Master Sexologia Caceres Extremadura

Master Sexologia Online

INSTITUTO SUPERIOR DE ESTUDIOS SEXOLÓGICOS I.S.E.S.

Secció 1ª del Registre de Barcelona. Nº d'Inscripció : 37932 ©
Coordina Xavier Conesa. Psicòleg - Sexòleg Col. nº 4.977 BARCELONA


Formación en Sexologia (Master Online):


Formación on line de Sexologia. Formación Complementaria para estudiantes de Psicologia o Psicólogos (o estudios afines) para el ejercicio de la  Sexologia.

Reconocimientos Institucionales: Departament de Salut de la Genetalitat de Catalunya


info: conesa@gmail.com

Tel. 93 570 71 54 / 653 811 887





PROGRAMACION ON-LINE:

MASTER EN SEXOLOGIA on line

Para el ejercicio de la Sexologia

Para estudiantes de Psicología, Medicina i estudios afines, Licenciados o Diplomados. Estudiantes en general.

-Màximos Reconeixementos Institucionales-


INSTITUTO SUPERIOR DE ESTUDIOS SEXOLÓGICOS I.S.E.S.

Reconocimientos:

Generalitat de Catalunya

(Registre 9002S/4545/2009)

Ministerio de Sanitadad como Formación Continuada (Contenidos)

(Exp. 99-068-08/0002-A)


Información y Preinscripción:


conesa@gmail.com

Tel. 93 570 71 54 / 653 811 887


http://www.sexologia.ppcc.cat/


Precio: 500 €

- Se aceptan pagos fraccionados a lo largo de lo que dure el Máster. A título orientativo la duración mínima es de 3 meses y la máxima de 9 meses.

 El primer pago coincidiendo con el inicio del Máster será de un mínimo de 200 € -

Forma de pago:

Ingreso Bancario
Cta. Cte.: Banco de Sabadell: ES96 0081 0096 8100 0110 9411
Nº BIC: BSABESBBXXX

También:

 Western Unión :

Xavier Conesa Lapena . DNI 37681799W  Sant Fost



INICIOAl no ser presencial, matriculaciones permanentes.


METODOLOGIAEnvio de Bibliografia básica. Le indicaremos los dos libros básicos que debe comprar sobre Terapia Sexual. Control del aprendizaje y asmilación de contenidos a través de 15/20 trabajos propuestos.


Envio por mail de los temas desarrollados por escrito. Presentacion de un trabajo final de tematica y extensión acordada entre el alumno y el ISES.


DURACIONIndeterminada (al ser on line). A título orientativo, entre 3y 9 meses aprox.


TITULACION: Tal como se espacifica anteriormente: "Master en Sexologia del Instituto Superior de Estudios Sexológicos (ISES), con el Reconocimiento del Departament de Salut de la Generalitat de Catalunya. Además, la Institución ISES cuenta con los reconocimientos y colaboraciones de:

- Ministerio de Sanidad y Consumo Actividad Acreditada por la Comisión de Formación Continuada - Generalitat de Catalunya.Departament de SalutReconeixement d' Interès Sanitari per l'Institut d'Estudis de la Salut - Colegi Oficial de PsicòlegsActividad Reconocida de Interès Tcnico - Profesional por el COPCV - Universitat de Barcelona Conveni de col.laboració a través del Pràcticum - Universitat de Girona Crèdits de Lliure Elecció -Universitat Ramon LLull Conveni de col.laboració a través del Pràcticum - Universitat Oberta de Catalunya Conveni de col.laboració a través del Pràcticum


CONTENIDOS:

  1. 1. Disfunciones Sexuales Masculinas. La Falta de Erección.

  2. 2. Disfunciones Sexuales Femeninas. La Falta de Deseo sexual.

  3. 3. Estudio del Vaginismo

  4. 4. La Complejidad Sexual. Las Parafilias

  5. 5. Generalización de los Transtornos Sexuales

  6. 6. Estudio del Orgasmo y sus Disfunciones

  7. 7. Evaluación de las Disfunciones Sexuales en General

  8. 8. El Diagnostico en Sexualidad

  9. 9. Disfunciones Sexuales Masculinas. La Eyaculación Precoz

  10. 10. La Entrevista Psico-Sexual

  11. 11. El Encuadre Terapeutico .La actitud del Terapeuta

  12. 12. Farmacologia y Sexologia

  13. 13. Sesión de Devolución. Entrevista clarificadora

  14. 14. Trabajo Final de libre elecció


Formación y Titulación Propia del Instituto Superior de Estudios Sexológicos I.S.E.S



+ info: conesa@gmail.com


Tel. 93 570 71 54 / 653 811 887

Web: http://www.sexologia.ppcc.cat/

c /   Santa Anna, 28 Barcelona

Precio: 500 €.

(Se aceptan pagos fraccionados a lo largo del Master)


Pre-inscripción

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 Diploma acreditativo al finalizar el Master:


PREGUNTAS Y RESPUESTAS

Cuanto dura el Master?
Entre 5 y 6 meses
Como lo debo pagar?
200€ al empezar, 200€ a la mitad de la formación y 100€ al final
Se puede ejercer la Sexologia al finalizar?
No existe la Facultad de Sexologia, como si existe la de Medicina, Psicologia, Biologia, etc..
Los Sexólogos han realizado formaciones diversificadas para completar sus estudios, ya sean en el ámbito privado o público. Y esta formación es una de ellas.
Que reconocimientos tiene?
Lo encontrará en esta web y también clicando aquí. Especialmente dispone en el año 2009 el Reconocimiento de Interés Sanitario de la Generalitat de Catalunya. ISES como entidad, dispone de mas reconocimientos.
Que estudios previos se requieren?
Sencillamente, ser Universitario o haber finalizado la formación. 
Los libros los envian Vds.?
En el primer mail que le enviemos recibirá un listado de libros. Los dos obligatorios los puede conseguir on line sin ningún problema, si no están disponibles en su población.
Habrá clases presenciales?
No, toda la formación se realiza a distancia.
Habrá exámenes?
No, tiene que realizar 14 trabajos que tiene que ser debidamente aceptados. Los enviará por mail a:  conesa@gmail.com. Al dar por valido su trabajo, le enviamos el siguiente.
Como puedo pagarlo?
Generalmente desde España se paga por ingresos bancarios y desde América a través de Western Union. Se pueden concretar otras formulas. En esta web encontrará los detalles.
Si me demoro en la entrega de trabajos habrá algún problema?. Si tardo en total un año, por ejemplo?
No, al ser online puede dilatar el tiempo de entrega sin problemas. Interrumpir unos meses y después continuar

Durante toda su infancia, la niña se ha sentido vejada y mutilada; pero, no obstante, se tenía por individuo autónomo; en sus relaciones con sus padres, sus amigos, en sus estudios y sus juegos, se descubría en el presente como una trascendencia: no hacía sino soñar su futura pasividad. Una vez púber, el porvenir no solo se acerca, sino que se instala en su cuerpo, se transforma en la más concreta realidad. Conserva el carácter fatal que siempre ha tenido; mientras el adolescente se encamina activamente hacia la edad adulta, la joven acecha la apertura de ese período nuevo, imprevisible, cuya trama ya está urdida y hacia la cual la arrastra el tiempo. Desprendida ya de su pasado de niña, el presente solo se le aparece como una transición; no descubre ningún fin válido, sino únicamente ocupaciones.




