España. «Cuando llego a una nueva ciudad, siempre empiezo por ir al burdel», decía un periodista. Si un espeso chocolate puede descubrirle a Gide toda España, con mayor razón los besos de una boca exótica entregarán al amante un país con su flora, su fauna, sus tradiciones, su cultura. La mujer no resume sus instituciones políticas ni sus riquezas económicas; pero encarna a la vez su pulpa carnal y su maná místico. De la Graziella de Lamartine a las novelas de Loti y las novelas cortas de Morand, es a través de las mujeres como se ve al extranjero tratar de apropiarse el alma de una región. Mignon, Sylvie, Mireille, Colomba, Carmen desvelan la verdad más íntima de Italia, del Valais, de la Provenza, de Córcega, de Andalucía. El que Goethe se hiciese amar por la alsaciana Federica les ha parecido a los alemanes un símbolo de la anexión de Alsacia por Alemania, y, recíprocamente, cuando Colette Baudoche rehusa desposarse con un alemán, a los ojos de Barrès es Alsacia la que se niega a Alemania; simboliza a Aigues-Mortes y a toda una civilización refinada y friolera {217} en la personilla de Bérénice, que representa también la sensibilidad del propio escritor. Porque en la que es el alma de la Naturaleza, de las ciudades, del Universo, el hombre reconoce también a su misterioso doble; el alma del hombre es Psique, una mujer. Psique tiene rasgos femeninos en Ulalume, de Edgar A. Poe: «Aquí, una vez, a lo largo de una titánica avenida de cipreses, erraba yo con mi alma / una avenida de cipreses con Psique, mi alma... Así pacifiqué yo a Psique y la besé... y le dije: Dulce hermana, ¿qué hay, escrito sobre la puerta?» Y Mallarmé, dialogando en el teatro con «un alma, o bien nuestra idea» (a saber, la divinidad presente en el espíritu del hombre), la llama «una tan exquisita dama anormal (sic)» (1). Y Valéry la interpela así: Armonioso yo diferente de un sueño. ¡Mujer flexible y firme de continuados silencios y actos puros!... Misterioso yo... (1) Crayonné au théâtre. Las ninfas y las hadas las ha sustituido el mundo cristiano por presencias menos carnales; pero los hogares, los paisajes, las ciudades y los mismos individuos siguen estando poblados por una impalpable feminidad. Esta verdad sepultada en la noche de las cosas resplandece también en el cielo; inmanencia perfecta, el Alma es, al mismo tiempo, lo trascendente, la Idea. No solamente las ciudades y las naciones, sino entidades, instituciones abstractas, revisten rasgos femeninos: la Iglesia, la Sinagoga, la República, la Humanidad, son mujeres, y también la Paz, la Guerra, la Libertad, la Revolución, la Victoria. El ideal que el hombre se propone como lo Otro esencial, él lo feminiza, porque la mujer es la figura sensible de la alteridad; por eso casi todas las alegorías, tanto en el lenguaje como en la iconografía {218}, son mujeres (1). Alma e Idea, la mujer es 96 96 también mediadora entre una y otra: ella es la Gracia que conduce al cristiano hacia Dios, y Beatriz guiando a Dante en el más allá, y Laura llamando a Petrarca hacia las altas cumbres de la poesía. En todas las doctrinas que asimilan la Naturaleza al Espíritu, ella aparece como Armonía, Razón, Verdad. Las sectas gnósticas habían hecho de la Sabiduría una mujer: Sofía; le atribuían la redención del mundo y hasta su creación. Entonces la mujer ya no es carne, sino cuerpo glorioso; ya no se pretende poseerla, se la venera en su esplendor intocado; las pálidas muertas de Edgar A. Poe son fluidas como el agua, como el viento, como el recuerdo; para el amor cortés, para los «preciosos» y para toda la tradición galante, la mujer ya no es una criatura animal, sino un ser etéreo, un soplo, una luz. Así se convierte en transparencia la opacidad de la Noche femenina, en pureza la negrura, como en estos textos de Novalis: (1) La filología se muestra respecto a esta cuestión un tanto misteriosa; todos los lingüistas están de acuerdo en reconocer que la distribución de las palabras concretas en géneros es puramente accidental. En francés, sin embargo, la mayoría de las entidades pertenecen al género femenino: belleza, lealtad, etc. Y en alemán, la mayoría de las palabras importadas, extrañas, otras, son también femeninas: die Bar, etc. «Éxtasis nocturnal, sueño celeste, tú descendiste hacia mí; el paisaje se elevó suavemente, y, por encima del paisaje, mi espíritu planeó liberado, regenerado. El texto hízose nube, y a través de ella percibí los rasgos transfigurados de la Bien Amada. ¿Te somos, pues, agradables, también a ti, noche sombría?... Fluye de tus manos un bálsamo precioso; de tu haz desciende un rayo luminoso. Tú retienes las pesadas alas del alma. Nos embarga una emoción oscura e indecible: veo un semblante grave, gozosamente asustado, que se inclina hacia mí, y reconozco bajo los bucles enlazados la querida juventud de la Madre... Más celestes que esas estrellas centelleantes nos parecen los ojos infinitos que la Noche ha abierto en nosotros.» La atracción descendente ejercida por la Mujer se ha invertido {219}; ya no llama al hombre hacia el corazón de la tierra, sino hacia el cielo. El Eterno Femenino nos atrae hacia lo alto, proclama Goethe al final del Segundo Fausto. Puesto que la Virgen María es la imagen más acabada, más generalmente venerada de la mujer regenerada y consagrada al Bien, resulta interesante ver cómo aparece a través de la literatura y la iconografía. He aquí un extracto de las letanías que le dirigía en la Edad Media la cristiandad enfervorizada: ... Virgen Excelsa, eres Rocío fecundo, Fuente de Gozo. Canal de misericordias, Pozo de aguas vivas que extinguen nuestros ardores. Eres la Mama con que Dios amamanta a los huérfanos... Eres la Médula, la Miga, el Núcleo de todos los bienes. Eres la Mujer sin malicia, cuyo amor jamás cambia... Eres la Piscina probática, el Remedio de las vidas leprosas, la Médica sutil, cuyo par no se encuentra ni en Salerno ni en Montpellier... Eres la Dama de manos curativas, cuyos dedos, tan bellos, tan blancos, tan largos, restauran narices y bocas, renuevan ojos y orejas. Apaciguas a los ardientes, reanimas a los paralíticos, corriges a los timoratos, resucitas 97 97 a los muertos. En tales invocaciones se halla la mayor parte de los atributos femeninos que ya hemos indicado. La virgen es fecundidad, rocío, fuente de vida; muchas imágenes la representan como pozo, manantial, fuente; la expresión «fuente de vida» es una de las más difundidas; no es creadora, pero fertiliza, hace surgir a la superficie lo que estaba escondido en la tierra. Es la profunda realidad encerrada como un germen bajo la apariencia de las cosas: el Núcleo, la Médula. Por ella se apaciguan los deseos: ella es lo que le ha sido dado al hombre para saciarlo. Dondequiera que la vida esté amenazada, ella la salva y la restaura: cura y fortifica {220}. Y como la vida emana de Dios, siendo intermediaria entre la vida y el hombre, es también trujamán entre la Humanidad y Dios. «Puerta del diablo», decía Tertuliano. 






