España - my love V

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¡Tuerza la columna!

Voz 1ª - ¡Siéntese por favor!
Voz 2ª - Yo no adopto tales posturas.
Voz 1ª - Túmbese entonces si le apetece.
Voz 2ª - Yo no.
Voz 1ª - Pues quédese de pié, como los cadetes.
Voz 2ª - Yo no adopto tales posturas.
Voz 1ª - Si es tan testanudo, tírese boca abajo.
Voz 2ª - Yo no.
Voz 1ª - Pues haga lo que quiera, valla de arriba abajo y de allá para acá. Estése a lo suyo, déjese ya de exageraciones.
Voz 2ª - Yo no voy a ninguna parte.
Voz 1ª - ¡Admirable!
Voz 2ª - Si estoy perfectamente tal como ahora. ¿Me permite usted simplemente estar a mi manera?
Voz 1ª - Haga lo que le place, me tiene usted sin cuidado.
Voz 2ª - Yo creía se preocupaba en que me sentara.
Voz 1ª - Me da usted igual.
Voz 2ª - ¿Le da igual? Curiosamente, esta fue mi postura, por lo que no le invité a esperar conmigo.
Voz 1ª - ¿Esperar a qué? ¿Va tener usted visita? ¿Le envían algo? ¿Será alguna carta quizá? ¿No esperará a alguna señora? ¿Esperar a qué? ¿Qué está tramando usted? ¡Dígame por favor!




El fantasma

¡Haga usted las maletas y marche!
(gritó)
Apague las luces y abra bien los ojos.
(dijo, el fantasma)
Valla encontrarse usted con hipopótamos de verdad.
(los ofende el señor fantasma,
son animales que yo respeto)
Enciérrese en la casa y no salga.
(aquel habla, pero es fantasma,
sólo yo lo oigo,
otros fingen no verlo)
Si vive usted como hombre y no hace cuanto el artista…
(¿qué pasaría?)
…esperará a que caiga un enviado del cielo,
que le invita ir a vivir a la China.
(son optimistas los fantasmas hoy día)
En una aldea de la China,
hablarán los dos como si solos estuvieran.
____________________
Nota al pie: Y la palabra trajo la locura al mundo. Intentó traducir las sensaciones en frase, se atormentó el mundo. Los animales que padecen la locura, son los de dotes extraordinarios, humanos. Dios los alcanzó con su barrita mágica, del habla, y enloquecieron.





Cactus

El cactus
como toda planta terrenal
hablaba, del monólogo
pero vino el día
- del hombre.
El cactus supo cuanto quería decir
y enmudeció
como toda planta
como todo ser-verdoso.
El cactus
como todo hombre no nacido
tenía alma, y un corazón-verde
pero con el Día
le crecieron las espinas
hacia dentro
y su alma encogió, dormida.
También tenía ojos
pero en sus pupilas comenzó a florecer
árbol bello
de ramas mil
de puntas afiladas
con las que la planta deseaba alcanzar
a todo cuanto había mirado
pero el cactus no veía verde.
El verde - olvidado.
-
También el hombre
como toda planta terrenal
hablaba, del monólogo
pero vino el día
- del Cactus.
El hombre supo qué decir
pero enmudeció
había ingerido un cactus
se atragantaba.
Y el hombre
como toda planta no asesinada
tiene alma, y un corazón de cactus-verde
pero con el Día
al cactus le crecieron las espinas
hacia fuera
y el alma humana es líquida
como la de la planta
se derrama, lo verde.




Cuando el hombre llora lágrimas - verdes
es por el árbol feo de la vista
que comienza a florecer
el hombre se vuelve ciego
no llora
más dentro de sí
en lo verde, no derramado.