 De manera más o menos disfrazada, su juventud se consume en la espera. Ella espera al Hombre. Ciertamente, el adolescente también sueña con la mujer, la desea; pero ella no será jamás sino un elemento de su existencia: no resume su destino; desde su infancia, la niña, ora desease realizarse como mujer, ora quisiera superar los límites de su feminidad, ha esperado del varón realización y evasión; tiene este el rostro deslumbrador de Perseo, de San Jorge; es un libertador; es también rico y poderoso, tiene las llaves de la dicha, es el Príncipe Azul. Presiente que, bajo sus caricias, se sentirá transportada por la gran corriente de la Vida, como en los tiempos en que reposaba en el regazo {320} materno; sometida a su dulce autoridad, encontrará la misma seguridad que en los brazos de su padre: la magia de los abrazos y de las miradas la petrificará de nuevo en ídolo. Siempre ha estado convencida de la superioridad viril; este prestigio de los varones no es un pueril espejismo; tiene bases económicas y sociales; los hombres son los dueños del mundo sin discusión; todo se inclina a hacer que la adolescente centre su interés en hacerse vasalla; sus padres la comprometen a ello; el padre se muestra orgulloso de los éxitos conseguidos por su hija, la madre ve en ellos la promesa de un próspero porvenir; las compañeras envidian y admiran a aquella que recoge el mayor número de homenajes masculinos; en los institutos americanos se mide el nivel de una estudiante por el número de «citas» que acumula. El matrimonio no solo es una carrera honorable y menos fatigosa que otras muchas, sino que únicamente él permite a la mujer acceder a su dignidad social íntegra y realizarse sexualmente como amante y como madre. Bajo esta figura es como su entorno encara su porvenir y ella misma así lo encara. Se admite unánimemente que la conquista de un marido -o, en ciertos casos, de un protector- es para ella la más importante de las empresas. En el hombre se encarna a sus ojos el Otro, así como para el hombre él se encarna en ella: pero ese Otro se le aparece al modo de lo esencial y ella se tiene ante él como lo inesencial. Se liberará ella del hogar paterno, de la influencia materna y se abrirá al porvenir no mediante una conquista activa, sino entregándose pasiva y dócil en manos de un nuevo amo. Se ha pretendido a menudo que, si se resignaba a esa dimisión, era porque física y moralmente se juzgaba entonces inferior a los varones e incapaz de rivalizar con ellos: renunciando a una competencia, descargaría en un miembro de la casta superior el cuidado de asegurar su dicha. En realidad, su humildad no proviene de una inferioridad dada, sino que, por el contrario, esa humildad engendra todas sus insuficiencias; el origen de esa inferioridad está en el pasado de la adolescencia, en la sociedad que la rodea y, precisamente, en ese porvenir que le es propuesto {321}. 




Ciertamente, la pubertad transforma el cuerpo de la jovencita. Es más frágil que antes; los órganos femeninos son vulnerables; su funcionamiento, delicado; insólitos y embarazosos, los senos son un fardo; en los ejercicios violentos, recuerdan su presencia, tiemblan, duelen. En adelante, la fuerza muscular, la resistencia, la agilidad de la mujer son inferiores a la del hombre. El desequilibrio de las secreciones hormonales crea una inestabilidad nerviosa y vasomotora. La crisis menstrual es dolorosa: jaquecas, cansancio, dolores de vientre, hacen penosas y hasta imposibles las actividades normales; a esos malestares se añaden con frecuencia trastornos psíquicos; nerviosa, irritable, es frecuente que la mujer atraviese cada mes un estado de semienajenación; el control del sistema nervioso y del sistema simpático por 147 147 parte de los centros deja de estar asegurado; los trastornos de la circulación y ciertas autointoxicaciones hacen del cuerpo una pantalla que se interpone entre la mujer y el mundo, una bruma ardiente que pesa sobre ella, la asfixia y la separa: a través de esa carne doliente y pasiva, el universo entero es un fardo demasiado pesado. Oprimida sumergida, se convierte en una extraña para sí misma por el hecho de que es extraña para el resto del mundo. Las síntesis se descomponen, los instantes dejan de estar ligados, los terceros solo son reconocidos a través de un reconocimiento abstracto; y si el razonamiento y la lógica permanecen intactos como en los delirios melancólicos, están al servicio de evidencias pasionales que estallan en el seno del desarreglo orgánico. Estos hechos son extremadamente importantes: pero su peso se lo da la manera con que la mujer tome conciencia de ellos. Hacia los trece años es cuando los chicos hacen un verdadero aprendizaje de la violencia, se desarrolla su agresividad, su voluntad de poder, su gusto por el desafío; y es justamente en ese momento cuando la chiquilla renuncia a los juegos violentos. Le siguen siendo accesibles los deportes; pero el deporte que es especialización, sumisión a reglas artificiales, no ofrece el equivalente de un recurso espontáneo y habitual a la fuerza; se sitúa al margen de la vida; no informa {322} sobre el mundo y sobre uno mismo tan íntimamente como un combate desordenado, una escalada imprevista. La muchacha deportista jamás experimenta el orgullo conquistador del muchacho que ha puesto de espaldas a un camarada. Por otra parte, en muchos países la mayoría de las muchachas no reciben ninguna preparación deportiva; al igual que las peleas, les están prohibidas las escaladas; las chicas no hacen más que sufrir pasivamente su cuerpo; de manera mucho más nítida que en la primera edad, tienen que renunciar a emerger más allá del mundo dado, a afirmarse por encima del resto de la Humanidad: les está prohibido explorar, osar, ensanchar los límites de lo posible. En particular, la actitud de desafío, tan importante para los jóvenes, les es casi de todo punto desconocida; desde luego, las mujeres se comparan entre sí, pero el desafío es otra cosa que esas confrontaciones pasivas: dos libertades se enfrentan mientras tengan sobre el mundo un dominio cuyos límites pretenden ampliar; trepar más alto que un compañero, doblarle el brazo, es tanto como afirmar su soberanía sobre la Tierra entera. Tales actitudes conquistadoras no le están permitidas a la muchacha, en particular la violencia. Sin duda, en el universo de los adultos la fuerza bruta no desempeña, en períodos normales, un gran papel; pero, no obstante, le acosa; son numerosas las conductas masculinas que se alzan sobre un fondo de posible violencia: en cada esquina de la calle se inicia una pendencia; la mayor parte de las veces, aborta; pero al hombre le basta con experimentar en sus puños su voluntad de afirmación de sí mismo para sentirse confirmado en su soberanía. Contra toda afrenta, contra toda tentativa de reducirlo a objeto, el varón tiene el recurso de golpear, de exponerse a los golpes: no se deja trascender por otro, se encuentra en el corazón de su subjetividad. La violencia es la prueba auténtica de la adhesión de cada cual a sí mismo, a sus pasiones, a su propia voluntad; rechazarla radicalmente es rechazar toda la verdad objetiva, es encerrarse en una subjetividad abstracta; una cólera, una revuelta que no pase a los músculos, es imaginaria.