Pero, transfigurada, es puerta del cielo; algunos cuadros la representan en el acto de abrir una puerta o una ventana que da al paraíso, o bien alzando una escala entre la Tierra y el firmamento. Más claramente, hela abogada, postulando cerca de su Hijo por la salvación de los hombres: multitud de cuadros del Juicio Final muestran a la Virgen descubriendo sus senos y suplicando a Cristo en nombre de su gloriosa maternidad. Protege entre los pliegues de su manto a los hijos de los hombres; su amor misericordioso los sigue a través de los océanos, los campos de batalla, de todos los peligros. En nombre de la caridad, doblega la Justicia divina: se ven «Vírgenes con balanza» que, sonriendo, hacen inclinarse del lado del Bien el platillo donde se pesan las almas. Este papel misericordioso y tierno es uno de los más importantes de todos cuantos han sido reservados a la mujer. Incluso integrada en la sociedad, la mujer desborda sutilmente sus fronteras, porque posee la insidiosa generosidad de la Vida. Es esta distancia entre las construcciones queridas por los varones y la contingencia de la Naturaleza lo que parece inquietante en ciertos casos: pero se hace benéfica cuando la mujer, demasiado dócil para amenazar la obra de los hombres, se limita a enriquecerla y suavizar las líneas demasiado acusadas. Los dioses masculinos representan al Destino; por parte de las diosas, hallamos una benevolencia arbitraria, un favor caprichoso. El Dios cristiano tiene los rigores de la Justicia; la Virgen tiene la dulzura de la Caridad. En la Tierra, los hombres son defensores de las leyes, de la razón, de la necesidad; la mujer conoce la contingencia original del hombre mismo y de esa necesidad en la cual cree; de ahí proviene la misteriosa ironía que florece en sus labios y su generosa flexibilidad. Ha parido en el dolor, ha curado las heridas de los varones, amamanta al recién nacido y amortaja a los muertos; conoce del hombre todo cuanto veja su orgullo y humilla su voluntad. Mientras se inclina ante él, sometiendo la carne al espíritu, se mantiene en las {221} fronteras carnales del espíritu; y pone en tela de juicio la seriedad de las duras arquitecturas masculinas: suaviza sus aristas introduciendo en ellas un lujo gratuito, una gracia imprevista. Su poder sobre los hombres proviene de que los llama tiernamente a una conciencia modesta de su auténtica condición; ese es el secreto de su sabiduría desengañada, dolorosa, irónica y amante. Hasta la frivolidad, el capricho y la ignorancia son en ella virtudes encantadoras, porque florecen más acá y más allá del mundo en que el hombre ha elegido vivir, pero donde no le gusta sentirse encerrado. Frente a significaciones estancadas, a instrumentos conformados para fines útiles, ella levanta el misterio de las cosas intactas; ha hecho pasar por las calles de las ciudades y por los campos cultivados el soplo de la poesía. La poesía pretende captar lo que existe más allá de la prosa cotidiana: la mujer es una realidad eminentemente poética, puesto que en ella el hombre proyecta todo cuanto no decide ser. Ella encarna el Sueño; el sueño es para el hombre la presencia más íntima N, la más extraña, lo que no quiere, lo que no hace, a lo que aspira y lo que no podrá alcanzar; lo Otro misterioso, que es la profunda inmanencia y la lejana trascendencia, le prestará sus rasgos. Es así como Aurelia visita en sueños a Nerval y le entrega el mundo entero bajo la figura del sueño: «Se puso a crecer bajo un claro rayo de luz de tal suerte, que, poco a poco, el jardín fue tomando forma, y los arriates y los árboles convertíanse en los rosetones y festones de su vestido, 98 98 mientras su figura y sus brazos imprimían sus contornos a las purpúreas nubes del cielo. Yo la perdía de vista a medida que se transfiguraba, porque parecía desvanecerse en su propia grandeza. «¡Oh, no me huyas! -exclamé-; porque la Naturaleza muere contigo.» Siendo la mujer la sustancia misma de las actividades poéticas del hombre, se comprende que aparezca como su inspiradora: las Musas son mujeres. La Musa es mediadora entre el creador y las fuentes naturales donde debe beber. A través de la mujer, cuyo espíritu está profundamente comprometido en la Naturaleza, el hombre sondeará los abismos del silencio y de la noche fecunda. La Musa no crea {222} nada por sí misma; es una Sibila que ha adquirido sabiduría y se ha hecho dócilmente sirvienta de un amo. Hasta en los dominios concretos y prácticos serán útiles sus consejos. El hombre quiere alcanzar, sin ayuda de sus semejantes, los fines que se inventa; y, a menudo, el parecer de otro hombre le resultaría importuno; sin embargo, se imagina que la mujer le habla en nombre de otros valores, en nombre de una sabiduría que él no pretende poseer, más instintiva que la suya, más inmediatamente acordada con lo real; son «intuiciones» lo que Egeria entrega al consultante; la interroga sin amor propio, como interrogaría a los astros. Esta «institución» se introduce hasta en los negocios o en la política: Aspasia y madame de Maintenon todavía hacen hoy carreras florecientes (1). (1) Ni que decir tiene que, en verdad, manifiestan cualidades intelectuales completamente idénticas a las de los hombres. Hay otra función que el hombre confía de buen grado a la mujer: siendo objeto de las actividades de los hombres y fuente de sus decisiones, aparece al mismo tiempo como medida de los valores. Se revela como un juez privilegiado. 