El Biógrafo

Biógrafo - Es emocionante ver cómo se entusiasma usted únicamente cuando está con vuestras cosas.
Escritor - Así es la vida, divertida en todos sus largos y diurnos silencios.
B. - ¿Pero usted suele narrar cuentos a su querido loro sólo de noche?
E. - “Emocionante”, como usted dijo. Una vida diaria sin duda emocionante.
B. - Pero las cosas de usted, los cuentos que narra son de lo más conmovedor.
E. - Si insiste. No he tenido el placer de consultar a mi querido loro de si las oye estupendas.
B. - Seguramente que sí, estoy convencido.
E. - ¿Disculpe la indiscreción, pero ha sido usted un loro alguna vez?
B. - No, no he tenido el placer. Aunque me gustaría…
E. - ¿Cómo sabe entonces de cuanto oyen los loros? Además mi loro…
B. - Yo es que comprendo las aves. Lo que hago es comprender toda clase de pájaros.
E. - Y se emociona usted mucho al parecer.
B. - ¡Así es, así es!
E. - Es curiosa vuestra situación, yo, en todos los años que he estado narrándole a mi loro, ni una vez fui capaz de oír cuanto chismorreaba con su pico. Ya me gustaría comprenderle algún día.
B. - Seguramente lo conseguirá en su día. Es emocionante ver como se esfuerza usted en tener amigos. Va usted con su ambiente a todas partes.
E. - Mire, yo las horas diurnas las suelo pasar acompañado, que no es lo mismo que no estar solo.
B. - Ya, pero de noche esta usted completamente solo.
E. - Supongo por ello me he comprado un loro, para no sentirme solitario.
B. - ¿Pero no se quejaba de que…?
E. - Tal vez me quejé de sentirme demasiado acompañado, aunque por el detalle de recordar a mis amigos y mí querido loro, soy un solitario.
B. - Es emocionante ver cómo tiene usted de claros sus objetivos en la vida.
E. - Emocionante, sin duda alguna, como usted dijo.
B. - Es tarde, le dejo ya, que tiene que ocuparse de sus cosas.
E. - No, pero no se moleste usted, sino me sentiré poco solitario.
B. - ¿Pero no quería usted estar solo, pasadas las horas diurnas?
E. - Yo no he dicho que no estuviese solo, lo único… usted es mí invitado hoy.
B. - ¡Mire, allí viene su loro, me conmueven los sonidos que dispersa!
E. - Emocionante.
B. - ¿Perdone?
E. - Decía usted, “emocionante”.
B. - Ah, sí, sí, es un loro emocionante.





Del padre

Espíritu cruel - Me alegra Hesilio,
ver las visiones de quienes mueren,
leer los ojos de quienes a la horca su cruz sostienen,
deletrear los nombres que madres muriendo pronuncian,
oír de los paisajes descritos por los desangrándose,
hallar tu faz en sus plegarias…
porque tú eres quien me alegra a mí,
tú único haces que olvide mi torpeza, maligna.
Veo visiones de pájaros azulados por prados verdosos,
leo miradas de felicidad, de queridos o de seres llorando,
deletreo los nombres de personas amadas,
oigo de lugares maravillosos y sus bellos cielos,
los que en mi oscura y retirada cueva fría,
gracias a ti conozco.
Esclavo - Pero yo no he deseado tu bien,
por más que tú me adores,
eres la injuria de ese recipiente que habitamos,
lo menos que puedo hacer es ser recordado por quienes se cuecen,
en tus ardores,
(de alegría según tu ser apartado).
Espíritu cruel - Por ello yo te he amado siempre,
por tu faz iluminada y de la perfección,
por permanecer tú arrogante,
y no rebajar a parecerte a mí,
tu hermano,
cual nunca te abandonará,
por más que insistas que soy yo quien te obliga,
ir tras mis desastres
(teniendo que arrepentirme según tus valores).
Pero yo nací caótico,
fuiste tú quien se opuso a mí,
tú, quien le traicionaste.