 Es una terrible frustración no poder inscribir los movimientos {323} del corazón en la faz de la Tierra. En el sur de los Estados Unidos, a un negro le es rigurosamente imposible usar la violencia con respecto a los blancos; esta consigna es la clave de esa misteriosa «alma negra»; la forma en que el negro se experimenta en el mundo blanco, las conductas mediante las cuales se adapta al mismo, las compensaciones que busca, toda su manera de sentir y de obrar, se explican a partir de la pasividad a la cual está condenado. Durante la ocupación, los franceses que habían decidido no dejarse llevar a actitudes violentas contra los ocupantes, ni siquiera en caso de provocación (ya fuese por prudencia egoísta o porque tuviesen exigentes deberes que cumplir), sentían profundamente trastornada su situación en el mundo, pues del capricho de otro dependía el que fuesen convertidos en objetos, su subjetividad ya no podía expresarse concretamente, no era más que un fenómeno secundario. Así, pues, el universo tiene un rostro completamente distinto para el adolescente, a quien está permitido testimoniar imperiosamente sobre sí mismo, que para la adolescente, cuyos sentimientos están privados de eficacia inmediata; aquel pone sin cesar al mundo en tela de juicio, puede sublevarse a 148 148 cada instante contra el hecho dado y, por tanto, tiene la impresión, cuando lo acepta, de confirmarlo activamente; esta no hace sino sufrirlo; el mundo se define sin ella y tiene una faz inmutable. Esa impotencia física se traduce por una timidez más general: no cree en una fuerza que no ha experimentado en su cuerpo; no se atreve a emprender, a sublevarse, a inventar: destinada a la docilidad, a la resignación, no puede más que aceptar en la sociedad un lugar ya preparado. Toma el orden de las cosas como algo dado, Me contaba una mujer que durante toda su juventud había negado con hosca mala fe su debilidad física; admitirla hubiese sido tanto como perder el gusto y el valor de emprender cualquier cosa, aunque fuese en los dominios intelectual o político. He conocido a una joven educada como un chico y excepcionalmente vigorosa, que se creía tan fuerte como un hombre; aunque era muy bonita y aunque todos los meses tenía unas reglas dolorosas, no adquiría conciencia {324} de su feminidad en absoluto; tenía la brusquedad, la exuberancia vital y las iniciativas de un muchacho, y también sus audacias: no vacilaba en intervenir en plena calle a puñetazo limpio si veía que molestaban a un niño o a una mujer. Una o dos experiencias desdichadas le revelaron que la fuerza bruta está del lado de los varones. Cuando hubo medido su debilidad, se derrumbó gran parte de su seguridad; ello fue el comienzo de una evolución que la condujo a feminizarse, a realizarse como pasividad, a aceptar la dependencia. No tener ya confianza en el propio cuerpo es perder confianza en sí mismo. No hay más que ver la importancia que los jóvenes dan a sus músculos para comprender que todo sujeto toma su cuerpo como su expresión objetiva. Sus impulsos eróticos no hacen más que confirmar en el joven el orgullo que extrae de su cuerpo: en ello descubre el signo de su trascendencia y de su poder. La muchacha puede que logre asumir sus deseos, pero lo más frecuente es que conserven un carácter vergonzoso. Soporta todo su cuerpo con embarazo. La desconfianza que de muy niña experimentaba con respecto a su «interior» contribuye a dar a la crisis menstrual el carácter sospechoso que la hace odiosa. Es por la actitud psíquica que suscita por lo que la servidumbre menstrual constituye una pesada desventaja. La amenaza que pende sobre la joven durante ciertos períodos puede parecerle tan intolerable, que renunciará a excursiones y entretenimientos placenteros por temor a que se conozca su desgracia.