No es solo para poseerlo por lo que el hombre sueña con un Otro, sino también para ser confirmado por él; ser confirmado por hombres, que son sus semejantes, exige de él una tensión constante: por ello desea que una mirada venida de fuera confiera a su vida, a sus empresas, a él mismo, un valor absoluto. La mirada de Dios es una mirada oculta, extraña, inquietante: incluso en las épocas de fe, solo algunos místicos se sentían abrasados por ella. Ese papel divino es el que con frecuencia se ha asignado a la mujer. Próxima al hombre, dominada por él, no plantea valores que le sean extraños; y, sin embargo, como ella es otro, permanece exterior al mundo de los hombres y, por tanto, es capaz de captarlo con objetividad. Es ella quien en cada caso singular denunciará la presencia o la ausencia del valor, de la fuerza, de la belleza, confirmando desde fuera su precio universal. Los hombres están demasiado ocupados con sus relaciones de cooperación y de lucha para constituir un público los {223} unos de los otros: no se contemplan. La mujer está al margen de sus actividades, no toma parte en las justas y combates: toda su situación la destina a representar ese papel de mirada. El caballero combate en el torneo por su dama; lo que los poetas tratan de obtener es el sufragio de las mujeres. Cuando Rastignac quiere conquistar París, en lo primero que piensa es en tener mujeres, menos para poseerlas en sus cuerpos que para gozar de esa reputación que únicamente ellas son capaces de crearle a un hombre. Balzac ha proyectado en sus jóvenes héroes la historia de su propia juventud: él empezó a formarse junto a queridas mayores que él; y no solo en Le Lys dans la vallée representa la mujer ese papel de educadora, sino que es también el que se le asigna en L'éducation sentimentale, en las novelas de Stendhal y en multitud de otras novelas de aprendizaje. Ya hemos visto que la mujer es a la vez physis y antiphysis: tanto como a la Naturaleza, encarna a la Sociedad; en ella se resume la civilización de una época, su cultura, como se ve en los poemas cortesanos, en el Decamerón, en L'Astrée, ella lanza modas, reina en los salones, dirige y refleja la opinión. La celebridad, la gloria, son mujeres. «La multitud es mujer», decía Mallarmé. Cerca de las mujeres, el joven se inicia en el «mundo» y en esta realidad compleja que llamamos «vida». Ella es uno de los fines privilegiados que persiguen el héroe, el aventurero, el individualista. En la Antigüedad vemos a Perseo liberar a Andrómeda, a Orfeo buscar a Eurídice en los infiernos y a Troya combatir para conservar a la bella Helena. Los libros de caballerías apenas conocen otras proezas que la liberación de 99 99 princesas cautivas. ¿Qué haría el Príncipe Azul si no despertase a la Bella Durmiente del Bosque, si no colmase con sus dones a Piel de Asno? El mito del rey desposando a una pastora lisonjea al hombre tanto como a la mujer. El hombre rico necesita dar, porque de lo contrario su riqueza inútil es una riqueza abstracta: necesita tener enfrente alguien a quien dar. El mito de Cenicienta, que Philipp Wyllie ha descrito con complacencia en Generation of Vipers, florece sobre todo en los países prósperos; tiene más fuerza en Norteamérica que en cualquier otro lugar {224}, porque a los hombres les embarazan allí más sus riquezas: ese dinero para ganar el cual han empleado toda su vida, ¿cómo lo gastarían si no lo dedicasen a una mujer? Orson Welles, entre otros, ha encarnado en Ciudadano Kane al imperialismo de esa falsa generosidad: para afirmar su propio poder, Kane opta por aplastar con sus dones a una oscura cantante e imponerla al público como una gran actriz; también en Francia podrían citarse multitud de ciudadanos Kane, en pequeña escala. En esa otra película titulada El filo de la navaja, cuando el héroe regresa de la India provisto de la sabiduría absoluta, el único uso que puede hacer de ella consiste en redimir a una prostituta. Está claro que, al soñarse así como donante, liberador, redentor, el hombre desea todavía la sumisión de la mujer; porque para despertar a la Bella Durmiente del Bosque es preciso que duerma; hacen falta ogros y dragones para que haya princesas cautivas. Sin embargo, cuanto mayor es el gusto del hombre por las empresas difíciles, con mayor placer concederá la independencia a la mujer. Vencer es todavía más fascinante que liberar o dar. El ideal del hombre medio occidental es una mujer que sufra libremente su dominación, que no acepte sus ideas sin discusión, pero que ceda ante sus razones, que le resista con inteligencia para terminar dejándose convencer. Cuanto más se exalta su orgullo, más le agrada que la aventura sea peligrosa: resulta más hermoso domeñar a Pentesilea que desposarse con una 





Cenicienta consentidora. «El guerrero ama el peligro y el juego -dice Nietzsche-, y por eso ama a la mujer, que es el juego más peligroso.» El hombre que ama el peligro y el juego ve sin desagrado que la mujer se torne amazona, si mantiene la esperanza de reducirla (1): lo que su corazón exige es que esa lucha siga siendo para él un juego, mientras que la mujer {225} empeña en la misma su destino; esa es la verdadera victoria del hombre, libertador y conquistador: que la mujer le reconozca libremente como su destino. (1) Las novelas policíacas americanas -o escritas al modo americano- son notable ejemplo de ello. Los héroes de Peter Cheyney, entre otros, siempre están enzarzados con una mujer extremadamente peligrosa, indomable para otros que no sean ellos: tras un duelo que se desarrolla a lo largo de toda la novela, resulta finalmente vencida por Campion o Callagham, y cae en sus brazos. Así, la expresión «tener una mujer» encubre un doble sentido: las funciones de objeto y de juez no están disociadas. Desde el momento en que a la mujer se la considera una persona, no se la puede conquistar sin su consentimiento; hay que ganarla. Es la sonrisa de la Bella Durmiente del Bosque la que colma de dicha al Príncipe Azul; son las lágrimas de felicidad y gratitud de las princesas cautivas las que dan su verdad a la proeza del caballero. Inversamente, su mirada no tiene la severidad abstracta de una mirada masculina, se deja encantar. Así, el heroísmo y la poesía son modos de seducción; pero, al dejarse seducir, la mujer exalta el heroísmo y la poesía. A los ojos del individualista, ejerce ella un privilegio aún más esencial: se le aparece, no como la medida de valores universalmente reconocidos, sino como la revelación de sus méritos singulares y de su mismo ser. A un hombre lo juzgan sus semejantes de acuerdo con lo que hace, en su objetividad y según medidas generales. Pero algunas de sus cualidades y, entre otras, sus cualidades vitales, no pueden interesar más que a la mujer; no es viril, encantador, seductor, tierno, cruel, sino en función de ella; si es a estas secretísimas virtudes a las que concede valor, tiene de ella una necesidad absoluta; por ella conocerá el milagro de aparecerse a sí mismo como si fuese otro, un otro que es también su yo más profundo. Hay un texto de Malraux que expresa admirablemente lo que el individualista espera de la mujer amada. Kyo se pregunta: «Uno oye la voz de los otros con los oídos; la suya propia la oye con la garganta. Sí. También su vida la oye con la garganta ... ¿Y la de los 100 100 demás?... Para los demás, soy lo que he hecho ... Únicamente para May no era lo que había hecho; solo para él era ella algo enteramente distinto de su biografía. La ayuda del abrazo por medio del cual mantiene el amor a los seres pegados uno contra otro frente a la soledad, no se la prestaba ella al hombre, sino al loco, al monstruo incomparable, preferible a todo cuanto todo ser es para sí mismo y que él {226} acaricia en el fondo de su corazón. Desde que murió su madre, May era el único ser para quien él no era Kyo Gisors, sino la más estrecha complicidad... Los hombres no son mis semejantes, ellos son quienes me miran y me juzgan; mis semejantes son quienes me aman y no me miran, los que me aman contra todo, los que me aman contra el fracaso, contra la bajeza, contra la traición, los que me aman a mí y no a lo que he hecho o haré, los que me amarán mientras me ame a mí mismo, comprendido hasta el suicidio» (1). Lo que hace humana y conmovedora la actitud de Kyo es que implica reciprocidad y pide de May que le ame en su autenticidad, no que le devuelva un reflejo complaciente de sí mismo. 





