La princesa prometida














La princesa prometida
, de William Goldman. Ed. Martínez Roca.
La bella Buttercup jura amor eterno a Westley, que parte en busca de fortuna y es asesinado por unos piratas. La doncella, obligada, se promete al príncipe Humperdinck de Florin, un bellaco al cual sólo le interesa la caza. El mejor esgrimista, el hombre más inteligente y el más fuerte del mundo son contratados por los enemigos de Florin para raptar a Buttercup. En la huida, sufren la incansable persecución de un encapuchado que los retará uno a uno en su propio terreno. (De la contracubierta del libro)




ANTES DE LEER:

¿Os resulta familiar este título? ¿Alguien ha leído el libro o visto la película del mismo nombre? Os dejamos una de las secuencias más célebres de la misma, previa a la que recoge el fragmento que leeremos a continuación.

Vídeo de YouTube





LECTURA: EL DUELO

En el capítulo 5 - titulado "El anuncio"- tenemos uno de los muchísimos duelos que aparecen en la novela. El encapuchado -el hombre de negro- se ha batido ya con  Íñigo de Montoya -el mejor esgrimista del mundo- y con Fezzik- el más fuerte entre los fuertes-. Ahora va a desafiar al siciliano Vizzini, que como veréis no tiene muchos problemas de modestia...


- ¿Tan inteligente sois?

- No hay palabras que logren expresar toda mi sabiduría. Soy astuto, listo y sagaz, conozco infinidad de engaños, ardides y trapacerías, soy un bellaco muy perspicaz; y tan cauteloso como calculador, tan diabólico como ladino, tan artero y poco digno de confianza que... en fin, ya os he di­cho que no se han inventado aún las palabras que logren explicar la grande­za de mi cerebro, pero dejadme expresarlo de este modo: el mundo tiene ya varios millones de años, y en un momento u otro varias decenas de millones de personas han hollado su suelo; pero hablando con todo candor y modes­tia, yo, Vizzini, el siciliano, soy el hombre más hábil, más embaucador, más artificioso y más zorro que jamás haya existido.

-En ese caso –dijo el hombre de negro-, os reto a una batalla de ingenio.

Vizzini se vio en la obligación de sonreír.

-¿Por la princesa?

-Me leéis el pensamiento.

-Parece que lo hago, ya os lo he dicho. Pero no se trata de nada más que de pura lógica y sabiduría. ¿A muerte?

-Habéis vuelto a acertar.

-Acepto –gritó Vizzini-. ¡Que empiece la contienda!

-Servid el vino –le pidió el hombre de negro.

Vizzini llenó las dos copas con el líquido rojo oscuro.

El hombre de negro sacó de sus ropas negras un paquetito y se lo entregó al jorobado.

-Abridlo e inhalad, pero procurad no tocarlo.

Vizzini tomó el paquete y siguió las instrucciones que le acababan de dar.

-No huelo nada.

El hombre de negro volvió a coger el paquete.

-Lo que no lográis oler se llama polvo de iocaína. Es inodoro e insípido y se disuelve rápidamente en cualquier líquido. Da también la casualidad de que es el veneno más mortífero conocido por el hombre.

Vizini empezaba a entusiasmarse.

-Supongo que no querréis alcanzarme las copas –dijo el hombre de negro.

Vizzini negó con la cabeza y repuso:

-Cogedlas vos mismo. Mi largo cuchillo no se apartará de la garganta de la princesa.

El hombre de negro se agachó para coger las copas. La tomó en sus manos y dio media vuelta. Expectante, Vizzini lanzó una risotada. El hombre de negro estuvo ocupado durante un largo instante. Luego se volvió de nuevo con una copa en cada mano. Con mucho cuidado colocó la copa que llevaba en la mano derecha delante de Vizzini, y la que llevaba en la izquierda la depositó sobre el pañuelo, pero más lejos del jorobado. Se sentó delante de la copa que había sostenido en su mano izquierda y dejó caer junto al queso el paquete de iocaína vacío.

