1. Empezar por el principio: Jasón y los Argonautas

Aunque ya no nos acordemos, muchos de los cuentos que nos contaban de pequeños, o las películas que entonces veíamos, eran también relatos de aventuras. Y de aventuras fueron también las primeras narraciones de muchísimas culturas. A menudo eran las personas mayores las que contaban a los más jóvenes, quizá alrededor del fuego, las peripecias de héroes legendarios. 

Empezaremos nuestro viaje por este este itinerario en torno a los relatos de aventuras con la narración oral de un mito bien conocido: el de Jasón y los Argonautas y su búsqueda del vellocino de oro. Lo que aquí os ofrecemos es una adaptación del relato que escribiera en griego, en el siglo III a. C., Apolonio de Rodas. Podéis o bien leerlo en voz alta... o bien pedirle a la profe o el profe que os lo cuente como siglos atrás se hacía. ¡Disfrutadlo!


JASÓN Y LOS ARGONAUTAS

Esón, rey de Yolco,  fue destronado por su hermanastro Pelías. Por este motivo Esón salió de sus tierras acompañado de su hijo Jasón. Llegaron ambos ante la cueva del centauro Quirón, famoso por su sabiduría. Esón le confió la educación de su hijo pidiéndole que lo educara como si algún día hubiera de convertirse en rey, pero que no le revelara hasta los 18 años la identidad de su padre.

Quirón cumplió su promesa, instruyendo a Jasón en todas las artes y disciplinas, y sólo cuando el muchacho hubo cumplido los 18 años le explicó en qué condiciones había llegado allí.

 -      Ahora ya puedo partir a reclamar mis derechos sobre el trono de Yolco -replicó Jasón-.  Solicito tu permiso, Quirón, para recuperar el trono que le fue arrebatado a mi padre.

 El centauro accedió, y Jasón partió hacia la lejana Tesalia. Después de muchos días de camino, Jasón se encontró ante un caudaloso río, y vio que junto a la orilla se hallaba sentada una viejecita.

 -      Joven extranjero, ¿querrías  ayudarme a cruzar estas impetuosas aguas?

 Jasón no lo dudó y, cogiendo en vilo a la anciana, cruzó con ella el río. En la travesía, perdió una de sus dos sandalias, por lo que la anciana, una vez llegados sanos y salvos a la otra orilla, quiso recompensarle.

 -      Te contaré una historia – le dijo-; presta mucha atención:

 “ Érase una vez, en la ciudad de Orcómeno, en la Beocia, un rey de nombre Atamante casado con una bellísima mujer, llamada Néfele. Néfele le había dado dos hijos, Hele y Frixo, pero murió en plena juventud. Atamante, pasado el tiempo, casó de nuevo con una princesa, de nombre Ino. Ino, celosa de Hele y de Frixo, concibió un malévolo plan para acabar con ellos. El rey Atamante almacenaba en unos inmensos graneros la semillas que cada año distribuía entre la población. Una noche, Ino se encaminó a los graneros y secó al fuego todas aquellas semillas, de modo que cuando, al cabo de las semanas, estas fueron sembradas, no germinaron. Como las condiciones climatológicas eran favorables, nadie se explicaba aquel hecho. Atamante, muy procupado, pidió a sus sacerdotes que se dirigieran al oráculo de la ciudad de Delfos y le preguntaran por qué aquel año el grano no daba fruto.  Pero Ino sobornó también a los sacerdotes, y estos explicaron al rey Atamante que para que las tierras volvieran a ser fértiles, Frixo y Heles habían de ser sacrificados.

El rey lloró y lloró, pero se dispuso a cumplir lo que, al parecer, le exigían los dioses. El día de la ceremonia todo el pueblo de Orcómeno se congregó, silencioso, en la plaza. Cuando Frixo y Hele tenían ya inclinada la cabeza sobre el altar, dispuestos al sacrificio, se oyó un terrible trueno. Por el cielo apareció, volando, un carnero con la piel de oro. Descendió hacia el altar, montó sobre su grupa a los dos muchachos, y remontó el vuelo. Néfele, la madre de Frixo y Hele, había acudido en su auxilio.