 El horror que esta inspira repercute en el organismo y acrecienta sus trastornos y dolores. Se ha visto que una de las características de la fisiología femenina es la estrecha vinculación entre las secreciones endocrinas y la regulación nerviosa: existe una acción recíproca; un cuerpo de mujer -y singularmente de mujer joven- es un cuerpo «histérico» en el sentido de que no hay, por así decir, distancia entre la vida psíquica y su realización fisiológica. El trastorno que provoca en la muchacha el descubrimiento de los desarreglos de la pubertad, los exacerba. Como su cuerpo le es sospechoso y lo espía con inquietud, le parece enfermo: está enfermo. Ya se ha visto que, en efecto, ese cuerpo es {325} frágil y que hay desórdenes propiamente orgánicos que en él se producen; pero los ginecólogos están de acuerdo en afirmar que el noventa por ciento de sus clientes son enfermas imaginarias, es decir, que, o bien su malestar no tiene ninguna realidad fisiológica, o bien el desorden orgánico mismo es motivado por una actitud psíquica. En gran parte, la angustia de ser mujer es lo que roe el cuerpo femenino. Se ve que si la situación biológica de la mujer constituye para ella un handicap es a causa de la perspectiva en que es captada. La fragilidad nerviosa, la inestabilidad vasomotora, cuando no se hacen patológicas, no le prohiben ningún oficio: entre los mismos varones, hay gran diversidad de temperamentos. Una indisposición de uno o dos días por mes, aunque dolorosa, no es tampoco un obstáculo; en realidad, multitud de mujeres se acomodan a ello y en particular aquellas a quienes la «maldición» mensual podría molestar más: deportistas, viajeras, mujeres que ejercen profesiones penosas. La mayor parte de las profesiones no exige una energía superior a la que puede proporcionar la mujer. Y en el deporte, el fin propuesto no es un logro independiente de las aptitudes físicas, sino la realización de la perfección adecuada a cada organismo; el campeón de los pesos plumas vale tanto como el de los pesos pesados; una campeona de esquí no es inferior al campeón más rápido que ella: pertenecen a 149 149 categorías diferentes, nada más. Son precisamente las mujeres deportistas las que, positivamente interesadas en su propia realización, se sienten con menos desventaja respecto al hombre. Queda el hecho de que su debilidad física no permite a la mujer conocer las lecciones de la violencia: si le fuese posible afirmarse en su cuerpo y emerger en el mundo de otra manera, esa deficiencia sería fácilmente compensada. Que nade y escale cimas, que pilote un avión y luche contra los elementos, que acepte riesgos y se aventure, y entonces la mujer no experimentará ante el mundo la timidez de que he hablado. Es en el conjunto de una situación que le deja muy pocas salidas donde esas singularidades adquieren su valor, y no inmediatamente, sino confirmando el complejo de inferioridad {326} que se ha desarrollado en ella desde su infancia. Es también ese complejo el que va a pesar sobre sus realizaciones intelectuales. Se ha observado con frecuencia que, a partir de la pubertad, la joven pierde terreno en las esferas intelectuales y artísticas. Muchas razones lo explican. Una de las más frecuentes es que la adolescente no halla a su alrededor los estímulos que se conceden a sus hermanos; sino, muy al contrario, se quiere que sea también una mujer, y necesita acumular las cargas de su trabajo profesional a las que implica su feminidad. La directora de una escuela profesional ha hecho al respecto las siguientes observaciones: La joven se convierte de pronto en un ser que se gana la vida trabajando. 



Siente nuevos deseos que ya no tienen nada que ver con la familia. Sucede con bastante frecuencia que debe realizar un esfuerzo considerable... Regresa por la noche al seno de la familia, molida de cansancio y con la cabeza atiborrada con los acontecimientos de la jornada... ¿Cómo es recibida en su casa? La madre la envía inmediatamente a un recado. Hay que terminar también las faenas domésticas dejadas en suspenso, y todavía tiene que ocuparse de los cuidados de su propio guardarropa. Le resulta imposible desprenderse de todos los pensamientos íntimos que continúan preocupándola. Se siente desdichada, compara su situación con la de su hermano, que no tiene ninguna obligación que cumplir en la casa, y se subleva (1). (1) Citado por LIEPMANN: Jeunesse et sexualité. Las faenas domésticas o las servidumbres mundanas que la madre no vacila en imponer a la estudiante, a la aprendiza, terminan por agotarla. Durante la guerra, he visto alumnas a quienes yo preparaba en Sèvres, abrumadas por las tareas familiares que se acumulaban a su labor escolar: una contrajo el mal de Pott, y otra, la meningitis. La madre -ya se verá- es sordamente hostil a la manumisión de su hija y, más o menos deliberadamente, se dedica a vejarla; se respeta el esfuerzo que realiza el adolescente para convertirse en {327} hombre, y ya se le reconoce una gran libertad. De la muchacha se exige que permanezca en casa, se vigilan sus salidas: no se la estimula en modo alguno para que tome en sus manos sus propias distracciones y placeres. Es raro ver a las mujeres organizar por sí solas una excursión, un paseo a pie o en bicicleta, o entregarse a un juego como el del billar, los bolos, etc. Además de la falta de iniciativa que proviene de su educación, las costumbres les hacen difícil la independencia. Si vagabundean por las calles, las miran, las abordan. Conozco muchachas que, sin ser tímidas en absoluto, no experimentan ningún placer en pasear solas por París, ya que, continuamente importunadas, necesitan estar siempre en guardia; y, en tales condiciones, todo placer desaparece. Si las chicas estudiantes recorren las calles en alegres bandadas, como hacen los estudiantes, dan un espectáculo; caminar a grandes pasos, cantar, hablar a gritos, reír a carcajadas, comerse una manzana, son otras tantas provocaciones, y se harán insultar o seguir o abordar. La despreocupación se convierte inmediatamente en falta de compostura; ese control de sí misma al que está obligada la mujer 150 150 y que en «la joven bien educada» se transforma en una segunda naturaleza, mata la espontaneidad; la exuberancia viva es cohibida. Ello produce tensión y tedio. Este tedio es comunicativo: las muchachas se cansan pronto unas de otras; no se arrancan mutuamente de su prisión; y esa es una de las razones que tan necesaria les hace la compañía de los muchachos. Esa incapacidad de bastarse a sí mismas engendra una timidez que se extiende a toda su existencia y se marca en su mismo trabajo. Piensan que los triunfos deslumbrantes están reservados para los hombres; ellas no se atreven a apuntar demasiado alto. Ya se ha visto que, al compararse con los chicos, algunas muchachitas de quince años declaraban: «Los chicos son mejores.» Esa convicción es debilitante. 




Invita a la pereza y la mediocridad. Una joven -que no tenía ninguna deferencia especial por el sexo fuerte- reprochaba a un hombre su cobardía; le hicieron observar entonces que también ella era cobarde en grado {328} sumo. «¡Oh, una mujer es distinto!», exclamó con tono complacido. La razón profunda de ese derrotismo está en que la adolescente no se piensa responsable de su porvenir; juzga inútil exigir mucho de sí misma, puesto que, en última instancia, no depende de ella su suerte. Muy lejos de consagrarse al hombre porque se sepa inferior a él, es por el hecho de estarle consagrada por lo que, al aceptar la idea de su inferioridad, la constituye. En efecto, no es aumentando su valor humano como aumentará ella de precio a los ojos de los hombres, sino amoldándose a los sueños de estos. Cuando carece de experiencia, no siempre se percata de ello. Sucede que manifiesta la misma agresividad que los muchachos; trata de conquistarlos con una autoridad brutal, una franqueza orgullosa; y esa actitud la condena casi con toda seguridad al fracaso. Desde la más servil hasta la más altanera, todas aprenden que, para complacer, tienen que abdicar. Sus madres las conminan para que dejen de tratar como camaradas a los muchachos, para que no les aventajen, para que asuman un papel pasivo. Si desean esbozar una amistad, un devaneo, deben evitar cuidadosamente dar la impresión de que toman la iniciativa; a los hombres no les agradan los «chicos frustrados», ni las sabihondas, ni las mujeres con cabeza; la audacia, la cultura o la inteligencia excesivas, o el demasiado carácter, los espanta. En la mayor parte de las novelas, como observa G. Eliot, es la heroína rubia y necia la que vence a la morena de carácter viril; en El molino del Floss, Maggie se esfuerza en vano por trastrocar los papeles; al final, muere, y es Lucy, la rubia, quien se casa con Stephen; en El último mohicano, es la insípida Alice quien conquista el corazón del héroe y no la valiente Clara; en Mujercitas, la simpática Joe no es para Laurie más que una camarada de infancia, y este consagra su amor a la insípida Amy de cabellos rizados. Ser femenina es mostrarse impotente, fútil, pasiva, dócil. La joven no solo tendrá que adornarse, engalanarse, sino también reprimir su espontaneidad y sustituirla por la gracia y el encanto estudiados que le enseñan {329} sus mayores. Toda afirmación de sí misma disminuye su feminidad y sus oportunidades de seducción. Lo que hace relativamente fácil la iniciación del joven en la existencia es que su vocación de ser humano y de varón no se contrarían: ya su infancia anunciaba esa feliz suerte. Al realizarse en tanto que independencia y libertad es como adquiere su valor social y conjuntamente su prestigio viril: el ambicioso, como Rastignac, apunta al dinero, la gloria y las mujeres, al mismo tiempo; uno de los modelos estereotipados que le estimulan es el del hombre poderoso y célebre a quien adulan las mujeres. Para la joven, por el contrario, existe divorcio entre su condición propiamente humana y su vocación femenina. Y esa es la razón de que la adolescencia sea para la mujer un momento tan difícil y decisivo. Hasta entonces era un individuo autónomo; ahora tiene que renunciar a su soberanía. 