De una señorita

Voz masculina - Sea usted señorita y cambie de ropa diariamente.
Voz femenina - Pero si cada día camino por la misma calle.
Voz m. - A usted yo la veo diferente con el día nuevo.
Voz f. - No le comprendo, si no hay nada que me cambie por esa aldea.
Voz m. - Si cambia usted de vestido seguramente la calle vendrá a ser diferente.
Voz f. - Es que mis vestidos son iguales.
Voz m. - Aun así, si los renueva, sé que verá a la ciudad incomprensible.
Voz f. - No hay nada que comprender por ese lugar perdido.
Voz m. - Abuse usted de su instinto de supervivencia y verá que sí.
Voz f. - ¿Defendiéndome de qué? No le comprendo.
Voz m. - De nada. Simplemente mire a cuanto haya por la calle, no cuanto esa le aparenta.
Voz f. - ¿De qué me serviría?
Voz m. - Verá usted de la utilidad de los letreros, las señales, los basureros, las panaderías.
Voz f. - Yo sé perfectamente cómo son.
Voz m. - No conocerlos, verlos por su utilidad. Intuya usted, y caminará por aldea extranjera cada día.
Voz f. - ¡De tanto variar de aldeas yo dejaría de cambiar! Seré yo misma en lugares diferentes.
Voz m. - No esté tan segura. Cambie usted de vestido y yo la veré como siempre.
Voz f. - Le he dicho que mis vestidos son idénticos.
Voz m. - ¿Supongo vuestra sastre no los cosió a la misma hora?
Voz f. - ¿Cómo sabe usted que no cambio de vestido si son iguales?
Voz m. - Porque la veo a usted diferente, pero siempre a la misma hora.
Voz m. - Es que hoy las señoritas pueden salir sólo a la hora de cenar.
Voz m. - Pues le rogaré que no sea usted señorita y salga en la madrugada.
Voz f. - Pero al alba no hay nadie por las calles, caminaré sola.
Voz m. - ¿No sabía usted que cuando el sol rompe al crepúsculo, los señores salen - aburridos de llevar sus trajes negros e iguales, visten de aldeanos y pasean sus recuerdos.
Voz f. - ¿Qué haré yo en compañía de señores? Ya no he de ser señorita.
Voz m. - Vista usted otro de sus vestidos iguales. Yo la veré tal como la recuerdo.
Voz f. - ¿Supongo yo veré la aldea cambiada?
Voz m. - No lo se. Usted ha de decírmelo.






El Calamar

Tenía que inventarme un relato, las hojas que comencé todavía recogen polvo en mi sótano. Escribí sobre un calamar. Me inventé un calamar y le vestí de mi ropa. Yo me quedé desnudo en la habitación. Al calamar le envié a pasear por la ciudad. Sentado yo en mi silla de madera rojiza, en la mesita de dos cajoncillos (también de madera rojiza), escribía sobre el calamar. Le presté una escafandra que no usaba muy a menudo, para que no se ahogara en la ciudad - en mi ciudad, que habitaba odiosamente. Gracias a mi ropa pudo salirse por fin. Caminaba mi calamar por las calles, alcanzando unos quince metros de los alrededores con sus tentáculos - todo cuanto yo imaginaba como tridimensional. Saben ustedes, es francamente incómodo quedarse desnudo de entre los magníficos armarios de madera que albergan en mi cuarto. Legué a tener frío, pero aún así me sentía en un bosque. Sentía unir mi piel a las cortezas. El escalofrío que me atravesaba devenía en el aire que alimentaba la escafandra de mi calamar, alimentaba a mi calamar, alimentaba al relato que me inventaba sobre un calamar (aunque estoy confuso, ¿fue aire?, porque entonces mi invento acuático…).
El calamar se deslizaba suavemente por las calles. Todo cuanto su perímetro de quince metros alcanzaba le semejaba su mar, el que le hice abandonar para sustituirme a mí. Le dije - “Vas a pasear en un relato inventado sobre vida humana.”, (pero no le revelé que iba engañarle en su pecera de quince metros de diámetro). Mi calamar inventado era como los magos, no hablaba con nadie y todo cuanto alcanzaba con sus tentáculos de quince metros devenía agua, agua azul, tan azul que el rojizo de mi cuarto me sonreía en violáceo profundo e infernal. Violáceo que perecía por mi piel en cosquilleo helado de un bosque descalzo. Yo no se cómo sucedió que en mi relato vino a meterse un amigo mío. Uno con quien últimamente intento evitar tropezar en conversaciones, que él convertía en discusión. Quizás como mi amigo se contentó al verme desnudo, quiso ahogar a mi calamar, hasta le quiso quitar mi ropa - supongo confundió al pobre calamar conmigo. Se puso a conversar con él, le hizo discutir, le hizo correr por calles que a mi pobre calamar le pedían deslizarse. Pedían, pero mi ser marino no las oía de entre los gritos de mi amigo. Le hizo recoger a sus tentáculos y creerse que la calle que atravesaban no era un mar, mar tan azul que mi rojizo cuarto hoy sigue recordando. Le hizo parecer un calamar cualquiera que corría por la calle, y cómo chillaba mi amigo, cómo chillaba. Gracias a que no dejé aperturas en la escafandra del calamar, éste, el pobre se limitaba a caminar humanamente. No llegaba a quedarse sordo, me extraña que respirara siquiera. Como mi amigo tuvo compromiso importante quien sabe donde (espero él sí), se dio prisa y dejó por fin mi calamar solo, por la calle. Sí, el calamar lograba caminar con sus tentáculos que apenas ocupaban ni medio metro de sus alrededores. Iba como en cuclillas, a lo alto, apenas veía la calle. Miraba cada vez más a mi amigo alejarse (que al parecer seguía discutiendo solito). Tan alto se volvió mi criatura, que se olvidó de la calle que le hice recorrer. Veía únicamente los chillos e mi amigo, recordaba a mi amigo, y me tuve que inventar un final de mi relato.
Tuve que hablar de un calamar de humanos ojos, no de un ser acuático que camina torpemente, por la calle. Será mejor que no me inventé un final. No quisiera escribir sobre la muerte inoportuna de un calamar que adoraba.
En honor a la discusión de mi amigo escribiré relato nuevo, sobre otro calamar. He de inventar calamar marino, vestido de mi piel desnuda. Le haré respirar el sabor de la madera rojiza en mi cuarto. Le haré escupir los desechos que mi amigo dejó por la calle (al privar mi otro clamar del don mágico de convertir en mar, un mundo humano). Le haré humedecer de nuevo con sus tentáculos las calles disecadas. Espero mi calamar no tenga que inventarse relatos, y escriba sobre un humano. Espero el calamar de mi relato habite a su sótano, y ojeé a sus relatos olvidados, y respire los polvos por historias más interesantes, más líquidas, de criaturas marinas, no de calles disecadas, por palabras.