Pronto se vieron sobrevolando el mar, y Frixo le rogó a su hermana que no mirara hacia abajo. Pero Hele no pudo reprimir el deseo de dirigir su vista hacia las aguas y, como atraída por éstas, no tardó en precipitarse sobre ellas. De ahí que aquel mar haya recibido el nombre de Helesponto, que quiere decir “mar de Hele”.

Frixo, completamente apesadumbrado, continuó el vuelo, y llegó hasta Cólquide, donde fue acogido por el rey del país, Eetes. Frixo, en agradecimiento por su milagrosa salvación, sacrificó el carnero a los dioses, y entregó su piel de oro a Eetes. Éste la colocó en la copa de una centenaria y altísima encina, y puso a sus pies, como guardián del vellocino de oro, un dragón. Desde entonces- concluyó la anciana-, muchos jóvenes han tratado, en vano, de conseguirlo.”

Y al tiempo que terminaba su relato, aquella anciana se convertía en una bellísima joven bajo cuya apariencia  Jasón no tardó en reconocer a la diosa Hera.

- Efectivamente – añadió ésta-, soy Hera, y en el día de hoy, oh joven Jasón, te vaticino que tú eres el hombre destinado a recuperar el vellocino de oro.

Jasón, apenas repuesto de su asombro, reemprendió el camino. Llegado a Yolco se presentó ante el rey Pelías:

-      Soy Jasón, hijo de tu hermano Esón, y he venido a recuperar el trono que le arrebataste a mi padre.

 Pelías se echó a temblar. No sólo Jasón era mucho más joven y fuerte que él, sino que un oráculo le había pronosticado tiempo atrás que sería un joven ataviado con una sola sandalia quien algún día le arrebataría la corona. Así que echó mano de su astucia:

 -      Tienes razón, sobrino. Pero antes de cederte el trono has de demostrar a tu pueblo que eres digno de él. Por ello, te propongo que acometas la empresa con la que sueñan todos los jóvenes griegos: la conquista del vellocino de oro.

Pelías estaba seguro del fracaso de esta misión, porque ignoraba que la propia Hera le había vaticinado a Jasón que sería él y no otro quien consiguiera llevar a feliz término este reto.

Jasón encargó al carpintero Argo la construcción de una nave con la que poder llegar a Cólquide, y pronto se extendió por toda Grecia la noticia de que Jasón se disponía a partir en busca del vellocino de oro. Fueron muchos los jóvenes que  acudieron a Yolco dispuestos a formar parte de la expedición y, comoquiera que la nave había tomado de su constructor el nombre de Argos, Jasón y sus compañeros fueron en adelante conocidos como los argonautas.

El viaje fue largo y lleno de imprevistos. La primera escala tuvo lugar en Lemnos, una isla habitada sólo por mujeres. Jasón y sus compañeros se unieron a ellas, y todo parecía indicar que no pensaban moverse de allí. La reina Hípsile llegó incluso a ofrecer el trono a Jasón a cambio de que se quedasen. Sin embargo, el joven Heracles recordó a todos la importancia de su misión y reanudaron su viaje.

Los argonautas se adentraron en el Helesponto, pero las tormentas, los ataques de piratas, los feroces enfrentamientos con gigantes de seis brazos o los amorosos requerimientos de dulces ninfas iban mermando su número.

Una de esas tormentas los arrojó a las costas de Tracia, donde vivía un adivino ciego, de nombre Fineo. Fineo les prometió su ayuda si acababan con las Harpías, unos demonios alados que, cada vez que Fineo se disponía a comer, devoraban la mitad de las viandas y ensuciaban con sus excrementos el resto. Cuando los argonautas estuvieron en condiciones de prometerle a Fineo que las Harpías ya no lo molestarían más, Fineo les advirtió:

-      El viaje a Cólquide es largo y está lleno de peligros. El primero con el que habéis de encontaros es el de las rocas Cianeas, y, si no sabéis sortearlo, será también el último.

-      ¿En qué consiste el peligro? – preguntó Jasón-.

-      Las rocas Cianeas –explicó el ciego- son dos gigantescos escollos que se aproximan o se alejan entre sí caprichosamente. Pero cuando chocan, ¡pobre de la nave que se encuentra en medio! Queda absolutamente triturada.