No solo se siente desgarrada, como sus hermanos, entre el pasado y el porvenir, sino que, además, estalla un conflicto entre su reivindicación original, que es la de ser sujeto, actividad, libertad, por un lado, y, por otro, sus tendencias eróticas y las solicitaciones sociales que la invitan a asumirse como objeto pasivo. La mujer se toma espontáneamente como lo esencial: ¿cómo se resolverá a convertirse en lo inesencial? Pero, si no puedo realizarme más que en tanto que Otro, ¿cómo renunciar a mi Yo? He ahí el angustioso dilema ante el cual se debate la mujer en agraz. Oscilando entre el deseo y la repugnancia, entre la esperanza y el temor, está todavía en suspenso entre el momento de la 151 151 independencia infantil y el de la sumisión femenina. Y es esa incertidumbre la que, al salir de la edad ingrata, le da un gusto ácido de fruta verde. La joven reacciona ante su situación de manera muy diferente según sus predilecciones anteriores. La «mujercita», la matrona en ciernes, puede resignarse fácilmente a su metamorfosis; sin embargo, puede también haber adquirido, en su condición de «madrecita», un gusto por la autoridad que la lleve a rebelarse contra el yugo masculino: está pronta a fundar un matriarcado, no a convertirse en objeto erótico y servil. Tal será a menudo el caso de las hermanas mayores {330} que han asumido muy jóvenes importantes responsabilidades. Al descubrirse mujer, el «muchacho frustrado» experimenta a veces una decepción tan abrasadora, que puede conducirla directamente a la homosexualidad; no obstante, lo que ella buscaba en la independencia y la violencia era la posesión del mundo: puede no querer renunciar al poder de su feminidad, a las experiencias de la maternidad, a toda una parte de su destino. Generalmente, a través de ciertas resistencias, la joven consiente en su feminidad: en el estadio de la coquetería infantil, frente a su padre, en sus ensueños eróticos, ya ha conocido el encanto de la pasividad; descubre su poder; con la vergüenza que le inspira su carne, se mezcla muy pronto la vanidad. Esa mano que la ha conmocionado, esa mirada que la ha turbado, eran una llamada, una plegaria; su cuerpo se le aparece como dotado de virtudes mágicas; es un tesoro, un arma; está orgullosa de él. Su coquetería, que a menudo había desaparecido durante los años de infancia autónoma, resucita. Hace pruebas con afeites y peinados; en lugar de disimular sus senos, se los frota para que se desarrollen, estudia su sonrisa en el espejo. La unión entre la turbación y la seducción es tan estrecha, que en todos los casos en que no se despierta la sensibilidad erótica, no se observa en el sujeto el menor deseo de agradar. Diversas experiencias han demostrado que enfermas que padecían alguna insuficiencia tiroidea, y, por consiguiente, eran apáticas y desabridas, podían transformarse mediante una inyección de extractos glandulares y volverse sonrientes, alegres y mimosas. Audazmente, algunos psicólogos imbuidos de metafísica materialista han declarado que la coquetería era un «instinto» segregado por la glándula tiroides; pero esta oscura explicación no es ya valedera aquí más que para la primera infancia. El hecho es que, en todos los casos de deficiencia orgánica: linfatismo, anemia, etc., el cuerpo es sufrido como un fardo; extraño, hostil, no espera ni promete nada; cuando encuentra su equilibrio y su vitalidad, el sujeto lo reconoce inmediatamente como suyo y, a través de él, se trasciende hacia otro. 