En muchos hombres, esta exigencia se degrada: en lugar de una revelación exacta, buscan en el fondo de dos ojos vivaces su imagen nimbada de admiración y de gratitud, divinizada. Si tan frecuentemente se ha comparado a la mujer con el agua, es porque, entre otras cosas, ella es el espejo donde se contempla el Narciso masculino: se inclina sobre ella con buena o con mala fe. Pero lo que en todo caso le pide es que sea fuera de él todo cuanto no puede él aprehender en sí mismo, porque la interioridad de lo existente no es más que la nada, y porque, para alcanzarse, necesita proyectarse en un objeto. La mujer es para él la suprema recompensa, puesto que ella, bajo una forma extraña que puede él poseer en su carne, es su propia apoteosis. Es a ese «monstruo incomparable», a sí mismo, a quien estrecha entre sus brazos, cuando abraza al ser que resume para él al Mundo y a quien ha impuesto sus valores y sus leyes. Al unirse entonces a ese otro a quien ha hecho suyo, espera alcanzarse a sí mismo. Tesoro, presa, juego y riesgo, musa, guía, juez, mediadora y espejo, la mujer es lo Otro en lo que el sujeto se supera sin limitarse y que se opone a él sin negarlo; ella es lo Otro que se deja anexionar sin cesar de ser lo Otro. De ahí que sea tan necesaria para la dicha del hombre y para su triunfo, que puede decirse que, si no existiese, los hombres la habrían inventado {227}. (1) La condición humana. Y la han inventado (1). Pero también existe sin su invención. Por eso, al mismo tiempo que la encarnación de su sueño, ella es su fracaso. No existe una sola de las figuras de la mujer que no engendre inmediatamente su figura inversa: ella es la Vida y la Muerte, la Naturaleza y el Artificio, la Luz y la Noche. Bajo cualquier aspecto que la consideremos, hallamos siempre la misma oscilación por el hecho de que lo inesencial retorna necesariamente a lo esencial. En las figuras de la Virgen María y de Beatriz subsisten Eva y Circe. (1) «El hombre ha creado a la mujer, pero ¿con qué? Con una costilla de su dios, de su ideal», (NIETZSCHE: El crepúsculo de los ídolos). «Por la mujer -escribe Kierkegaard- entre la idealidad en la vida, y, sin ella, ¿qué sería del hombre? Muchos hombres se han convertido en genios gracias a una joven... Pero ninguno de ellos se convirtió en genio gracias a la joven cuya mano obtuvo...» «En el contexto de una relación negativa es como la mujer hace al hombre productivo en la idealidad... Unas relaciones negativas con la mujer pueden hacernos infinitos... Unas relaciones positivas con la mujer hacen al hombre finito en las más vastas proporciones» (2). Es decir, que la mujer resulta necesaria en la medida en que subsiste como Idea en la que el hombre proyecta su propia trascendencia, pero es nefasta en tanto que realidad objetiva, existiendo para sí y limitada a sí misma. Al negarse a desposar a su prometida es cuando Kierkegaard estima haber establecido con la mujer la única relación válida. Y tiene razón en el sentido de que el mito de la mujer planteada como un Otro infinito entraña inmediatamente su contrario. 101 101 (2) In vino veritas. Porque es un falso Infinito, un Ideal sin verdad, la mujer se descubre como finitud y mediocridad y, al mismo tiempo, como mentira. Es así como aparece en Laforgue; en toda su obra, este expresa su rencor contra una mistificación de la que hace tan responsable al hombre como a la mujer. Ofelia y Salomé no son de hecho más que «insignificantes mujeres» {228}. Hamlet piensa: «Es así como Ofelia me hubiese amado, como su “bien” y porque social y moralmente era yo superior a los bienes de sus amigas. Y las frasecitas que se le escapaban a la hora en que se encienden las lámparas respecto al bienestar y las comodidades.» La mujer hace soñar al hombre; sin embargo, piensa en sus comodidades, en sus ollas; le hablan de su alma, cuando no es más que un cuerpo. Y, creyendo perseguir el Ideal, el amante es un juguete de la Naturaleza, que utiliza todas sus místicas con fines de reproducción. En verdad, ella representa lo cotidiano de la existencia; es bobería, prudencia, mezquindad, aburrimiento. Es lo que expresa, entre otras cosas, el poema intitulado «Nuestra compañerita»: ...Tengo el arte de todas las escuelas. Tengo almas para todos los gustos. Coged la flor de mis rostros, bebed mi boca y no mi voz, y no busquéis nada más: nadie vio claro allí, ni siquiera yo. Nuestros amores no son iguales para que os tienda la mano. ¡No sois más que varones ingenuos y yo soy el Eterno Femenino! ¡Mi Designio se pierde en las Estrellas! ¡Yo, yo soy la Gran Isis! Nadie me ha levantado el velo. No penséis sino en mis oasis... El hombre ha logrado sojuzgar a la mujer, pero en esa medida la ha despojado de lo que hacía deseable su posesión. Integrada en la familia y la sociedad, la magia de la mujer más se disipa que se transfigura; reducida a la condición de sirviente, ya no es esa presa indomada en la cual se encarnaban todos los tesoros de la Naturaleza. Desde el nacimiento del amor cortesano, ya es un lugar común lo de que el matrimonio mata al amor. Demasiado despreciada o demasiado respetada, demasiado cotidiana, la esposa ya no es un objeto erótico. Los ritos del matrimonio están primitivamente {229} destinados a defender al hombre contra la mujer; esta se convierte en su propiedad: pero todo lo que poseemos nos posee a su vez; también el matrimonio es para el hombre una servidumbre; entonces es cuando cae en la trampa tendida por la Naturaleza: por haber deseado una joven lozana, el varón debe alimentar durante toda su vida a una gorda matrona, a una vieja reseca; la delicada joya destinada a embellecer su existencia se convierte en un fardo odioso: Jantipa es uno de los tipos femeninos de quienes los hombres han hablado siempre con más horror (1). Pero, incluso cuando la mujer es joven, hay en el matrimonio una mistificación, puesto que, pretendiendo socializar el erotismo, no ha conseguido sino matarlo. Y es que el erotismo implica una reivindicación del instante contra el tiempo, del individuo contra la colectividad; afirma la separación contra la comunicación; es rebelde a toda reglamentación; contiene un principio hostil a la sociedad. Jamás las costumbres se han plegado al rigor de las instituciones y las leyes: el amor se ha afirmado contra ellas en todos los tiempos. Bajo su figura sensual, se dirige en Grecia y en Roma a los jóvenes o a las cortesanas; carnal y platónico a la vez, el amor cortesano está siempre destinado a la esposa de otro. Tristán es la epopeya del adulterio. La época que vuelve a crear, alrededor de 1900, el mito de la mujer, es aquella en que el adulterio se convierte en tema de toda la literatura. Ciertos escritores, como Bernstein, en una suprema defensa de las 102 102 instituciones burguesas, se esfuerzan por reintegrar al matrimonio el erotismo y el amor; pero hay más verdad en Amoureuse, de Porto-Riche, que muestra la incompatibilidad de estos dos órdenes de valores. El adulterio no puede desaparecer sino con el matrimonio mismo. Porque el fin del matrimonio consiste, en cierto modo, en inmunizar al hombre contra su mujer: pero las demás mujeres conservan a sus ojos su vertiginoso atractivo, y hacia ellas se volverá. Las mujeres se hacen cómplices. Porque se rebelan contra {230} un orden que pretende privarlas de todas sus armas. Para arrebatar la mujer a la Naturaleza, para someterla al hombre mediante ceremonias y contratos, se la ha elevado a la dignidad de persona humana, se la ha dotado de libertad.