-      ¿Cómo podremos saber cuál es el momento adecuado para pasar entre ellas? – inquirió Jasón-.

-      Toma esta paloma y, cuando llegues ante las rocas Cianeas, suéltala. Si la paloma consigue atravesarlas, tú también lo conseguirás. Si no fuera así, más te vale regresar, pues de seguir adelante te enfrentarás a una muerte segura.

Al llegar ante los escollos que guardaban la entrada del Ponto Euxino, los Argonautas soltaron la paloma. Mientras el animal pasaba por entre las rocas, estas se precipitaron una sobre la otra, pero la paloma sólo sufrió algún daño en la cola, perdiendo alguna pluma. Jasón arengó a sus hombres, y se dispusieron a pasar  a todo trapo por entre las rocas Cianeas. Lo consiguieron milagrosamente, pues estas llegaron a dañar algún madero de la popa.

Finalmente, costeando el Cáucaso, llegaron a Cólquide, término de su viaje. Jasón se presentó al rey Eetes, y le pidió el vellocino de oro.

- Muchos antes que tú, Jasón, lo intentaron, y fueron muertos por el dragón. Si quieres conseguir el vellocino de oro habrás de superar dos pruebas. Entre los campos y los bosques de mi reino, hay dos toros de pezuñas de bronce que desprenden fuego por los ollares. Has de capturarlos, ponerles un yugo y atarlos a un carro. Después, con su ayuda, has de arar unos campos y sembrar en ellos estos dientes del dragón.

Jasón aceptó, pero difícilmente hubiera podido llevar a término su empresa sin la ayuda de Medea, hija de Eetes. Esta, locamente enamorada de Jasón, le prometió su ayuda si a cambio Jasón se mostraba decidido a hacerla su esposa. Jasón aceptó y Medea le reveló lo siguiente:

-      Para enfrentarte a los toros no tienes más que beber esta poción mágica que te hará invulnerable al metal y al fuego de los toros. Pero lleva cuidado. Cuando hayas sembrado los dientes del dragón estos se convertirán inmediatamente en gigantes que tratarán de acabar contigo. Sólo tienes una salida. Lanza en medio de ellos una piedra. Los gigantes se pondrán a pelear entre sí tratando de adueñarse de la piedra y se matarán unos a otros. Yo me encargaré de dormir al dragón que custodia el vellocino, y tú podrás apropiarte de él sin dificultad.

Todo sucedió como Medea había pronosticado. Jasón, ya con el vellocino, se apresuró a partir en la nave Argos, pues el rey Eetes, lejos de mantenerse fiel a su promesa, había planeado quemar la nave y acabar con los miembros de la expedición, para no perder el objeto que le confería poder y prestigio en todo el mundo.

Jasón invitó a Medea a sumarse a la tripulación y emprendieron un regreso no exento de peligros. Llegados a Yolco, fue de nuevo Medea quien urdió la muerte de Pelias, a fin de que el trono volviera a las manos de Jasón. Pero las cosas no fueron fáciles y Jasón y Medea hubieron de refugiarse en Corinto, donde vivieron, medianamente felices, por espacio de diez años. Al cabo de este tiempo, Jasón abandonó a Medea por Glauce, hija del rey Creonte, y Medea, en venganza, regaló a Glauce un vestido que la abrasó viva y sacrificó también a los dos hijos que ella misma había tenido con Jasón.

Jasón, abatido, y abandonado por los dioses por no haber respetado el juramento de fidelidad hecho a Medea, abandonó Corinto, cediendo al templo de Apolo la nave que le había hecho famoso. Nadie volvió a oir hablar de Jasón.

Pasados los años, Jasón, invadido por la nostalgia, quiso ver de nuevo la nave Argos. Llegó a Corinto, donde nadie habría reconocido en aquel anciano apesadumbrado al héroe de los argonautas. Se dirigió al templo de Argos y subió a la nave. La recorrió con paso lento, recordando los tiempos lejanos y venturosos. Pero, súbitamente, el palo mayor se partió y cayó con gran estrépito. Golpeó a Jasón  en la cabeza y este se desplomó, ya sin vida, sobre el suelo de aquella misma nave que tanto honor le había reportado.