Para la joven, la trascendencia erótica consiste en habituarse {331} a hacerse presa. Se convierte en objeto, y se capta como objeto; con sorpresa descubre este nuevo aspecto de su ser: le parece que se desdobla; en lugar de coincidir exactamente consigo misma, he ahí que se pone a existir afuera. Así, en La invitación al vals, de Rosamond Lehmann, se ve a Olivia descubrir ante el espejo una figura desconocida: es el ella-objeto que se yergue súbitamente frente a ella; y la joven experimenta una emoción prontamente disipada, pero que la trastorna profundamente: Desde hacía algún tiempo, una emoción particular acompañaba el momento en que se contemplaba así, de arriba abajo: de manera imprevista y extraña, sucedía que veía delante de ella a una extraña, a un ser nuevo. Había ocurrido eso en dos o tres ocasiones. Se contemplaba en un espejo, se veía. Pero ¿qué sucedía?... Lo que hoy veía era algo completamente distinto: un rostro misterioso, a la vez sombrío y radiante; una cabellera desbordante de movimientos y de fuerza, y como recorrida por descargas eléctricas. Su cuerpo -tal vez a causa del vestido- le parecía que se ordenaba armoniosamente: se centraba, se expandía, flexible y estable a la vez: vivo. Tenía ante sí, semejante a un retrato, a una joven vestida de rosa y a la que todos los objetos de la estancia, reflejados en el espejo, parecían enmarcar, presentar, murmurando: «Es usted...» 152 152 Lo que deslumbra a Olivia son las promesas que cree leer en esa imagen en la cual reconoce sus sueños infantiles y que es ella misma; pero la joven ama también en su presencia carnal ese cuerpo que la maravilla como si fuese de otra. Se acaricia a sí misma, besa la redondez del hombro, la sangradura del brazo, se contempla el pecho, las piernas; el placer solitario se hace pretexto para su ensueño y busca en él una tierna posesión de sí misma. En el adolescente hay oposición entre el amor a sí mismo y el movimiento erótico que le impulsa hacia el objeto destinado a la posesión: su narcisismo, por lo general, desaparece en el momento de la madurez sexual. Siendo la mujer un objeto pasivo tanto para el amante como para sí misma, hay en su erotismo una indiscriminación {332} primitiva. En un movimiento complejo, la mujer ve la glorificación de su cuerpo a través del homenaje de los varones a quienes ese cuerpo está destinado; y sería simplificar las cosas decir que quiere ser bella con el fin de agradar, o que trata de agradar para asegurarse de que es bella: en la soledad de su cuarto, en los salones donde procura atraer las miradas, ella no separa el deseo del hombre del amor que siente por sí misma. Esa confusión es manifiesta en Marie Bashkirtseff. Ya hemos visto que un destete tardío la ha dispuesto más vivamente que a ninguna otra niña a querer ser mirada y valorada por los demás; desde la edad de cinco años hasta salir de la adolescencia, dedica todo su amor a su imagen; admira con delirio sus manos, su cara, su gracia, y escribe: «Yo soy mi propia heroína...» Quiere hacerse cantante para ser contemplada por un público deslumbrado y para, a su vez, mirarlo con desdén desde las alturas de su orgullo; pero ese «autismo» se traduce en sueños románticos; desde los doce años de edad está enamorada: es que desea ser amada, y en la adoración que desea inspirar no busca sino la confirmación de la que siente por sí misma. Sueña que el duque de H.... del cual está enamorada, sin haberle hablado jamás, se prosterna a sus pies: «Quedarás deslumbrado por mi esplendor y me amarás... Solo eres digno de una mujer como espero serlo yo.» 




Es la misma ambivalencia que hallamos en la Natacha de Guerra y paz: Mamá tampoco me comprende. ¡Dios mío, con el espíritu que tengo! Esta Natacha es verdaderamente encantadora -prosiguió, hablando de sí misma en tercera persona y poniendo estas palabras en boca de un personaje masculino que le prestaba todas las perfecciones de su sexo-. Lo tiene todo, absolutamente todo. Es inteligente y gentil y linda y dispuesta. Sabe nadar, monta soberbiamente a caballo, canta que es una bendición. ¡Sí, una verdadera bendición!... Aquella mañana había vuelto a ese amor por sí misma, a esa admiración por su persona que constituían su estado de ánimo habitual. «¡Cuán encantadora es esta Natacha{333}! -decía, haciendo hablar a un tercero, personaje colectivo y masculino-. Es joven y bonita, tiene una voz espléndida, no molesta a nadie. ¡Dejadla, pues, tranquila!» Katherine Mansfield ha descrito también, en el personaje de Beryl, un caso en el cual se mezclan estrechamente el narcisismo y el deseo romántico de un destino de mujer: En el comedor, al resplandor parpadeante de un fuego de leños, Beryl, sentada en un cojín, tocaba la guitarra. Tocaba para sí misma, cantaba a media voz y se observaba. El resplandor del fuego se reflejaba en sus zapatos, en el vientre rubicundo de la guitarra y en sus dedos blancos... «Si yo estuviese fuera y mirase al interior por la ventana, me impresionaría bastante verme así», pensaba. Tocó el acompañamiento con sordina; ya no cantaba, pero escuchaba. «La primera vez que te vi, pequeña, ¡oh, te creías muy sola! Estabas sentada, apoyados los pies en un cojín, y tocabas la guitarra. ¡Dios mío! Jamás podría olvidarlo...» Alzó Beryl la cabeza y se puso a cantar: 153 153 Hasta la Luna está cansada... Pero sonó un fuerte golpe en la puerta. Apareció el rostro carmesí de la doncella... ¡No!, no soportaría a aquella estúpida. Se refugió en el salón oscuro y empezó a pasear de arriba abajo. ¡Oh, cuán agitada estaba! Sobre la campana de la chimenea había un espejo. Con los brazos apoyados, contempló su pálida imagen. ¡Qué bella era! Pero allí no había nadie para percatarse de ello, nadie... Beryl sonrió, y su sonrisa era verdaderamente tan adorable, que sonrió de nuevo... (Preludio.) Ese culto del yo no solo se traduce en la joven en la adoración de su persona física, sino que desea poseer e incensar su yo todo entero. Ese es el fin perseguido a través de esos diarios íntimos en los cuales vierte de buen grado su alma: el de Marie Bashkirtseff es célebre y constituye un modelo en su género. La joven habla con su cuaderno como hablara en {334} otros tiempos con sus muñecas; es un amigo, un confidente, se le interpela como si fuese una persona. Entre sus páginas se inscribe una verdad celada a los padres, a los camaradas, a los profesores, y con la cual se embriaga solitariamente la autora. Una niña de doce años, que llevó su diario hasta los veinte, había escrito en exergo: Soy el pequeño carnet, gentil, bonito y discreto. Confíame tus secretos; soy el pequeño carnet (1). (1) Citado por DEBESSE: La crise d'originalité juvénile. 