 Pero la libertad es precisamente lo que escapa a toda servidumbre; y, si se la pone de acuerdo con un ser originariamente habitado por potencias maléficas, se hace peligrosa. Y se hace tanto más cuanto que en el hombre se ha detenido en las medidas a medias; no ha aceptado a la mujer en el mundo masculino sino convirtiéndola en sirviente, en la frustración de su trascendencia; la libertad de que la han dotado no podría tener otro uso que no fuese negativo; ella se dedica a negarse. La mujer solo se ha hecho libre al hacerse cautiva; renuncia a ese privilegio humano para reencontrar su poder de objeto natural. Durante el día, representa pérfidamente su papel de sirviente dócil; pero llegada la noche se convierte en gata, en cierva; vuelve a deslizarse en su piel de sirena, o bien, cabalgando sobre una escoba, vuela hacia rondas satánicas. A veces ejerce su magia nocturna sobre su propio marido; pero es más prudente disimular sus metamorfosis a los ojos de su dueño; es a extraños a quienes elige como presa; estos no tienen ningún derecho sobre ella, y ella sigue siendo para ellos planta, fuente, estrella, hechicera. Hela ahí, pues, destinada a la infidelidad: es el único semblante concreto que puede revestir su libertad. Es infiel más allá incluso de sus deseos, sus pensamientos, su conciencia; por el hecho de que se la mire como a un objeto, es ofrecida a toda subjetividad que opte por adueñarse de ella; encerrada en el harén, oculta bajo sus velos, todavía no se tiene la seguridad de que no inspire deseo a nadie: inspirar deseo a un extraño ya es faltar al esposo y a la sociedad. Pero, además, a menudo ella se hace cómplice de esa fatalidad; únicamente a través del adulterio y la mentira puede demostrar que no es la cosa de nadie y desmentir las pretensiones del varón. Por eso están tan prontos a despertarse los celos del hombre; se ve en las leyendas que puede sospecharse sin razón de la mujer, y condenarla a la menor sospecha, como a Genoveva de Brabante y a Desdémona; aun antes {231} de toda sospecha, Grisélidis es sometida a las más duras pruebas; este cuento sería absurdo si la mujer no fuese sospechosa por anticipado; no es necesario demostrar sus culpas: es a ella a quien corresponde demostrar su inocencia. También por esa razón los celos pueden ser insaciables; ya se ha dicho que la posesión jamás puede ser positivamente realizada; aun prohibiendo a todos los demás beber en ella, tampoco se posee plenamente la fuente en la que uno bebe, y el celoso lo sabe muy bien. Por esencia, la mujer es inconstante, igual que es fluida el agua; y ninguna fuerza humana puede contradecir una verdad natural. A través de todas las literaturas, tanto en Las mil y una noches como en el Decamerón, se asiste al triunfo de la astucia de la mujer sobre la prudencia del hombre. Y, sin embargo, el hombre no es carcelero solo por voluntad individualista: es la sociedad la que, en tanto que padre, hermano o esposo, le hace responsable de la conducta de la mujer. La castidad le es impuesta por razones económicas y religiosas, pues cada ciudadano debe ser autentificado como hijo de su propio padre. Pero también es muy importante obligar a la mujer a coincidir exactamente con el papel que la sociedad le ha asignado. Hay una doble exigencia del hombre que destina a la mujer a la duplicidad: quiere que la mujer sea suya y que permanezca extraña; la sueña sirviente y hechicera a la vez. Pero públicamente solo asume el primero de estos deseos; el otro es una reivindicación hipócrita que disimula en lo más recóndito de su corazón y su carne; ella se opone a la moral y a la sociedad; es mala como lo Otro, como la Naturaleza rebelde, como la «mala mujer». El hombre no se dedica íntegramente al Bien que él construye y pretende imponer; conserva vergonzosas inteligencias con el Mal. Pero dondequiera que este ose mostrar imprudentemente el rostro, el hombre entra en guerra con él. En las tinieblas de la noche, el hombre invita al pecado a la mujer. Pero, en pleno día, repudia al pecado y a la pecadora. Y las mujeres, pecadoras ellas mismas en el misterio del lecho, no rinden por ello menos apasionadamente culto público a la virtud. Así como entre los primitivos el sexo 103 103 masculino es laico, mientras el de {232} la mujer está cargado de virtudes religiosas y mágicas, así también la falta del hombre en las sociedades más modernas no es más que una cana al aire sin ninguna gravedad; a menudo se la considera con indulgencia; aunque desobedezca las leyes de la comunidad, el hombre continúa perteneciéndole; no es más que un niño terrible que no amenaza profundamente el orden colectivo. Por el contrario, si la mujer se evade de la sociedad, retorna a la Naturaleza y al demonio, desencadena en el seno de la colectividad fuerzas incontrolables y malignas. A la censura que inspira una conducta desvergonzada, siempre se mezcla el miedo. 