-Os toca adivinar a vos –dijo-. ¿Dónde está el veneno?

-¿Adivinar? –gritó Vizzini-. Yo no adivino. Pienso. Discurro. Deduzco. Y luego decido. Pero nunca adivino.

-La batalla de ingenio ha comenzado –anunció el hombre de negro-. Acabará cuando vos decidáis y después de que nos bebamos el vino y descubramos quién estaba en lo cierto y quién muere. Debo añadir que los dos beberemos y naturalmente tragaremos en el mismo instante.

-Es todo tan simple –dijo el jorobado-. Lo único que debo hacer es deducir, por lo que conozco de vos, cómo funciona vuestra mente ¿Sois de la clase de hombres que pondrían el veneno en su propia copa o en la del enemigo?

-Estáis dándole largas al asunto -le advirtió el hombre de negro.

-Estoy gozando, eso es lo que estoy haciendo –repuso el siciliano-. Hacía años que nadie me planteaba un reto así, y me encanta… Por cierto, ¿puedo oler ambas copas?

-Adelante. Pero aseguraos de dejarlas luego tal y como las habéis encontrado.

El siciliano olisqueó su propia copa; luego tendió la mano por encima del pañuelo, levantó la copa del hombre de negro y la olisqueó también.

-Inodoro, tal como habíais dicho.

-También he dicho que estáis dándole largas al asunto.

El siciliano sonrió, y mirando fijamente las copas de vino dijo:

-Sólo un perfecto tonto pondría el veneno en su propia copa, porque sabría que sólo otro perfecto tonto escogería la copa que le fue asignada. Está claro que yo no soy un perfecto tonto, de manera que también está claro no escogeré vuestro vino.

-¿Es vuestra última decisión?

-No. Porque vos sabíais que no soy un perfecto tonto, de modo que también sabíais que yo jamás me tragaría semejante treta. Habríais contado con ello. De manera que también está claro que tampoco voy a escoger mi copa.

-Continuad –le pidió el hombre de negro.

-Eso pienso hacer. – El siciliano hizo una pausa para reflexionar-. Hemos decidido ya que lo más probable es que la copa envenenada sea la que tenéis vos delante. Pero el veneno es un polvo hecho con iocaína, y esta sólo proviene de Australia, y ese país, como todo el mundo sabe, está poblado de criminales, y los criminales están acostumbrados a que nadie se fíe de ellos, igual que yo no me fío de vos, lo cual indica claramente que no puedo escoger el vino que tenéis delante.

El hombre de negro comenzaba a impacientarse.

-Aunque, una vez más, debéis de haber sospechado que yo conocía los orígenes de la iocaína, de manera que sabíais que también conocía a los criminales y su comportamiento; por lo tanto, está claro que no puedo escoger el vino que tengo delante de mí.

-Habéis derrotado a mi turco, lo cual significa que sois excepcionalmente fuerte, y los hombres así están convencidos de que son demasiado poderosos para morir, demasiado poderosos incluso para un veneno como la iocaína; de manera que es posible que lo hayáis puesto en vuestra copa, en la confianza de que vuestra fortaleza os salvaría de la muerte; por lo tanto, está claro que no puedo escoger el vino que tenéis delante.

El hombre de negro ya estaba muy nervioso.

-Pero, además, habéis vencido a mi español, lo cual significa que debéis de haber estudiado, porque él se pasó mucho años estudiando paraalcanzar la excelencia, y si podéis estudiar, está claro que no sólo sois fuerte. Tenéis plena consciencia de lo mortales que somos todos y no deseáis morir, de manera que habríais mantenido el veneno lo más alejado de vos; por lo tanto, está claro que no puedo escoger el vino que tengo delante de mí.

-Lo único que pretendéis con tanta charla es que me delate –le dijo enfadado el hombre de negro-. Pues no os dará resultado. Os juro que de mí no sabréis nada.

-Ya lo sé todo de vos –replicó el siciliano-. Ya sé dónde está el veneno.

-Sólo un genio habría sido capaz de deducirlo.