Otras advierten: «No leer antes de mi muerte», o bien: «Quémese después de mi muerte». El sentido de lo secreto que se desarrolla en la muchachita en el momento de la prepubertad no hace más que ganar importancia. Se encierra en una hosca soledad; rehusa entregar a su entorno el yo escondido que ella considera como su verdadero yo y que, en realidad, es un personaje imaginario: juega a ser una bailarina como la Natacha de Tolstoi, o una santa, como hacía Marie Lenéru, o simplemente esa singular maravilla que es ella misma. Siempre hay una enorme diferencia entre esta heroína y la faz objetiva que sus padres y amigos le reconocen. Así se persuade de que es una incomprendida; sus relaciones consigo misma no se hacen por ello sino más apasionadas: se embriaga con su aislamiento, se siente diferente, superior, excepcional: se promete que el porvenir será un desquite sobre la mediocridad de su vida presente. De esa existencia angosta y mezquina se evade a través de sus ensueños. Siempre le ha gustado soñar y se abandonará más que nunca a esa inclinación; enmascara tras poéticos clisés un universo que la intimida; nimba al sexo masculino con un claro de luna, nubes sonrosadas, una noche aterciopelada; hace de su cuerpo un templo de mármol, de jaspe, de nácar; se cuenta a sí misma necias historias de hadas. Por no haber aprehendido al mundo, zozobra frecuentemente en la {335} bobería; si tuviese que actuar, tendría que ver claro, en tanto que esperar puede hacerlo en medio de la bruma. También el joven sueña: sobre todo, sueña con aventuras en las cuales desempeña un papel activo. La joven prefiere lo maravilloso e la aventura; propaga sobre las cosas y las gentes una incierta luz mágica. La idea de magia es la de una fuerza pasiva; porque está consagrada a la pasividad y, no obstante, desea el poder: es preciso que la adolescente crea en la magia: en la de su cuerpo, que reducirá a los hombres a su yugo, y la del destino en general, que la colmará sin que ella tenga nada que hacer. En cuanto al mundo real, procura olvidarlo. «Algunas veces, en la escuela, me evado, no sé cómo, del tema explicado y me remonto al país de los sueños...», escribe una muchacha (1). «Me siento entonces tan absolutamente absorbida en deliciosas quimeras, que pierdo por completo la noción de la realidad. Permanezco clavada en el banco, y, cuando despierto, me asombro de hallarme entre cuatro paredes.» 154 154 (1) Citado por DEBESSE: La crise d'originalité juvénile. «Me gusta mucho más soñar despierta que hacer versos -escribe otra-, pergeñar en mi mente lindos cuentos sin pies ni cabeza, o inventar una leyenda mientras contemplo unas montañas a la luz de las estrellas. Es mucho más bonito, porque es más vago y deja una impresión de descanso, de recuperación.» Sin embargo, el culto solitario que se rinde a sí misma no satisface a la joven. Para realizarse, necesita existir en una conciencia distinta. Busca frecuentemente ayuda en sus compañeras. Cuando era más pequeña, la amiga íntima le servía de apoyo para evadirse del círculo materno, para explorar el mundo y, en particular, el mundo sexual; ahora es a la vez un objeto que arranca a la adolescencia de los límites de su yo y un testigo que se lo restituye. 




Algunas niñas se exhiben unas a otras su desnudez, comparan sus pechos: tal vez se {336} recuerde la escena de Muchachas de uniforme que mostraba unos audaces juegos de internas de pensionado, que intercambian caricias difusas o precisas. Como indica Colette en Claudine à l'école y, con menos franqueza, Rosamond Lehmann en Poussière, casi todas las muchachas tienen inclinaciones lesbianas; esas inclinaciones apenas se distinguen de la delectación narcisista: cada una codicia en la otra la suavidad de su propia piel, el modelado de sus propias curvas; y, recíprocamente, en la adoración que siente por sí misma, está implícito el culto de la feminidad en general. Sexualmente, el hombre es sujeto; por tanto, los hombres están normalmente separados por el deseo que los impulsa hacia un objeto diferente de ellos; pero la mujer es objeto absoluto de deseo; por eso en los liceos, en las escuelas, en los pensionados, en los talleres, florecen tantas «amistades particulares»; algunas son puramente espirituales, otras intensamente carnales. En el primer caso, se trata, sobre todo, de abrirse el corazón entre amigas, de intercambiar confidencias; la más apasionada prueba de confianza consiste en mostrar a la elegida el diario íntimo; a falta de abrazos sexuales, las amigas intercambian manifestaciones de extremada ternura, y a menudo, mediante un rodeo, se dan una prenda física de sus sentimientos; así Natacha se quema el brazo con una regla calentada al rojo para probar su amor a Sonia; sobre todo, se llaman con mil nombres acariciadores, se escriben ardientes cartas. He aquí, por ejemplo, lo que escribía Emilie Dickinson, joven puritana de Nueva Inglaterra, a su amada amiga: He pensado en usted durante todo el día y he soñado con usted durante toda la noche. Me paseaba con usted por el más maravilloso de los jardines y la ayudaba a coger rosas, pero mi cestito no se llenaba nunca. Y así, durante todo el día, pido poder pasearme con usted; y, cuando se acerca la noche, me siento dichosa y cuento impaciente las horas que me separan de la oscuridad, de mis sueños y del cestito nunca lleno...{337}. En su obra L'âme de l'adolescente, Mendousse cita un gran número de cartas análogas: Mi querida Suzanne... Me hubiera gustado transcribir aquí algunos versículos del Cantar de los cantares: «¡Qué bella eres, amiga mía, qué bella eres!» 



Al igual que la novia mística, era usted semejante a la rosa de Saron, al lirio del Valle, y, como ella, ha sido usted para mí más que una joven común; ha sido usted un símbolo, el símbolo de tantas cosas bellas y elevadas... Y por eso, blanca Suzanne, la amo con un amor puro y desinteresado que tiene algo de religioso. Otra confiesa en su diario emociones menos elevadas: Allí estaba yo, con el talle oprimido por aquella blanca manita; la mía descansaba sobre uno de sus mórbidos hombros, mi brazo tocaba el suyo desnudo y tibio y se apretaba 155 155 contra la dulzura de su seno; tenía ante mí su linda boca entreabierta, mostrando sus dientecitos... Me estremecí y sentí que me ardía la cara (1). (1) Citado también por MENDOUSSE: L'âme de l'adolescente. En su libro La adolescente, madame Évard ha recogido también gran número de estas efusiones íntimas: A mi hada bienamada, a mi muy querida amiga. Linda hada mía. ¡Oh!, dime que me amas todavía, dime que sigo siendo para ti la amiga abnegada. Estoy triste, te amo tanto, ¡oh, L... mía!, y no puedo hablar contigo, expresarte mi cariño lo suficiente; no hay palabras para describir mi amor. Idolatría es poco decir para lo que experimento en mi interior; a veces me parece que va a estallarme el corazón. Ser amada por ti es demasiado hermoso, y no puedo creerlo. ¡Oh, cariñito!, dime: ¿me seguirás amando durante mucho tiempo?..., etc. De esas exaltadas ternuras es fácil deslizarse a culpables amores juveniles; a veces, una de las dos amigas domina a la otra y ejerce su poder con sadismo; pero frecuentemente se {338} trata de amores recíprocos, sin humillación ni lucha; el placer dado y recibido sigue siendo tan inocente como en la época en que cada una se amaba a sí misma solitariamente, sin desdoblarse en una pareja. Pero semejante pureza resulta insípida; cuando la adolescente desea entrar en la vida, acceder a lo Otro, quiere resucitar en su provecho la magia de la mirada paterna, exige el amor y las caricias de una divinidad. Entonces se dirigirá a una mujer menos extraña y menos temible que el varón, pero que participará del prestigio varonil: una mujer que tenga un oficio, que se gane la vida, que disfrute de cierta consideración social, será fácilmente tan fascinante como un hombre: sabido es cuántas «llamas» prenden en el corazón de las colegialas las profesoras, las cuidadoras. En Régiment de femmes, Clémence Dane describe castamente pasiones abrasadoras. A veces, la joven hace a su amiga íntima la confidencia de su gran pasión; puede suceder incluso que ambas la compartan y que cada cual tenga el prurito de demostrarla más vivamente. Así, una colegiala escribe a su amiga preferida: Estoy en cama, resfriada, y no puedo pensar más que en la señorita X... Nunca he amado de tal modo a una maestra. Ya en primer año la quería mucho; pero ahora se trata de un verdadero amor. Creo que soy más apasionada que tú. Tengo la impresión de que la beso real y verdaderamente; estoy a punto de desvanecerme y me reconforta la idea de volver a la escuela para verla (1). (1) Citado por MARGUERITE ÉVARD: L'adolescente. Lo más frecuente es que ose confesar sus sentimientos a su mismo ídolo: Con respecto a usted, mi querida señorita, me hallo en un estado indescriptible... Cuando no la veo, daría cualquier cosa por verla; pienso en usted a cada instante. Si la veo, se me llenan los ojos de lágrimas y me invade el deseo de ocultarme; soy tan pequeña y tan ignorante a su lado... Cuando usted me habla, me siento confusa, conmovida, y me parece{339} oír la dulce voz de un hada y como un zumbido de cosas amables, imposibles de traducir; espío sus menores gestos, no me entero de lo que se habla y farfullo cualquier tontería: admitirá usted, mi querida señorita, que todo esto es muy confuso. Pero una cosa la veo con toda claridad, y es que la amo desde lo más profundo de mi alma (1). (1) Citado por MARGUERITE ÉVARD: L'adolescente. 156 156 La directora de una escuela profesional cuenta lo siguiente (2): (2) LIEPMANN: Jeunesse et sexualité. Recuerdo que, en mi propia juventud, nos disputábamos el papel con el cual envolvía su almuerzo uno de nuestros jóvenes profesores y que pagábamos hasta veinte pfennigs por trozos del mismo. Sus billetes atrasados del Metro también eran objeto de nuestra manía de coleccionistas.