Si el marido no consigue mantener a su mujer en la virtud, entonces participa de su falta; su desgracia es a los ojos de la sociedad un deshonor; hay civilizaciones tan severas, que el marido tendrá que matar a la criminal para no solidarizarse con el crimen. En otras, se castigará al esposo complaciente con alguna cencerrada o paseándole desnudo sobre un asno. Y la comunidad se encargará de castigar por él a la culpable: porque no ha sido solamente a él a quien ha ofendido, sino a toda la colectividad. Tales costumbres han existido con particular aspereza en la España supersticiosa y mística, sensual y aterrorizada por la carne. Calderón, García Lorca y Valle-Inclán han hecho de ellas el tema de multitud de dramas. En La casa de Bernarda Alba, las comadres del pueblo quieren castigar a la muchacha seducida quemándola con un carbón encendido «en el lugar de su pecado». En Divinas Palabras, de Valle-Inclán, la mujer adúltera aparece como una bruja que danza con el demonio; descubierta su falta, todo el pueblo se congrega para arrancarle las ropas y luego ahorcarla. Numerosas tradiciones informan que así desnudaban a la pecadora; después la lapidaban, como señala el Evangelio, la enterraban viva, la ahogaban, la quemaban. El sentido de tales suplicios radica en que así la devolvían a la Naturaleza, tras haberla despojado de su dignidad social; por su pecado, la adúltera había desencadenado malignos efluvios naturales: la expiación iba acompañada de una suerte de orgía sagrada, en la cual las mujeres, desnudando, golpeando, aniquilando a la culpable, desencadenaban a su {233} vez misteriosos efluvios, pero estos propicios, puesto que actuaban de acuerdo con la sociedad. (1) Ya se ha visto que, en Grecia y durante la Edad Media, era tema de muchas lamentaciones. Esta salvaje severidad se pierde a medida que disminuyen las supersticiones y se disipa el temor. Pero en el campo se mira con desconfianza a las gitanas sin Dios, fuego ni hogar. La mujer que ejerce libremente su encanto, aventurera, vampiresa, mujer fatal, sigue siendo un tipo inquietante. En la mujer mala de las películas de Hollywood pervive la figura de Circe. Se ha quemado a mujeres como hechiceras, simplemente porque eran hermosas. Y en la timorata mojigatería de las virtudes provincianas, se perpetúa un antiguo espanto ante las mujeres de mala vida. Esos mismos peligros son los que hacen de la mujer un juego cautivante para un hombre aventurero. Renunciando a sus derechos de marido, rehusando apoyarse en las leyes sociales, tratará de vencerla en singular combate. Intenta anexionarse a la mujer hasta en sus resistencias; la persigue en esa libertad por donde se le escapa. En vano. A la libertad no se le puede leer la cartilla: la mujer libre lo será a menudo contra el hombre. Hasta la Bella Durmiente del Bosque puede despertarse malhumorada, y no reconocer en quien la despierta al Príncipe Azul, puede no sonreir. Ese es, precisamente, el caso del ciudadano Kane, cuya protegida aparece como una oprimida y cuya generosidad se revela como una voluntad de poder y tiranía; la mujer del héroe escucha el relato de sus hazañas con indiferencia, la Musa con la que sueña el poeta bosteza al escuchar sus versos. La amazona puede rehusar con fastidio el combate, y también puede salir victoriosa del mismo. Las romanas de la decadencia, muchas norteamericanas de hoy, imponen a los hombres sus caprichos o su ley. ¿Dónde está Cenicienta? El hombre deseaba dar, y he ahí que la mujer toma. Ya no se trata de jugar, sino de defenderse. Desde el momento en que la mujer es libre, no tiene otro destino que aquel que libremente se crea. 





La relación entre los dos sexos es entonces una relación de 104 104 lucha. Convertida para el hombre en una semejante, aparece entonces tan temible como cuando era frente a él la Naturaleza extraña. La hembra nutricia, abnegada {234}, paciente, se torna bestia ávida y devoradora. La mala mujer también hunde sus raíces en la Tierra, en la Vida; pero la tierra es una fosa, y la vida, un combate inmisericorde: al mito de la abeja diligente, de la gallina madre, lo sustituye el del insecto devorador, la mantis religiosa, la araña; la hembra ya no es la que amamanta a los pequeños, sino la que devora al macho; el óvulo ya no es un granero de abundancia, sino una trampa de materia inerte en la que el espermatozoide, castrado, se ahoga; la matriz, ese antro cálido, apacible y seguro, se torna pulpa humosa, planta carnívora, un abismo de tinieblas convulsas; la habita una serpiente que engulle insaciablemente las fuerzas masculinas. Una misma dialéctica hace del objeto erótico una maga negra, de la sirviente una traidora, de Cenicienta un ogro, y cambia a toda mujer en enemigo: he ahí el rescate que paga el hombre por haberse planteado con mala fe como el único esencial. Sin embargo, ese rostro enemigo tampoco es la figura definitiva de la mujer. Más bien, el maniqueísmo se ha introducido en el seno de la especie femenina. Pitágoras asimilaba el principio bueno al hombre y el principio malo a la mujer. Los hombres han intentado superar el mal anexándose a la mujer, lo cual han logrado en parte; pero del mismo modo que el cristianismo, al aportar las ideas de redención y salvación, ha sido el que ha dado su pleno sentido a la palabra condenación, así también la mujer mala donde adquiere todo su relieve es frente a la mujer santificada. En el curso de esta «querella de las mujeres», que dura desde la Edad Media hasta nuestros días, ciertos hombres solo quieren conocer a la mujer bendita con la que sueñan, mientras otros solo desean conocer a la mujer maldita que desmiente sus sueños. Pero, en verdad, si el hombre puede encontrar todo en la mujer, es porque ella tiene a la vez esos dos rostros. Ella representa de una manera carnal y viva los valores y antivalores en virtud de los cuales la vida adquiere sentido. He aquí, bien definidos, al Bien y al Mal, que se oponen bajo los rasgos de la Madre abnegada y la Amante pérfida; en la vieja balada inglesa Randall my son, un joven caballero viene a morir en brazos de su madre, envenenado {235} por su amante. La Glu de Richepin toma el mismo tema, aunque con más patetismo y peor gusto. La angelical Micaela se opone a la negra Carmen. La madre, la novia fiel, la esposa paciente, se ofrecen para curar las heridas causadas al corazón de los hombres por vampiresas y mandrágoras. Entre estos polos claramente establecidos, multitud de figuras ambiguas van a definirse, figuras lamentables, odiosas, pecadoras, víctimas, coquetas, débiles, angelicales, demoníacas. Por ahí solicitan al hombre y lo enriquecen multitud de conductas y sentimientos. Esta misma complejidad de la mujer le encanta: he ahí un maravilloso servidor con el que puede deslumbrarse con poco gasto. ¿Es ángel o demonio? La incertidumbre hace de ella una Esfinge. Una de las casas de prostitución más conocidas de París había sido puesta bajo esa égida. 