¿Cómo suena un pisotón?

Hay personas que pisotean a otras personas. Estas otras personas acaban con demasiadas marcas por todo su cuerpo. Han sido pisoteados durante años, decenas de años. A las primeras les apetece pisotear de nuevo, las segundas estallan, se hipersensibilizan al igual que los detectores de mentira, en detectores de pisadas. Se irritan de repente, los nervios y circuitos eléctricos de sus máquinas reaccionan al instante. Cada pisada de más resuena en el gong de millón ecos en su ser. La resonancia aparentemente musical se imprime, sale estampada en su radiografía, diagrama de la máquina de la verdad, del detector de mentiras - nervios afinados que tallan las mejores radiografías de pisoteo constante.
Los hay también comunidades de pueblos enteros que acaban siendo detectores de pisoteos. Los pisoteados quizá resulten desagradables, inhóspitos, hasta dan miedo a otras comunidades a causa de las reacciones radiográficas que dispersan.
Ni tampoco hay que irse a lo lejos, generalizar en comunidades. Hay pisoteados hasta por los amigos. Quizá sean pisadas con tacones femeninos aquellos - recordemos cuando se nos ha clavado alguna señora su taconcillo de un centímetro cuadrado de zapato elegante. Multiplicándolo por el peso de la señora, recordarán la tonelada que acababa perforando vuestro pié, en medio de autobús ahogado en viajeros. Con ello estimo se pueden imaginar hasta donde llegan los pisoteos de los amigos, y sobre todo la inmediatez en la que recorren en su hormigueo todo el cuerpo. Muchos de estos, segundos pisoteados, acaban en la radiografía del difunto, la línea seguida y plana del silencio. La máquina deja de medir las pisadas, deja de detectar. Un detector de mentiras no usado, en reposo, dejado en paz por los millón funcionarios. Contemplando por fin el polvo que caía por su superficie. No está rascado ya por manos pulidas, lisas, que cualquiera confundiría con guantes de plástico.
Existen también las presas hidráulicas, enormes, de hierro (o quien sabe de qué). Máquinas monstruosas confieso, ni pisotean, aplastan. Al juntarse sus dos planchas exquisitamente planas y pesadas, por la presión los cuerpos entre medias ni crujen. Tan sólo la parte más sensible desprende un chillido infernal. Los sentidos humanos silbando con silbatos de perro. Los aplastados suelen recurrir a sus sentidos para sobrevivir, sobre todo oídos, olfato, vista, tacto, y muy a menudo se olvidan los desgraciados de usar el lenguaje. Pobres perros, ni saben hablar, ladran en gritos - arh, arh, arh… Los inteligentes pisodontes interpretan su comunicado en algo como “art”, “artist”… en ocasiones, aunque luego dicho término trascienda entre otros pisoteados. Toda una era de evoluciones en detectores mestizos de mentira y en presas hidráulicas, mestizas. Los chillos de silbato de perro (tanto mestizos, como no), llegan a ser oídos por otros perros, que también acaban en la guillotina de las presas hidráulicas. Pobres perros, ¿qué desgracia los llevó a servir de mejor amigo al hombre?
Amistades peligrosas que aplastan. Amistades que acaban por perecer en los perros, haciéndoles confiar únicamente en su propio ladrido, y tan sólo el ladrar de otros perros - arh, arh, arh - ese quizá sea el sonido que desprende un pisotón. Tal vez todo empezó por unas personas que pisoteaban a otras. ¿Quién sabrá? No hay perros que hablen todavía, sólo oyen, saborean, miran, olfatean… ¡Perros, pobres perros!