-Es una suerte para mí que yo sea un genio –dijo el jorobado cada vez más divertido.

- No podéis asustarme –dijo el hombre de negro, pero el miedo resonó en su voz.

-¿Bebemos entonces?

-Escoged, pues, dejaos de rodeos. No lo sabéis, no hay manera de que podáis saberlo.

El siciliano se limitó a sonreír ante aquella explosión. Entonces, una extraña mirada le nubló el rostro y señalando a espaldas del hombre de negro le preguntó:

-¿Qué diablos será eso? El hombre de negro se volvió a mirar.

-Yo no veo nada.

-Vaya, habría jurado que vi algo, pero da igual.

El siciliano se echó a reír.

-No entiendo dónde está la gracia –comentó el hombre de negro.

-Os lo diré dentro de un momento –repuso el jorobado-. Pero antes, bebamos.

Y levantó la copa de vino que tenía delante.

El hombre de negro levantó la que tenía delante de sí.

Bebieron.

-Habéis escogido mal –le dijo el hombre de negro.

-Eso es lo que vos creéis –repuso el siciliano mientras su risa se hacía cada vez más sonora-. Lo que me ha hecho tanta gracia hace un momento es que cuando os volvisteis para mirar cambié las copas.

El hombre de negro no tenía nada que decir.

-¡Idiota! –gritó el jorobado-. Habéis sido víctima de un craso error de lo más clásico. El más famoso aconseja: “Cuando estés en Asia no participes nunca en una guerra terrestre”. Pero este otro es un poco menos conocido: “Jamás contradigas a un siciliano cuando entra en juego la muerte”.

Parecía bastante alegre, hasta que el polvo de la iocaína comenzó a hacerle efecto.

 


DESPUÉS DE LEER:


1. (Pequeño grupo. Escrita) Redactad un pequeño texto que recoja la respuesta a las siguientes cuestiones:

  • ¿Entre quiénes tiene lugar el duelo? ¿Cuál es el motivo?
  • ¿Quién gana? ¿Tenía "truco" el duelo? ¿Qué creéis que ha pasado?
  • ¿Qué va a pasar después? ¡Imaginadlo!


2. (Pequeño grupo. Escrita). Imaginad que sois escritores. Una vez esbozado el argumento, una vez construidos en nuestra mente los personajes, una vez que nos hemos documentado acerca del lugar y la época en que vamos a ambientar nuestro relato, y una vez elegido cuál será el punto de vista del narrador... hay que ponerse manos a la obra. Para ello, tenemos que elegir cuál de los tres modos del discurso escrito -narración, descripción y diálogo- es más adecuado en cada momento.

  • En este caso predomina, claro está, el diálogo. ¿Cuál preferís vosotros a la hora de leer un libro? ¿Por qué? ¿Cuál os resulta más pesado o más lioso? ¿Qué ventajas y desventajas ofrece cada uno? ¿Cuál predomina en el cine?
  • La novela contemporánea prescinde en gran medida de las descripciones y nos deja que nos vayamos haciendo una idea de cómo son los personajes a partir de lo que dicen o lo que hacen. Imaginaos que sois ahora escritores del siglo XIX y queréis intercalar en algún momento del capítulo una descripción tanto física como de carácter de los dos protagonistas de este duelo, a partir de lo que el texto os ofrece. ¡Adelante!


3. (Gran grupo. Oral). A lo largo del recorrido por este sitio web vais a ir teniendo noticia de un sinfín de novelas de aventuras. Además de las que cada uno elija leer por su centa, entre todos habréis de consensuar al menos un libro para la lectura común y compartida, para que luego sea posible un coloquio conjunto en el aula. Una de las novelas que os proponemos es precisamente esta, La princesa prometida, publicada por William Goldman en 1973 y llevada luego al cine por Rob Reiner. En esta página podéis descargaros el primer capítulo y decidir si os animáis a leerla íntegra o si preferís algún otro libro de los aparecidos hasta ahora.

http://www.laprincesaprometida.com/