En la gran época de la Feminidad, en los tiempos del corsé, de Paul Bourget, de Henri Bataille, del french-cancan, el tema de la Esfinge reinaba incansablemente en comedias, poesías y canciones: «¿Quién eres, de dónde vienes, extraña Esfinge?» Y todavía no se ha terminado de soñar y de discutir sobre el misterio femenino. Para salvaguardar ese misterio es por lo que los hombres han suplicado durante tanto tiempo a las mujeres que no abandonasen los vestidos largos, las faldas, los velos, los guantes largos, los altos botines: todo cuanto acentúa en lo Otro la diferencia lo hace más deseable, puesto que es lo Otro en tanto que tal lo que el hombre desea apropiarse. En las cartas de Alain-Fournier, se ve cómo reprocha este a las inglesas su varonil apretón de manos; pero lo que le turba es la púdica reserva de las francesas. Es preciso que la mujer permanezca secreta, desconocida, para que se la pueda adorar como a una princesa lejana; no parece que Fournier se haya mostrado particularmente deferente con las mujeres que cruzaron por su vida; pero toda la maravilla de la infancia, de la juventud, toda la nostalgia del paraíso perdido, están en una mujer que él ha encarnado, una mujer cuya primera virtud era la de parecer inaccesible. Fournier ha trazado de Yvonne de Galais una imagen blanca y dorada. Sin embargo, a los {236} hombres les encantan incluso 105 105 los defectos femeninos, si crean un misterio. «Una mujer debe tener caprichos», decía con autoridad un hombre a una mujer razonable. El capricho es imprevisible; presta a la mujer la gracia del agua ondulante; la mentira la adorna con fascinantes reflejos; la coquetería, la misma perversidad, le dan un perfume embriagador. Decepcionante, huidiza, incomprendida, falaz, así se presta mejor a los deseos contradictorios de los hombres; es la Maya de las innumerables metamorfosis. Es un lugar común representarse a la Esfinge bajo los rasgos de una joven: la virginidad es uno de los secretos que los hombres encuentran más turbadores, y tanto más cuanto más libertinos son; la pureza de la joven permite la esperanza de todas las licencias y nunca se sabe qué perversidades pueden disimularse bajo su inocencia; todavía próxima al animal y a la planta, ya dócil a los ritos sociales, no es ni niña ni adulta; su tímida feminidad no inspira temor, sino una inquietud atemperada. Se comprende que sea una de las figuras privilegiadas del misterio femenino. Sin embargo, como «la verdadera joven» se pierde, su culto ha caducado un poco. 





En desquite, el rostro de la prostituta que, en una pieza de éxito apoteótico, Gantillon prestaba a Maya, ha conservado mucho de su prestigio. Es ese uno de los tipos femeninos más plásticos, el que mejor permite el gran juego de los vicios y las virtudes. Para el puritano timorato, ella encarna el mal, la vergüenza, la enfermedad, la condenación; ella inspira espanto y disgusto; no pertenece a ningún hombre, pero se presta a todos y vive de ese comercio; encuentra así la temible independencia de las lujuriosas diosas madres primitivas y encarna la Feminidad que la sociedad masculina no ha santificado y que permanece cargada de poderes maléficos; en el acto sexual, el hombre no puede imaginarse que la posee, porque solamente él está entregado al demonio de la carne; es una humillación, una mancilla que sienten singularmente los anglosajones, a los ojos de los cuales la carne está más o menos maldita. En cambio, un hombre a quien no asuste la carne, amará en la prostituta la afirmación generosa y cruda; verá en ella la exaltación de la {237} feminidad a la que ninguna moral ha despojado de su gracia; encontrará en su cuerpo aquellas virtudes mágicas que otrora emparentaban a la mujer con los astros y el mar; un Miller, al acostarse con una prostituta, cree sondear los abismos mismos de la vida, de la muerte, del cosmos; se reúne con Dios en el fondo de las húmedas tinieblas de una vagina acogedora. Porque, al margen de un mundo hipócritamente moral, ella es una suerte de paria, y se puede considerar también a la «mujer perdida» como la oposición a todas las virtudes oficiales; su indignidad la emparenta con las santas auténticas; porque lo que ha sido humillado será ensalzado; Jesucristo miró con indulgencia a María Magdalena; el pecado abre más fácilmente las puertas del cielo que una virtud hipócrita. Así, a los pies de Sonia Raskolnikov sacrifica el arrogante orgullo masculino que le ha conducido al crimen; por medio del asesinato, ha exasperado esa voluntad de separación que hay en todo hombre: resignada, abandonada por todos, es una humilde prostituta quien mejor puede recibir la confesión de su abdicación (1). Las palabras «mujer perdida» despiertan ecos turbadores; muchos hombres sueñan con perderse; pero no es fácil, no se logra fácilmente alcanzar el Mal bajo una figura positiva; y hasta el demoníaco se espanta ante crímenes excesivos; la mujer permite celebrar sin grandes riesgos esas misas negras donde se evoca a Satán, aunque no se le haya precisamente invitado; ella está al margen del mundo masculino: los actos que la conciernen no tienen realmente consecuencias; sin embargo, es un ser humano y, por consiguiente, pueden realizarse a través de ella sombrías revueltas contra las leyes humanas {238}. (1) Marcel Schwob expone poéticamente ese mito en el Livre de Monelle. «Te hablaré de las pequeñas prostitutas y sabrás el comienzo... Mira, lanzan un grito de compasión por ti y te acarician la mano con la suya descarnada. Solo te comprenden si eres muy desdichado; lloran contigo y te consuelan... Mira, ninguna de ellas puede permanecer contigo. Estarían demasiado tristes y les avergüenza quedarse cuando has dejado de llorar; entonces no se atreven a mirarte.





 Te enseñan la lección que tienen que enseñarte y se van. Vienen a través del frío y de la lluvia a besarte la frente y enjugarte los ojos, y las pavorosas tinieblas vuelven a engullirlas... No hay que pensar en lo que han podido hacer en las tinieblas.» 106 106 Desde De Musset hasta Georges Bataille, la orgía de rasgos repelentes y fascinantes es la frecuentación de las prostitutas. Sade y Sacher Masoch sacian en las mujeres los deseos que los abruman; sus discípulos, y la mayor parte de los hombres que tienen «vicios» que satisfacer, se dirigen por lo general a las prostitutas. De todas las mujeres, ellas son las más sometidas al varón, y, sin embargo, las que más se le escapan; eso es lo que las dispone para revestir tan múltiples significados. Empero, no hay ninguna figura femenina, virgen, madre, esposa, hermana, sirvienta, amante, adusta virtud, odalisca sonriente, que no sea susceptible de resumir así las ondulantes aspiraciones de los hombres. Corresponde a la psicología -y en particular al psicoanálisis- el descubrir por qué un individuo se adhiere más singularmente a tal o cual aspecto del Mito de innumerables rostros, y por qué lo encarna en determinada mujer singular.