Has nacido hombre,
he aquí tu pecado,
tú, animal.



¡Hombre animal, pide tu sueño!
- del depredador
¡Animale, yo del Omnidios no soy!
- del sobrevivir
!Con no ser omnívoro te bastará!
- del depredador
Hastiado tú, quien sueñas milagros.
¡Desea tu sueño!
- del sobrevivir
Yo sueños no cumplo, no es mi autoridad.
Sé arrastrar los deseos como corza muerta,
yendo hacia la noche del Omnidios, su alabanza…
- ¡Falsa!
Soy yo la esperanza. ¡Desea!
- sangre de corza
¡Hombre animal, sigue a mi dibujo del animal muerto!
¡Busca de qué animal has de ser de entre mis garabatos!
- de la serpiente
¡Di, cómo has de ser, dime de tu animal!
- de ojos reptiles, del agua
Si éste es tu deseo, ésta la luna en la mirada de tu vida,
cuéntame de tu sueño, del animal Verdadero que has de ser.
Haz tu sueño verdad,
yo te soplo del deseo mío - del hombre animal.
- yo, serpiente
¡He dicho soy del deseo Verdadero, no del milagro!
- ¿no del Omnidios falso?
¡Así es!
- ¿Qué eres, si a nada hueles?
¿Acaso cambias de alma inocente del hombre,
en alma amarga del animal,
acaso cambias tu piel, como la serpiente?
Si tú no sabes del atraganto del bocado entero,
peludo, feo, de uñas y picos, sin sabor,
con el que la serpiente alimenta su vida.
¿Acaso caminas arrastrándote todo tú por suelos,
abusando de tus costillas últimas para seguir adelante,
como la serpiente que se atrevió prescindir de todo órgano y encanto.
No, tú no sabes del sabor del mar,
del dolor del amor,
como la serpiente que en su huella aún guarda sus memorias lila.
Ni de la melancolía,
no acabarás negando todo color,
como la serpiente en su arco iris del ultravioleta.


¿Acaso fuiste mordido en el corazón,
para escupir veneno en tus dientes blanquecinos.
como la serpiente que hasta con sus escamas, cuerpo armazón,
asusta con su brillo, o con sus colores de la muerte nacida.
¡Hombre animal, me retiro!
Tu deseo fue dado. Mi deseo es.
Tu alma ya es de tu animal.
Tu destino - tal como fuiste parido.
- del hombre
No. ¡Del animal!
- del Omnidios
No. Del depredador.
¡Sobrevive!