 Puesto que debe desempeñar un papel viril, es preferible que la mujer amada no esté casada: el matrimonio no siempre desalienta a la joven enamorada, pero la molesta; detesta que el objeto de su adoración aparezca sometido al poder de un marido o de un amante. A menudo, tales pasiones se desarrollan en secreto, o, al menos, en un plano puramente platónico; sin embargo, el paso a un erotismo concreto es aquí mucho más fácil que si el objeto amado es del sexo masculino; aun cuando no haya tenido experiencias fáciles con amigas de su edad, el cuerpo femenino no asusta a la muchacha; a menudo ha conocido con sus hermanas, con su madre, una intimidad en que la ternura se penetraba sutilmente de sensualidad, y junto a la amada a quien admira, el deslizamiento de la ternura al placer se efectuará igualmente de un modo insensible. Cuando, en Muchachas de uniforme, Dorothy Wieck besa en los labios a Herta Thill, es el suyo un beso maternal y sexual al mismo tiempo. Entre mujeres hay una complicidad que desarma al pudor; la turbación que una de ellas despierta en la otra carece generalmente de violencia; las caricias homosexuales no implican ni {340} desfloración, ni penetración: sacian el erotismo clitoridiano de la infancia sin reclamar nuevas e inquietantes metamorfosis. La joven puede realizar su vocación de objeto pasivo sin sentirse profundamente enajenada. Eso es lo que expresa Renée Vivien en esos versos en que describe las relaciones de las «mujeres condenadas» con sus amantes: Nuestros cuerpos para los suyos son fraternal espejo, Nuestros besos lunares tienen lívidas dulzuras, Nuestros dedos no ajan el vello de una mejilla; y cuando el cinturón se desata podemos ser amantes y hermanas al mismo tiempo (1). (1) L'heure des mains jointes. Y en estos otros: Porque amamos la gracia y la delicadeza y mi posesión no lastima tus senos... Mi boca no podría morder ásperamente la tuya (2). (2) Sillages. A través de la impropiedad poética de las palabras «senos» y «boca», lo que promete claramente a su amiga es no violentarla. Y en parte es por temor a la violencia, a la violación, por lo que la adolescente dirige frecuentemente su primer amor a una muchacha mayor antes que a un hombre. La mujer viril reencarna para ella, a la vez, al padre y a la madre: del padre tiene la autoridad, la trascendencia, es fuente y medida de valores, emerge más allá del mundo dado, es divina; pero sigue siendo mujer. Que de niña haya estado demasiado privada de las caricias maternas o, por el contrario, que su madre la haya mimado en demasía, la adolescente sueña como sus hermanos con el calor del seno; en esa carne próxima a la suya encuentra con abandono esa fusión inmediata con la vida, que el destete destruyera; y la separación que la individualiza es superada por esa mirada {341} extraña que la envuelve. Bien entendido, toda relación humana implica conflictos; todo amor, celos. 


Pero muchas de las dificultades que se 157 157 alzan entre la virgen y su primer amante son aquí allanadas. La experiencia homosexual puede adoptar la figura de un genuino amor; puede aportar a la joven un equilibrio tan dichoso, que deseará perpetuarla, repetirla, y conservará de ella un recuerdo nostálgico; puede revelar o dar nacimiento a una vocación lesbiana (1). Pero lo más frecuente es que no represente sino una etapa: su misma facilidad la condena. En el amor que consagra a una mayor, la joven codicia su propio porvenir: quiere identificarse con el ídolo; a menos que posea una superioridad excepcional, este pierde pronto su aura; cuando ella empieza a afirmarse, la menor juzga, compara: la otra, que ha sido elegida precisamente porque estaba próxima y no intimidaba, no es lo bastante otra para imponerse durante mucho tiempo; los dioses masculinos están más sólidamente instalados, porque su cielo está más lejos. Su curiosidad, su sensualidad, incitan a la joven a desear abrazos más violentos. Con mucha frecuencia, desde el principio, no se ha propuesto la aventura homosexual más que como una transición, una iniciación, una espera; ha jugado al amor, a los celos, a la cólera, al orgullo, a la alegría y a las penas con la idea, más o menos confesada, de que imitaba sin gran riesgo las aventuras con las que sueña, pero las cuales no se atrevía todavía o no tuvo ocasión de vivirlas. Está destinada al hombre y lo sabe; y quiere un destino de mujer normal y completa. (1) Véase capítulo IV.

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