 Pero ese mito está implícito en todos los complejos, obsesiones y psicosis. En particular, muchas de las neurosis tienen su origen en un vértigo de lo prohibido, que solo puede aparecer si previamente se han constituido los oportunos tabúes; una presión social exterior es insuficiente para explicar su presencia; en realidad, las prohibiciones sociales no son únicamente convenciones; entre otras significaciones, tienen un sentido ontológico que cada individuo experimenta de manera individual. A título de ejemplo, es interesante examinar el «complejo de Edipo»; con excesiva frecuencia se le considera producido por una lucha entre las tendencias instintivas y las consignas sociales; pero es, ante todo, un conflicto interno del sujeto mismo. El apego del niño al seno materno es, en principio, apego a la Vida bajo su forma inmediata, en su generalidad y su inmanencia; el rechazo del destete es el rechazo del abandono al que está condenado el individuo desde que se separa del Todo; a partir de entonces, y a medida que se individualiza y se separa más y más, es cuando puede calificarse de «sexual» el gusto que conserva por la carne materna, ya separada de la suya; su sensualidad se ve entonces mediatizada, se ha convertido en trascendencia respecto a un objeto extraño. Pero cuanto {239} más deprisa y más decididamente se asume el niño como sujeto, más inoportuno le va a resultar el vínculo carnal que se opone a su autonomía. Entonces se hurta a las caricias, y la autoridad ejercida por su madre, los derechos que ella tiene sobre él, a veces incluso su presencia misma, le inspiran una especie de vergüenza. Sobre todo, le parece embarazoso y obsceno descubrirla como carne, evita pensar en su cuerpo; en el horror que experimenta con respecto a su padre o a un segundo marido o a un amante, hay menos celos que escándalo: recordarle que su madre es un ser de carne, es recordarle su propio nacimiento, acontecimiento que repudia con todas sus fuerzas; o, por lo menos, desea revestirlo con la majestad de un gran fenómeno cósmico; es preciso que su madre resuma a la Naturaleza, que inviste a todos los individuos sin pertenecer a ninguno; detesta que ella se convierta en presa, no porque -como se pretende a menudo- quiera él mismo poseerla, sino porque desea que exista por encima de toda posesión: ella no debe tener las mezquinas dimensiones de la esposa o la amante. 




Sin embargo, cuando en el momento de la adolescencia su sexualidad se viriliza, sucede que el cuerpo de su madre le turba; pero esto ocurre porque en ella capta la feminidad en general: y frecuentemente el deseo que despierta la vista de un muslo, o de un seno, se extingue tan pronto como el joven se da cuenta de que aquella carne es la carne materna. Existen numerosos casos de perversión, puesto que, siendo la adolescencia la edad del desorden, también es la de la perversión, en la que el asco suscita el sacrilegio, en la que de lo prohibido nace la tentación. Pero no es preciso creer que ante todo el hijo desee ingenuamente acostarse con su madre y que unas defensas exteriores se interponen y le oprimen; por el contrario, el deseo nace a causa de esas defensas que se han levantado en el corazón del mismo individuo. Esa prohibición es precisamente la reacción más normal, más general. Pero, de nuevo, no procede de una consigna social que enmascara deseos instintivos. Más bien, el respeto es la sublimación de una repugnancia original; el joven se niega a mirar a su madre como a un ser carnal; la transfigura, la asimila a una de las puras {240} imágenes de mujer santificada que la sociedad le propone. En su virtud, contribuye él a fortalecer la figura ideal de la Madre, que acudirá en ayuda de la generación siguiente. Pero esta no tiene tanta fuerza sino porque es solicitada por una dialéctica individual. Y puesto que cada mujer está habitada 107 107 por la esencia general de la Mujer y, por tanto, de la Madre, es seguro que la actitud con respecto a la Madre repercutirá en las relaciones con la esposa y la amante, aunque menos simplemente de lo que a menudo se imagina. El adolescente que ha deseado concretamente, sexualmente, a su madre, puede haber deseado en ella a la mujer en general, y el ardor de su temperamento se apaciguará al lado de no importa qué mujer; no está destinado a nostalgias incestuosas (1). Y, a la inversa, un joven que haya sentido por su madre una reverencia tierna, pero platónica, puede desear que en todo caso la mujer participe de la pureza materna. (1) El ejemplo de Stendhal es notabilísimo. Se conoce bastante bien la importancia de la sexualidad y, por ende, de la mujer en las conductas patológicas y normales. Sucede que otros objetos son feminizados; puesto que también la mujer es, en gran parte, una invención del hombre, este puede inventarla a través de un cuerpo masculino: en la pederastia se mantiene la división de los sexos. 

Pero, en general, a la Mujer se la busca en seres femeninos. Por ella y a través de lo que en ella hay de mejor y de peor, hace el hombre el aprendizaje de la dicha, del sufrimiento, del vicio, de la virtud, de la codicia, de la renuncia, de la abnegación, de la tiranía, o sea, que hace el aprendizaje de sí mismo; ella es el juego de la aventura, pero también del riesgo; ella es el triunfo de la victoria y el más áspero del fracaso superado; ella es el vértigo de la pérdida, la fascinación de la condenación, de la muerte. Hay todo un mundo de significaciones que no existe sino por la mujer; ella es la sustancia de los actos y de los sentimientos de los hombres, la encarnación de todos los valores que solicitan su libertad. Se comprende que, aun condenado a los más crueles mentís {241}, el hombre no desee renunciar a un sueño en el que están envueltos todos sus sueños. He ahí por qué la mujer tiene un doble y engañoso semblante: ella es todo cuanto el hombre llama y todo aquello que no alcanza. Ella es la sabia mediadora entre la Naturaleza propicia y el hombre, y es la tentación de la Naturaleza no domada frente a toda sabiduría. Del bien al mal ella encarna en su propia carne todos los valores morales y sus contrarios; ella es la sustancia de la acción y lo que la obstaculiza, el dominio del hombre sobre el mundo y su fracaso; como tal, ella está en el origen de toda reflexión del hombre sobre su existencia y de toda expresión que pueda dar de la misma; sin embargo, se aplica a desviarle de sí mismo, a hacerle naufragar en el silencio y en la muerte. Sirviente y compañera, espera él que también sea su público y su juez, que le confirme en su ser; pero ella se le opone con su indiferencia, es decir, con sus burlas y sus risas. El hombre proyecta en ella cuanto desea y teme, lo que ama y lo que aborrece. Y si resulta tan difícil no decir nada de ello es porque el hombre se busca todo entero en ella, y ello lo es Todo. Solo que es Todo sobre el modo de lo inesencial: es todo lo Otro. Y, en tanto que otro, ella es también otro que ella misma, otro que aquello que se espera de ella. Siendo todo, jamás es justamente esto que debería ser; es una perpetua decepción, la decepción misma de la existencia, que no logra nunca alcanzarse ni reconciliarse con la totalidad de los existentes {242}. 

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