Al margen de la corriente

Imagínese usted que existen esculturas que una vez quisieron pintar. Estatua monumental, todo un coloso reposando sobre sus talones, contempla los árboles en lo nocturno del parque, un día de verano. Ni una hoja tiembla, hojas del gris de la piedra del coloso. Imagínese que con el amanecer lo monumental de la estatua por fin descubre al bosque movedizo, el viento bosteza, descubre la existencia propia, inmóvil. Descubre que creía ver una pintura, vivir un cuadro. Imagínese que la estatua inspiró su primer deseo de recrear un parque congelado, llegar a conocer su inmovilidad. Congelada, intentaba oír al viento que la despertó, intentaba pintar el color de la caliza, su caliza, de sus entrañas, de estatua.
Imagínese que las calizas oyen a los vientos ansiados, los que sorprenden en cada palpitar, nuevo. Nacen con cada mirada, como el niño mirando su soldadito de plomo, como el gato siguiendo con su mirada cualquier insecto por el suelo. El viento no cesa, corre, en presente. Las calizas oyen a los vientos que susurran, oyen lo nunca imaginado, oyen el silencio, como todo compositor sordo vagando a la calma sinfónica, del silencio. Oyen a los vientos que soplan fuerte, enfurecidos, palpitan las hojitas de los arbustos ante los silbidos invisibles, matices en millón colores. Oyen a los vientos en reposo, que anuncian su olvido, y su ida, a su despertar, helando las hojas de un parque. recortan a un instante de vida vegetal, vibración inagotable.
¿Se imagina usted a las calizas sin el viento? ¿Se imagina a calizas nunca desgastadas por aguas arrancadas de los vientos? ¿Se imagina a calizas que no envejecen, a estatuas que no descansan en los ataúdes del restaurador? ¿Restauradores de pinturas? ¿O matadores que inmortalizan? ¿Asesinan a los vientos? ¿Imaginaría usted muerto al viento? Muerto, el soplo en los instrumentos de viento, los únicos que simulan conversación verdadera por los sobrios bares de jazz… y no menos por la soleada faz del escenario, elegantes. Las flautas recuerdan los jardines verdosos, o a los monólogos que recordamos confusos. Viento que mueve las flores alcanzando con su barrita mágica los hilos de la vida, de la flor, existe, se mueve. Viento gracias al que las olas perviven bajo tejidos oceánicos, infinitos. ¿Y el viento que cosquillea la piel recordando que como las aguas vivimos en el mundo real, más que en el líquido? El viento que encendió la primera llama primitiva, o la apagó. ¿Y la brisa del viento al cruzarnos con alguien de especie semejante por las ciudades, haciéndonos creer que no estamos solos en un mundo acuático? ¿Y la lluvia de hojas en otoño, existirían los alérgicos si el viento no nos ayudara diferenciarlos, contagiando toda atmósfera de polen? Viento que hace balancear los cables eléctricos, los columpios de pájaros que inspirarían no a un poeta. Viento que hace amanecer dibujos de entre humo de cigarrillo recién encendido, o tirado, o ya apagado… o el humo de la chimenea ahogando la casa. Viento que arrastra los desechos acumulados por las esquinas de las calles hacia el medio, gracias a lo que podemos contemplar las cosillas que habitan las periferias de los callejones, del pueblo que creemos habitar. ¿Y los vientos que de entre los escapes de aire por la calle, casualmente levantan las faldas de señoritas descuidadas, alegrando las miradas masculinas? Viento que hace que las aguas de las fuentes públicas acabe descansando en mil gotitas invisibles sobre la piel de los turistas, tanto los de visita como los permanentes. Despertar ligeramente frío y desagradable, recordando lo ajeno de las fuentes públicas. Viento que hace levantar banderas, el que movió vestidos de libertad en cuadros de Delacroix. Viento que mueve los cabellos de las personas amadas, brisa oceánica que hace palpitar su rostro, no como de las muñecas de porcelana, envueltas en paños, fingen ocultarse del sol, evitan quemaduras. Viento que se desliza por las afueras de las cabañas en las que permanecemos aun cálidos. Rumorea como la carretera a mediana lejanía, recuerda que estamos a salvo, dentro de una cabaña. Viento furioso arrastrando únicamente las paredes exteriores llamando con silbido de engaño en las ventanas. Viento que hizo que tantas semillas puedan encontrar hogar nuevo, hogar deviniendo en bosques que puede que tengamos la suerte de encontrarnos en ocasiones.
Imagínese usted una pintura, imagine oír al viento. Imagine ser estatua, no un coloso, ser caliza, no monumental. ¿Podrá imaginar pintar? ¿Pintará? ¿Verá a la pintura? ¿Soplará?




Greg

Acostúmbrate pequeño Greg,
que los tiburones son enormes, de dientes colinas
las flores gigantescas, caen sin avisar,
el mar de lo más hermoso, ahoga a todo ser vivo,
los pájaros ansiosos con hambre te devorarán,
porque tú eres pequeño Greg,
naciste tal y así morirías.
Acostúmbrate seguir el viento,
él único a las criaturas pequeñas adiestra,
y el viento mismo, como todos,
- como los tiburones, las bellas flores, el mar maravilla, los pájaros y su volar…
y él aplasta, al ser diminuto (aunque fuera),
para que huyas pequeño Greg,
salves tu pequeña alma.
Tu corazón es grande Greg, y si te arrastras,
reventarás todo tú, del pequeño nada habrá.
El viento cesará triste,
y todos olvidarán,
lo grandes que eran,
nada serán,
porque pequeños no pueden ser Greg.
No nacieron como tú,
y como tú no morirían.
Acostúmbrate pequeño Greg,
para que no mueras antes que ellos.
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